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L as formaciones políticas que el domingo obtuvieron representación en el Parlamento vasco están inmersas en el análisis de las causas y consecuencias de los resultados antes de dar inicio a las conversaciones para la elección de la Mesa de la Cámara primero y del lehendakari después. Los partidos que han sufrido algún revés electoral o político han optado por escudarse en exceso en factores ajenos a su responsabilidad o, en todo caso, a desaciertos en la comunicación de sus mensajes, huyendo de toda crítica a la acción realizada por cada cual. Es ésta una práctica tan habitual como estéril, pues si bien la autocrítica desmedida puede debilitar la función representativa de una determinada sigla, su ausencia ofende en ocasiones la inteligencia y la dignidad de los electores, empezando por los propios. En este sentido, la celeridad con la que Unai Ziarreta ha reaccionado dimitiendo y dando paso a un urgente proceso congresual en el seno de EA ha contrastado con la evasiva parsimonia con la que parece conducirse Javier Madrazo tras un descalabro similar para EB. En otro plano, la inapelable victoria cosechada por el PNV no es argumento suficiente para que el partido de Urkullu e Ibarretxe evite afrontar la otra cara de su resultado electoral: el hecho de que la debacle de sus aliados de las tres últimas legislaturas no le permite dar continuidad a su estrategia de años, obligándole a replantearse sus postulados soberanistas y su querencia por la acumulación de fuerzas nacionalistas antes de comenzar el diálogo con los demás partidos.
Es lógico que el PNV trate de salvar al máximo los réditos de una trayectoria encarnada fundamentalmente por el lehendakari Ibarretxe. Pero sería pretencioso por su parte insistir en la reivindicación de tan discutible legado político como punto de partida para el entendimiento con aquellas formaciones del arco parlamentario que más lejos se encuentran de tales postulados. Por su parte, la formación que lidera el otro aspirante a la Lehendakaritza, el PSE-EE, corre el riesgo de confundir la oportunidad que le brinda el hecho de que el constitucionalismo represente la mayoría absoluta de la Cámara vasca con sus propios resultados electorales que, aun siendo meritorios, se situaron a alguna distancia de las expectativas que acariciaban los socialistas. Patxi López está en su derecho e incluso en la obligación de concurrir a la prueba final que representa el pleno de investidura. Pero es indudable que su aspiración habría sido otra, más inapelable, de haber logrado el primer puesto en la liza del domingo, o de haber reducido la distancia con respecto a los peneuvistas. Ni las formaciones que han sufrido la derrota en las urnas deberían disimular lo evidente, ni las demás eludir el reconocimiento de los límites desde los que afrontan su eventual participación en el gobierno de Euskadi.
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