Un cartel colgado en el tablón del Conservatorio Jesús Guridi le abrió a Isabel Martínez Bastida nuevos panoramas relacionados con la música. Aquel anuncio le enriqueció la vida. La eibarresa ya había realizado estudios de piano y una vez afincada en Vitoria tocaba, además, la flauta travesera. El reclamo consistía en un curso de Musicoterapia, un modo armónico de contribuir a «la higiene de la salud». Se matriculó y salió «entusiasmada» por la experiencia.
«Descubrí el mundo, me pareció maravilloso», asegura en una salita del centro Elizar, corazón pleno de la Correría. «Sólo conocía la música desde el aspecto artístico, que requiere una exigencia muy alta. Y ese curso me reveló una forma mucho más tierna y más humana de relacionarme con ella».
A Isabel le extraña que en estos tiempos aún haya gente escéptica con disciplinas como la que imparte. «En Cataluña ya hace años que la musicoterapia se trabaja como complemento a los tratamientos en los hospitales». Y define los beneficios que puede deparar. «Potencia la salud, la energía, la comunicación y te asienta en el mundo».
Aquel curso le gustó tanto que sintió la necesidad de proseguir su formación en todo lo relacionado con el poder curativo de la música. Se entrevistó con Patxi del Campo, director de la Escuela Música, Arte y Proceso. Y de esa charla salió un post-grado de tres años.
El objetivo consiste en emerger los valores que cada uno contiene en sí mismo, aspectos inherentes al ser humano que permanecen ocultos. «A través de los gestos, de la danza y del ritmo se tiene más facilidad para relacionarse. Nos manejamos con muy pocos registros y la musicoterapia te enseña que hay más».
-Para los descreídos con sentido práctico, ¿funciona?
-La gente dice que le ha cambiado la vida.
A la carta
El público que acude a Elizar con el objetivo de regenerarse a través de la música es muy variado, confiesa Isabel. Ahora mismo trabaja con tres alumnos, incluido un chico con «deficiencia mental severa». «Los beneficios no son instantáneos, esto es un proceso. Sus familiares van notando detalles, como que está más alegre, que se le ve más contento».
Por sus clases han pasado autistas y también gente común que se siente triste, aquejada por los síntomas de la depresión. A las personas con atonía vital trata de descubrirles que «tenemos la capacidad de resolver, que el potencial está dentro de nosotros mismos».
Cualquier interesado en acudir a sesiones de musicoterapia pasa por una entrevista previa en la que reclama a Isabel qué quiere trabajar. Algo así como un servicio a la carta. A partir de ese momento, ya en las clases, apenas existe verbalización, sólo pequeñas consignas de la profesora. El resto, un diálogo musical. «El alumno elige qué instrumento quiere tocar, cuál toco yo y dejamos otro como de comodín. Ahí comienza una expresión libre en la que se tienen en cuenta los gestos, el ritmo... Es curioso lo bonito que suena lo que toca la gente».
Isabel recomienda «un mínimo de cinco sesiones para tener la sensación» a quienes se interesen por alcanzar la armonía interna mediante la música. «A partir de entonces la persona se pauta las clases y hay gente que, como higiene para la salud, viene una vez al mes».
Además de impartir esta diciplina, Isabel lleva también sesiones de «terapia de polaridad» en el centro Elizar. ¿Mande?, que se diría en el pueblo. «Es la rehabilitación del cuerpo por contactos energéticos. Son tres tipos de movimientos que buscan el bienestar y la salud.