ETA rompió por completo las vidas de Lucía Nieves Valverde, Mari Carmen Armiñana, Conchi López y Victoria Castro. Sus maridos sobrevivieron a sendos atentados de la banda terrorista, pero las secuelas nunca desaparecieron del todo. Operaciones, psicólogos... Ellas se convirtieron en enfermeras de la noche a la mañana. «Solas, sin ayuda» tuvieron que sacar fuerzas de flaqueza para hacer frente a situaciones inimaginables, que todavía hoy en día se repiten. Son víctimas «ocultas», que sólo piden un poco de ayuda y reconocimiento. La Asociación Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado Víctimas del Terrorismo ha puesto en marcha un grupo de apoyo para las esposas de afectados, que la propia Valverde se encarga de coordinar. «Nos echamos una mano las unas a las otras porque nadie lo hace por nosotras», expresa.
LUCÍA NIEVES VALVERDE
Mujer de Francisco Zaragoza
«Hay muchas separaciones»
El 18 de diciembre de 1988, la patrulla a la que pertenecía Francisco Zaragoza se dirigía a Ipurua, el campo del Eibar, cuando fue tiroteada por un comando de ETA. En el atentado perdió la vida el policía nacional José Antonio Barrado. Lucía Nieves, mujer de Paco, como le llaman todos, tenía entonces 29 años, «era una cría con muchos proyectos por delante que se quedaron en el aire», describe. Su ilusión era estudiar Enfermería y trabajar con niños. No fue posible. La banda terrorista se lo arrebató a balazos. «Pasé de estar protegida a ser yo la que tenía que cuidar de todos», señala. De su marido, que quedó muy malherido -lleva ya cuatro operaciones- y de sus dos hijos, que entonces tenían nueve y seis años.
Lucía se convirtió en enfermera, sí, pero su sueño se tornó en pesadilla. «Cuando ocurre el atentado, el Gobierno está contigo, pero cuando pasan los días, nos dejan solas, sin ningún tipo de ayuda», denuncia. Durante el tiempo que Paco estuvo ingresado en el hospital ella permaneció a su lado. Ya en casa, en Valencia, vivió situaciones insostenibles. Hasta el punto de que llegó a desear que su marido «hubiese fallecido en el atentado para que todos pudiéramos descansar», admite. «El índice de separaciones en los matrimonios de heridos es muy alto porque muchas mujeres no aguantan tanto dolor», asegura. Cuando Paco sufrió el atentado no reconocía ni siquiera a su mujer o a sus hijos.
Lucía trabajaba todo lo que podía para sacar adelante a la familia -pasaron siete meses sin ver un sólo céntimo del Estado-. Limpiaba en un hipermercado y en la feria de muestras de Valencia. Su jornada laboral iba desde las tres de la tarde hasta las siete de la mañana del día siguiente. Y cuando llegaba a casa no descansaba. Dormía con un ojo abierto. «Temía que Paco se tirase por el balcón. Él sólo repetía que tenía que haber muerto, como su compañero», revela emocionada. La mujer hizo de confesora y de psicóloga, y evitó en todo momento que sus hijos vieran «lo mal que estaba su padre». «Lloraba cada dos por tres, se caía de la cama y yo intentaba levantarle pero no podía con él, así que tenía que llamar a una ambulancia. Ha sido horrible», relata. Paco ha pasado ya lo peor. Aún así, las secuelas nunca desaparecen del todo. Sigue medicándose, sobre todo para mitigar el dolor de las heridas que le causó el atentado. «Le retiraron las pastillas que le ayudaban a sobrellevar el tema psicológico. Pero todavía hay días que le miro al levantarse de la cama y me digo: 'Hoy las va a necesitar'», reconoce Lucía.
MARI CARMEN ARMIÑANA
Esposa de Heliodoro Borrás
«No volvimos a ser felices»
«En mi casa no volvimos a saber lo que era la felicidad». La que habla es Mari Carmen Armiñana. Su marido, Heliodoro Borrás, policía nacional, fue víctima de tres atentados de ETA. El último le dejó marcado para siempre. A él y a su familia. La banda terrorista hizo estallar un coche bomba al paso del vehículo en el que patrullaban Heliodoro y sus compañeros. Uno de ellos falleció al instante y otros dos quedaron muy malheridos. Junio de 1983, San Sebastián. La pareja tenía entonces dos hijos, de seis y nueve años. «Aquel día me hicieron muchas promesas. Recuerdo que alguien del cuartel me dijo 'señora, lo que usted necesite'. Veinticuatro horas después, nada», evoca Mari Carmen.
Heliodoro tenía metralla por todo el cuerpo. En el cuello, las piernas, la espalda... Su mujer siguió quitando restos de su piel años después del atentado. ETA intentó acabar con su vida en junio y en octubre, Heliodoro se reincorporó a su puesto de trabajo. «Decían que estaba bien, que o volvía o a la calle, pero mi marido no era el mismo. No era el hombre con el que yo me había casado», señala Armiñana, que entonces tenía sólo treinta años.
«No volvimos a colocar el árbol de Navidad porque decía que era todo mentira, ni siquiera quería celebrar los cumpleaños de sus hijos, a los que adoraba», admite su mujer. Heliodoro cayó en una depresión severa. «Decía que era un desgraciado que tenía que haberse muerto y amenazaba con coger la pistola y pegarse dos tiros cualquier día», recuerda Mari Carmen. Ella no se rindió nunca. «Le quería y le apoyé siempre al 100%». Hace tres años Heliodoro falleció de un cáncer de pulmón. Sus dos hijos se han hecho mayores y están ya casados. Mari Carmen sobrevive como puede. Le han quedado 700 euros de pensión y paga 500 de hipoteca. Por eso, limpia casas para pagarse el pan. No pide dinero, sólo ayuda para las mujeres que tienen que enfrentarse a una situación así. Ayuda que ella no tuvo.
CONCHI LÓPEZ
Mujer de Antonio Suárez
«Acabas con el doctorado en medicina»
El marido de Conchi, Antonio Suárez, se ha sometido ya a más de treinta operaciones, la última el pasado 28 de enero. Su pierna rechazó el implante de metal que le colocaron tiempo atrás para ayudarle a andar. Si la herida no cicatriza podría sufrir una amputación. Antonio, gallego de nacimiento, se incorporó en 1990 al cuartel de la Policía Nacional de Basauri como refuerzo de antidisturbios. Era el 18 de noviembre. Volvía con tres compañeros de prestar servicio en el campo del fútbol de Kabieces cuando, de repente, estalló una bomba cargada con 100 kilos de explosivos y otros 100 de tornillos. Dos de sus compañeros fallecieron. Suárez voló más de cincuenta metros sin perder el conocimiento. Pero al recordar aquel día, lo que más le duele es la forma en la que se enteró su mujer de lo ocurrido.
El atentado se produjo a la una y cuarto de la tarde, pero ella no supo que su marido estaba herido hasta las dos y media, y por la radio. «Nadie me llamó», censura. Antonio estuvo ingresado una semana en el hospital y ella viajó desde La Coruña hasta Bilbao para estar con él. «La Policía y el Gobierno, en lugar de buscarme un hotel normalito, me dejaron en una pensión con el baño en el pasillo, y cuando no estaba en el hospital con mi marido, estaba sola», recuerda Conchi. Su marido «se desespera» cuando piensa en el desamparo que sufrió su mujer en el peor momento de su vida.
Ya en Galicia, Antonio estuvo ingresado un año en el hospital coruñés. «Yo dejaba a los niños, de ocho y dos años, con mi familia y me iba con él. Llegué a dormir quince días seguidos allí», relata. En casa, Conchi cambiaba las vendas a su marido y le controlaba toda la medicación, que todavía hoy necesita. «Acabas con el doctorado en medicina y psicología», apunta. Sabe que el dolor que sufren las viudas de las personas asesinadas por ETA es enorme, «algo horrible», recalca. Pero también es consciente de que «algunas logran rehacer sus vidas, mientras que las esposas de heridos sufren de por vida. Siempre con la tensión de lo que pueda pasar al día siguiente», apostilla.
VICTORIA CASTRO
Esposa de Vicente Chousa
«Se pasaba el día llorando»
Vicente Chousa sufrió un atentado cuando ejercía en el cuartel militar de Loyola en 1981. Llevaba sólo cinco días como relevo en Guipúzcoa cuando ETA hizo estallar un artefacto al paso del vehículo en el que viajaba. Uno de sus compañeros perdió la vida en el acto. El capitán de la compañía telefoneó a Victoria, su mujer, que se encontraba en Ferrol, para contarle lo ocurrido. «Me dijo que había sido víctima de un atentado, pero que no me preocupara, que estaba bien», recuerda. Pero ella no se quedó tranquila. Llamó a todos los hospitales, hasta que logró dar con su marido en el Provincial de San Sebastián. Al día siguiente estaba sentada a su lado. Vicente permaneció diez días ingresado en este centro sanitario y otros seis meses en el hospital coruñés. «De todas las transfusiones que tuvieron que practicarle y de la lista de medicamentos que se tomaba cogió hepatitis y luego le dio un derrame cerebral», revela Victoria.
Pasado un tiempo, Vicente se reincorporó a su puesto, esta vez en Galicia, «aunque no estaba bien, porque nunca volvió a ser el de antes», sostiene su esposa. En 1986 tuvo que enfrentarse a la amenaza de un nuevo atentado. El Exército Guerrilleiro do Pobo Galego Ceibe colocó una bomba en la Plaza de España de La Coruña, que fue finalmente desactivada. Los fantasmas del pasado retornaron. «Le daba miedo pasar por allí y empezó a ir a un psicólogo, hasta que pidió que le trasladaran a Las Palmas, y nosotros fuimos con él», comenta Victoria. Pero las cosas iban de mal en peor «y los que más sufrieron fueron los pequeños», reconoce la mujer, en alusión a sus tres hijos. Vicente quedó muy tocado psicológicamente, hasta el punto de que un día, una de sus hijas, que entonces contaba diez años, le dio una mala contestación. «Él la miró, la cogió en alto y parecía que quería tirarla por la ventana. Si no llega a ser por una vecina, no quiero ni pensar qué habría pasado», relata Victoria. A los pocos días le dieron la baja definitiva.
Victoria recuerda cómo su marido se hundía cada vez que ETA volvía a cometer un atentado. «Se encerraba todo el día en la habitación y no paraba de llorar», evoca. Hoy es el día que Vicente no ha podido aún dejar atrás las secuelas del zarpazo terrorista. Ha perdido movilidad en la mitad del cuerpo y sufre de una cojera permanente. Además, se ha vuelto más irascible. «Tiene días en los que cree que todos estamos en su contra, cuando no es así. Sabemos que nos toca aguantar», explica su mujer.
Victoria no ha podido olvidar tampoco cómo al ir a recoger a sus hijos al colegio oía a otros padres murmurar acerca del atentado de su marido. «Nadie se me acercó ni me preguntó cómo estaba», censura. Como el resto de mujeres de heridos, echa en falta el apoyo de las instituciones. «Nunca tuve más ayuda que la de mi familia», señala. «Al sobrevivir al atentado, es como si no hubiese pasado nada. Ellos no existen y nosotras tampoco», critica. Se convierten en víctimas en la sombra.