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Bilbao Basket

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El Granada emula al Lietuvos ygana al iurbentia al aprovecharsu última posesión del partido

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De ser una receta llevaría como apellido 'a la lituana'. Aunque la cocina granadina es rica en creatividad y excelentes productos, el plato estrella ayer en La Casilla llevó el toque báltico ya paladeado el martes en Vilnius. Se trata de retrasar lo máximo posible el golpe de fuego, el toque o marcado de plancha para que el resultado llegue al comensal en el momento exacto, ni antes ni después. Para ello hace falta serenidad, compostura, decisión, ideas muy claras y un pelín de fortuna para que nada se interponga en el camino del cocinero en la manipulación final de su obra. Lástima que el delantal y los galones en la cocina los llevara en ambas ocasiones el rival de turno. El Lietuvos ganó conteniendo la respiración en el Siemens Arena. El Granada minó el camino de regreso a Europa del iurbentia con un triple mortal con tirabuzón invertido, los ojos vendados y sin red. Que no sea por falta de emoción.
¡Final 'horribilis'! Así, entre exclamaciones que delatan la monumental y desagradable sorpresa que se llevaron los aficionados vizcaínos en el último medio minuto del partido. Otra vez acabó lanzado por la borda todo lo anterior. Con el agravante de que hubo momentos estelares en los que los hombres de negro estaban rodeados de las chispas que surgían en el afilado de sus aceros. Fue en el segundo cuarto, cuando ajustó su defensa después de un incierto comienzo (15 puntos encajados en menos de cinco minutos) y no llegó a la prosperidad plena por el instrumento de precisión que oculta Scepanovic en su muñeca derecha, muy similar al de Hunter.
Pero este iurbentia parece haberse gastado buena parte de su paga en bonos para las montañas rusas del parque temático de la ACB. Sus bandazos resultan inexplicables por existir y perseverar pese al trabajo acumulado. Jugadas que no salen por despistes en la coreografía; canastas ofertadas a precio de saldo por idéntico motivo, el cambio de paso en las ayudas; arrebatos de precipitación en el lanzamiento, más permitidos a unos que a otros; luces atacadas por las sombras. Así, como si de un daltónico se tratara, no suele atinar en la composición. Combina colores y estampados que se declaran la guerra sin cuartel. Pieza a pieza, se percibe el gusto y la calidad. No en el 'modelito' final.
Por eso es tan llamativo ese proceder. No hay coctelera que pueda con un soberbio primer cuarto de Blums, el mal porcentaje general en triples, los despistes en cascada, la blandura cerca del aro, los mosqueos de quienes son conminados a dejar la pista, los de quien toma esas decisiones, las faltas absurdas que se repiten como una secuencia genética, la falta de liderazgo, algo que da la sensación que se ha asentado en el equipo... por mucha potencia que tenga la batidora, los ingredientes incluyen demasiados tropiezos como para que las cuchillas reduzcan todo a una textura apetecible.
Vivir en la contradicción
Son, para bien y para mal, las señas de identidad de este iurbentia que trata de mantener, sin conseguirlo, el equilibrio que pretende en una campaña en la que colocó a una altura considerable el listón de su ambición. El público no es ajeno a la situación. Vive en sus propias entrañas la contradicción. Sirve el ejemplo de cómo cala en el respetable cada acción que abandera Javi Salgado. Cuando la bola entra, como en cuatro de sus cinco intentos cerca del aro, no hay problema. Al contrario, si la jugada incluye un rectificado de primera ley y la decisión de un ilustrado como con la que insufló vida a los suyos (66-67) a dos minutos del final cuando nadie asomaba la cabeza fuera de la trinchera. Si es al revés... ¡pobre capitán! En las retinas de los que más graduación tienen permanece lo tarde que le vendió el producto a Blums en la última posesión, cuando no encontró el modo de conectar con Banic, que suele ser el camino más directo a la seguridad. Así es el Bilbao Basket, un compendio de sensaciones que parecen óptimas con el viento a favor y arrastran al desánimo cuando se engarzan en la línea roja del peligro.
Normal. Asistir a una posesión de cinco segundos desaprovechada por el Granada, más la siguiente completa no canjeada por el iurbentia y acabar viendo un slalom de Scepanovic en siete segundos para ceder la grandeza a Aguilar a un segundo del bocinazo final, es como para que cunda el mosqueo.
Sigue sin haber nada perdido, aunque la de ayer fue una generosa ración de maná para las malas hierbas. Irrita, escuece y duele perder así, tan en la penumbra de un partido que el iurbentia, otra vez, no supo rematar cuando pudo hacerlo. El malestar se acentúa al recordar que Borchardt estuvo en el banco todo el cuarto final y desactivado durante el resto del partido y que dos peones de brega como Maric y Aguilar emularon a las torres gemelas. No era éste un juego más, tenía rango de set y, por segunda vez en una semana, la bola no entró.
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