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Política

ELECCIONES VASCAS

Los dos principales rivales llegan al inicio de la campaña confiados en sus fuerzas y sin desvelar en quién se apoyarán para gobernar

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Faltan cinco días. La campaña vasca más reñida de los últimos años arrancará el próximo viernes plagada de incógnitas, estrategias y, prácticamente, sin certidumbres para el día después. Los dos principales rivales en liza -el PNV de Juan José Ibarretxe y el PSE de Patxi López- han preferido dejar en el aire sus planes para el 2 de marzo. Si un rasgo común han exhibido durante la larga precampaña es su renuencia a elegir campo de juego y su firme determinación a no comprometerse en posibles alianzas. Mientras otros han hecho de la elección de compañeros de viaje uno de los ejes del discurso -el popular Antonio Basagoiti ha ofrecido abiertamente al PSE un pacto para enviar a Ibarretxe «a casa» y Unai Ziarreta, de EA, ha abanderado la acumulación de fuerzas soberanistas para intentar aprovechar una previsible ausencia, por vez primera, de la izquierda radical en el Parlamento vasco-, jeltzales y socialistas, conscientes de que ambos encontrarán dificultades para gobernar en solitario, han hecho de la necesidad virtud y han escondido sus cartas.
Sus rivales han compartido también una estrategia similar: advertir al unísono de la posibilidad de que los unos «se echen en brazos» de los otros a partir del 1 de marzo, salvo la UPD de Rosa Díez, recién llegada a la arena vasca, que se ha permitido la extravagancia de sugerir un gobierno de coalición PNV-PP. En todo caso, la alianza de peneuvistas y socialistas se antoja inverosímil si Ibarretxe se mantiene en escena y choca asimismo con la promesa de Patxi López: «No seré vicelehendakari con el PNV».
Con ese panorama, los jeltzales llegan a los tacos de salida de la campaña con cierto aura de 'solo ante el peligro', que además cultivan. Del derrotismo inicial -se veían apeados del poder en virtud de la suma PSE-PP-, los estrategas de campaña han cambiado el 'chip' a un mutismo absoluto sobre pactos e incluso sobre aliados preferentes que sólo el candidato Ibarretxe osó romper al proclamar de nuevo, hace aún pocas semanas, al tripartito PNV-EA-EB como el «cauce central» de la sociedad vasca. Iñigo Urkullu se apresuró a reivindicar en exclusiva para su partido la centralidad vasca.
El objetivo es proyectar imagen de triunfo y confianza en las propias fuerzas: de hecho, desde Sabin Etxea se difunden en los últimos días encuestas que supuestamente elevarían hasta los treinta escaños el resultado del partido, un despegue que coincidiría con el desplome de EA y el «estancamiento» de un PSE que habría «tocado techo» en torno a los 23-25 parlamentarios, según el análisis peneuvista, que sólo admite cierta incapacidad de remontar en Álava. «Los socialistas no hacen nada, prefieren esperar a que nosotros metamos la pata, pero eso no da impulso», analiza un destacado cargo jeltzale.
En el entorno del tripartito vasco, las interpretaciones no dejan lugar a dudas: el PNV está 'crecido' y convencido de que si saca varios cuerpos de ventaja a López podría incluso gobernar en solitario y en minoría, sin el concurso de los todavía socios de EA y EB, a quienes ven más como un yugo o un lastre -pese al entusiasmo de Ibarretxe por la fórmula- que como una oportunidad. Una posibilidad que ya puso encima de la mesa el líder del EBB en una entrevista en este periódico. Según esos cálculos, aunque PSE y PP alcanzasen la cifra mágica de 38 escaños, José Luis Rodríguez Zapatero no avalaría un Ejecutivo de López sustentado en una minoría cinco o seis escaños por debajo del primer partido de la oposición. Y, a cambio, mantendría la estabilidad que le proporciona el respaldo de los peneuvistas en Madrid, una especulación que el propio presidente del Gobierno ha intentado atajar al recalcar que el PSE tendrá las manos libres para decidir su estrategia.
Cartas desde el batzoki
Esa arriesgada apuesta por concentrar todo el voto útil del nacionalismo en torno a la figura de Ibarretxe -protagonista indiscutible no sólo del lema de campaña, sino también de una frenética agenda de actos, inauguraciones, programas de televisión y, ahora, hasta plataformas de apoyo- frente a la «coalición españolista» busca repetir el efecto logrado en 2001, una movilización masiva estimulada por el miedo al cambio. Como muestra, resultan ilustrativos no sólo los intentos de meter a UPD en campaña para dividir el voto no nacionalista sino también las circulares que se envían desde los batzokis, como la de la junta municipal de Matiko que hace unos días colgó Iñaki Anasagasti en su blog. «Estamos solos frente a ETA y su mundo de izquierda radical, solos ante el nuevo frente españolista 'PPSOE' y solos ante los falsos amigos de EB y EA, pero ni han podido ni podrán con nosotros», rezaba la carta, que anunciaba un combate «a cara de perro» para elegir entre un lehendakari nacionalista o «un delegado del 'PPSOE'». «Ahora a trabajar, a movilizar y a movilizarnos, a sacar lo mejor de nosotros mismos para ganar sin paliativos», arengaba el texto, similar a otro buzoneado por algunas juntas municipales en los barrios para fomentar la participación, en el que se destaca asimismo, en negrita, que el 1 de marzo están en juego «el desarrollo de nuestro autogobierno y el bienestar de Euskadi».
El PSE, sin embargo, no admite, ni siquiera en privado, que haya perdido fuelle, y achaca el triunfalismo peneuvista de nuevo cuño a un cambio de estrategia diseñado en Sabin Etxea ante la desmoralización de sus bases. Los socialistas -convencidos de que absorberán el voto útil del cambio- siguen moviéndose en la hipótesis de un empate técnico con los jeltzales y no dudan de que es posible para ellos alcanzar los 27 escaños, lo que supondría aumentar en nada menos que nueve parlamentarios su representación actual. Creen que su extraordinario resultado en las generales, donde lograron un histórico 38% de los votos y vencer en los tres territorios, les proporciona un 'colchón' más que suficiente, por mucho que se desmovilice el electorado y se desinfle el 'efecto Zapatero'. En otras palabras, el desnivel entre el voto al PSOE en generales y el apoyo al PSE en autonómicas debería acentuarse sin precedentes para provocar una derrota clara de los socialistas frente al PNV.
El abandono por parte de los jeltzales del discurso soberanista -salvo excepciones, como la conferencia de Ibarretxe en Ulster- y su insistencia en la gestión tampoco les beneficia, pero no dan muestras de preocupación. Creen, por ejemplo, que el histórico repunte del paro también en Euskadi no casa con el mensaje de que los vascos saldrán antes que nadie de la crisis porque aguantan mejor que los demás. «Es muy complicado que, con la que está cayendo, eso cale», apuntan. La campaña se antoja, pues, decisiva. La suerte no está echada.
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