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La guerra contra el terrorismo

Tras la caída del régimen talibán más de un millón de personas se han enganchado a la heroína, una muestra más del fracaso de un Estado fallido
08.02.09 -

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Afganistán quema sus venas
La derrota de los talibanes, ahora recluidos en las montañas, como en la imagen, sumergió al país afgano en una espiral de pobreza y drogadicción. / REUTERS
Una calle embarrada y llena de socavones, como casi todas las de Kabul, se adentra en el barrio de Bagh-e Ali Mardan, cerca del Palacio presidencial. Entre las ruinas de casas bombardeadas durante las casi tres décadas de guerras que ha sufrido Afganistán, aquí se mueven en cuclillas varios corrillos de hombres que se resguardan del frío envueltos en sus andrajosas túnicas.
En silencio, como fantasmas, se dan la espalda unos a otros mientras se cubren la cabeza con sus capas. Bashir, que se oculta bajo este nombre ficticio y su roída capucha, quema la base blanca de la heroína con un mechero bajo el papel de aluminio. La pasta se va deshaciendo en un liquidillo que, al evaporarse haciendo burbujitas, se fuma con la misma indolencia con que se desvanecen su futuro y el de su país.
«Antes no era así. Trabajaba como ingeniero en el aeropuerto», se lamenta Bashir, Este hombre perdió su empleo durante la guerra civil entre los muyahidines que siguió a la retirada de las tropas soviéticas. A principios de los noventa, los combates encarnizados entre los señores de la guerra arrasaron la capital afgana y obligaron a cerrar su aeródromo. Aunque pudo salvar la vida, Bashir acabó sumido en una espiral de desempleo, pobreza y drogadicción que le sumergió en la heroína.
«Mira, mira. Hazme una foto, que me voy a picar», dice a su lado otro yonqui mientras se anuda el brazo a la altura del bíceps y se busca una vena entre los pinchazos rojos que se marcan en su piel. Junto a él, un compañero le prepara la jeringuilla con la dosis, parte de los dos gramos de heroína que compran con los 100 afganis (1,54 euros) que mendigan cada día.
Como zombies
Como ellos, cientos de drogodependientes vagan como zombies por los esqueletos de las casas de Bagh-e Ali Mardan y del Centro Cultural Ruso, el antiguo edificio de estilo soviético del centro de Kabul que se ha convertido en el mayor picadero de la ciudad.
Desde la caída del régimen talibán, el número de drogadictos ha aumentado hasta rebasar el millón de personas dependientes del opio, la heroína, el hachís y el alcohol. «El problema es que aquí sólo tenemos veinte camas y los pacientes no pueden quedarse más de diez días», se queja el doctor Sayed Abdul Ahad Qureshi, especialista del único centro estatal de Kabul en el que se tratan las drogodependencias, junto a las cuarenta plazas reservadas para los enfermos mentales,
Las camas destinadas para los drogadictos están todas ocupadas. Acurrucado en una manta, en una de ellas yace Abdulazim, un joven de 32 años que lleva tres días sin tomar su dosis y tiene el 'mono'. «Me dan escalofríos y luego siento calor y mucho dolor», explica temblando bajo la mirada de su hermano.
Ambos vivían en Tayikistán, adonde habían huido del terror talibán, y volvieron en 2002 después de que los estudiantes del Corán fueran desalojados del poder. «Había tenido una vida tan buena en Tayikistán, donde trabajaba en una tienda, que me deprimí al regresar y empecé a fumar opio. Luego acabé inyectándome heroína en los brazos, las piernas y los dedos», indica enseñando las llagas que inundan su cuerpo.
Ésta es la tercera vez que Abdulazim pasa por un tratamiento de desintoxicación, que no duran más de dos semanas y sólo incluyen calmantes, sedantes y duchas de agua fría para combatir el síndrome de abstinencia. «No hay programas de rehabilitación porque son muy caros, requieren entre seis meses y un año y precisan de instalaciones donde los pacientes puedan vivir y trabajar», se lamenta el doctor Sayed, quien admite que «la mayoría vuelve a recaer. De hecho, sólo seis de los últimos quince que dimos de alta han regresado a la consulta de seguimiento».
La prueba de fuego
A esa difícil prueba de fuego se enfrenta Amanullah, un antiguo muyahidín de 40 años de que combatió a los talibanes a las órdenes del comandante Mutalabey, un señor de la guerra uzbeko de la provincia de Takhar. Cuando sus guerrilleros fueron derrotados, Mutalabey se exilió en Irán. En este país islámico se han enganchado el 80% de los drogadictos que pasan por el psiquiátrico de Kabul, debido a que la mayoría recurría a la heroína para soportar las duras condiciones de trabajo en los sectores que copaban los refugiados afganos, como la construcción.
«Ahora sólo espero empezar una nueva vida y no volver más por aquí», se ilusiona Mutalabey tras ser dado de alta después de trece días sin haber probado la droga. Afuera le espera la dura realidad de Kabul, de Afganistán, un país que se está fumando su futuro con una 'papela' de heroína.
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