Australia se ha convertido en un infierno. Arde. El fuego que desde hace dos semanas asfixia los estados de Victoria y Nueva Gales del Sur se ha cobrado ya 108 vidas, entre ellas las de cuatro niños, ha destrozado 750 casas y arrasado más de 340.000 hectáreas de terreno, la mayor parte bosques. Pero aún puede ser peor. Las autoridades calculan que hay un centenar de personas desaparecidas. «Lo más cruel es decir a mis vecinos que el número de víctimas aumentará», lamentó ayer Christina Nixon, portavoz de la Policía de Victoria, el único territorio con muertos en la ya declarada peor ola de incendios de la historia del sexto país más extenso del mundo. «Esto es un desastre. Es una pérdida de vidas desconsoladora. Es una tragedia horrible y devastadora», se dolió el primer ministro Kevin Rudd, cuando el número de muertos rozaba los 85.
La cifra de víctimas cambiaba cada segundo. A medida que la Policía y los bomberos, apoyados por el Ejército, conseguían penetrar en los lugares más inaccesibles. «Hemos encontrado gente muerta metida en los coches, como si fuesen a escapar del infierno... Pero no les ha dado tiempo», relató un agente, que confesó sentirse «destrozado».
Muchas ciudades quedaron arrasadas, ya son un punto gris en el mapa. Marysville, donde se concentra la mayor parte de las bajas, es un claro ejemplo. «Es una zona catastrófica. Como si un ciclón la hubiese arrasado. El 90% de las casas ha desaparecido», cuenta John Ferguson, reportero del diario 'The Herald Sun', que ha recorrido el área desde un helicóptero.
Pero los incendios no sólo han dejado muerte y una ingente cantidad de heridos, veinte muy graves y trasladados al Hospital Alfred de Melbourne (capital del Estado de Virginia), que se ha quedado sin morfina. También han sembrado destrucción. 3.733 personas han tenido que abandonar sus hogares con las manos vacías. Las autoridades ya han habilitado un número de teléfono -que aparece en las portadas de las páginas web de los principales periódicos australianos- para que los ciudadanos hagan donaciones. Y el Gobierno se implicará con seis millones de dólares (poco más de 4,5 millones de euros) y cuatro bancos comerciales se han unido para entregar a los damnificados otros 2,3 millones. Asimismo, se han hecho varios llamamientos a la población para que done sangre.
Un detenido
La Policía también ha solicitado pistas sobre los autores de los incendios. De hecho, los investigadores apuntan a que no sólo el agobiante calor -hasta 48 grados que en las últimas horas han descendido y dan un cierto optimismo a las autoridades- y los fuertes e impredecibles vientos han avivado los más de ochenta focos que aún siguen activos, sólo dos cerca de zonas pobladas. «Se nota la mano humana», corroboró un portavoz de las fuerzas de seguridad.
Al cierre de esta edición, ya se había detenido a una persona, un hombre de 31 años, en Nueva Gales del Sur. Según las pesquisas policiales es el autor del más grave de los cincuenta fuegos que siguen vivos en ese estado. Fue arrestado el sábado, le dejaron en libertad por la tarde, pero ayer le volvieron a apresar para que hoy comparezca ante un tribunal. Puede ser acusado de asesinato, penado con 25 años de cárcel.
De momento, los afectados comparan esta cadena de incendios con la del 'Miércoles de Ceniza' de 1983, que dejó 76 víctimas en Victoria y Australia del Sur. «Viví ese día y esto es peor. No ha quedado nada en el pueblo», reconoció Raylene Knicaide, residente en Narbethong. «El pueblo parecerá Hiroshima. Como si hubiese caído la bomba atómica», abundó Chris Harvey, vecino en Kinglake, que se ha quedado sin casa. «Miras al cielo y sólo ves una cosa: un resplandor naranja. Es espeluznante», señala Ethan Alexander, fotógrafa de Melbourne tras visitar la zona.