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EDITORIAL

18.02.09 -

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U na campaña electoral es un momento poco propicio para que los partidos políticos hagan ejercicios de realismo económico y mucho menos los que asumen responsabilidades de gobierno. Ocurrió en las elecciones generales, cuando el PSOE regateó hasta la propia definición de la crisis, y sucede en la previa de los comicios vascos, con el Ejecutivo tripartito administrando las cifras y sacándoles todo el jugo positivo posible. Este reconocimiento gradual del deterioro, edulcorado con proyecciones optimistas y llamadas al rigor y la sensatez, formó parte de la estrategia del Gobierno socialista y fue duramente criticado, entre otros, por el Ejecutivo vasco. La misma táctica dilatoria que ahora está aplicando el equipo del lehendakari, acompañada de su insistente y estéril afán comparativo. Pero, como en el caso de la economía española, la crudeza de la crisis acaba desbordando cualquier dique de contención.
Los datos ofrecidos ayer por el Eustat, y en concreto los referidos al último trimestre del pasado año, no dejan lugar a dudas sobre el grave momento que atraviesa la economía vasca y la tendencia desfavorable que certifican la mayoría de los indicadores. Euskadi se encuentra al borde de la recesión, tras caer un 1,1% el PIB respecto al trimestre anterior, y se registran tasas negativas en el sector industrial, en la construcción, en la demanda interna, en el consumo de los hogares o en la inversión. La actividad del Puerto de Bilbao se ha reducido en un 25%y la recaudación de las haciendas forales disminuyó en 2008 un 6,8% respecto al ejercicio anterior, muy por debajo de las peores previsiones. Un cuadro que no respalda la confianza manifestada ayer por la vicelehendakari, que asegura, a diez días de la jornada electoral, que la economía vasca no entrará en recesión.
El carácter mundial de la crisis y su componente financiero hacen difícil cualquier proyección sobre su resolución y condicionan la capacidad de los propios Estados, y mucho más de entidades como Euskadi, no sólo para influir en los acontecimientos, sino para prever su evolución. Estas circunstancias no eximen al Gobierno vasco de realizar un diagnóstico preciso de la situación, como paso previo e imprescindible para implementar medidas paliativas y de reactivación. Pero también debería llevar a los partidos a realizar un ejercicio responsable que refuerce la maltrecha confianza ciudadana y fije prioridades que permitan aplicar con eficacia los recursos públicos. Las iniciativas puestas en marcha van correctamente dirigidas a atemperar el impacto sobre las empresas y el empleo y a reforzar la protección social. Pero no estaría de más darles coherencia y cohesión con un plan integrador y con amplio respaldo. Sería lógico que la crisis fuera uno de los protagonistas de la campaña, pero sobre todo por el esfuerzo de los partidos en la búsqueda de soluciones.
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