-El mundo de la cultura no es especialmente crítico con lo que está sucediendo ni con sus responsables. Más bien parece preocupado por los recortes de subvenciones. ¿Qué le parece?
-En ese mundo, la mayoría más bien prefiere apartarse, vivir su vida y chupar del bote. Pero no sólo ellos. También pasa con los jóvenes, que -me parece a mí- viven hoy más alejados del mundo real que nunca. Vuelvo a los intelectuales y los artistas. No sé si es un problema mío, quizá consecuencia de la edad, pero suelo seguir cosas del arte y la cultura contemporánea y no me interesan mucho. Con frecuencia, cuando veo un edificio que se presenta con gran alarde, me pregunto si el arquitecto en algún momento ha pensado en las personas que van a vivir ahí dentro, o en quienes residen o trabajan en sus alrededores. Y lo mismo me pasa con muchas manifestaciones artísticas.
-¿Quizá por eso los intelectuales y los artistas son hoy menos influyentes?
-Claro, se ha perdido esa influencia. Hasta los años treinta, la gente, o al menos una parte de la sociedad, esperaba a ver qué decían unos pocos intelectuales. Se esperaba el artículo de Unamuno, o de Ortega. Había gente autorizada y las voces de los maestros se escuchaban. Hoy no hay un gran interés por oírlas. Y en el terreno del arte, el mercado hace el nombre antes que el mérito. En otro tiempo, la cultura se dedicaba a iluminar; la de hoy se dedica a deslumbrar, pero no debemos olvidar que el sentido de deslumbrar es dejar ciego.
-¿No escuchamos a los intelectuales críticos o como muchos viven de las subvenciones y los encargos de los gobiernos han reducido su crítica?
-Dicho de una manera un tanto brutal, la gente se vende con facilidad. A los intelectuales hoy se les margina o se les compra. Todos tendemos a creer lo que deseamos, y las tentaciones del sistema son tremendas. Hablo de la tentación de poseer, de mandar. Si un intelectual piensa que lanzará su imagen, su nombre, diciendo algunas cosas, va y las dice. Hay una verdadera degradación del sentido del deber, del respeto a la naturaleza y a los demás.
-¿Con qué consecuencias?
-Lo que nos dice eso es que el sistema, y con él todo lo que conlleva, está en decadencia. Sólo funciona la ciencia, y eso si hablamos del sentido más productivo de la misma. Por eso suelo decir que nuestra sociedad está llena de ciencia y falta de sabiduría.
-Ahora están de moda las plataformas de gente de la sociedad civil que apoyan a candidatos electorales. ¿Qué opina de que estén ahí los intelectuales? ¿Les resta sentido crítico?
-E s difícil generalizar. Por un lado, la obligación del intelectual es comprometerse. Lo importante es cómo se establece ese apoyo, si a una persona, a un partido o a unos valores. Iluminar el camino me parece una obligación de un intelectual; llamar la atención sobre sí mismo es otra cosa. Si es eso lo que se está haciendo, me parece contraproducente.