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Bilbao Basket

09.02.09 -

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La mente es un universo prácticamente desconocido. Por mucho que la medicina y otras ciencias ajenas hayan barrenado su interior, sigue sin conocerse su verdadero potencial. Tampoco están calibradas las consecuencias de su mal funcionamiento aunque se cuantifiquen por decenas enfermedades y trastornos. Su cuidado, otrora despreciado, es en la actualidad caballo de batalla en todos los ámbitos de la vida. También en el deporte.
Desde fuera, la perspectiva apunta a que al iurbentia no le vendrían mal unas horas de diván. El grupo no está fraccionado, pero no ofrece la sensación de compactación de la que siempre ha hecho gala. No se conocen problemas internos. Seguro que no los hay. ¿Desgaste? Claro, como todo en la vida, pero tampoco es el caso. Posiblemente tenga que ver con los canales de comunicación. Necesitan estar abiertos en sus dos extremos y por supuesto a lo largo de todo su recorrido. Por parte de los jugadores, si no lo han hecho ya (el calendario es muy puñetero para buscar huecos alternando dos competiciones), parece uno de esos momentos en los que hay toque de reunión. Una convocatoria que bien podría incluir al cuerpo técnico. ¿Por qué no?
Se percibe cierto aroma a nerviosismo que debería ser analizado y tratado. Aquí nadie es infalible en la cancha. Ni en el banquillo. Ni en la planta noble. Ni en los observatorios mediáticos. Ni entre quienes pagan su abono. «Háztelo mirar», suena una anónima voz. Si hay que hacerlo, se hace.
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