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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 15 febrero 2012

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07.02.09 -

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P arece que las cámaras de videovigilancia llegan por fin a San Francisco. Lo hacen con cierto retraso y también con su porción de polémica. En el barrio hay quien está a favor y quien está en contra. Los comerciantes, por ejemplo, aplauden la instalación de los aparatos y recuerdan que llevaban esperándolos desde los lejanos tiempos en los que Josu Ortuondo tenía bigote y gobernaba la ciudad.
Frente a los comerciantes se posicionan grupos sociales y vecinales. Ellos no quieren cámaras. Dicen que no son la solución a los problemas de San Francisco. También que vulneran la libertad y la privacidad de las personas. Sin duda llevan razón en lo de que las cámaras no resolverán los problemas del barrio. Por mucho que haya avanzado la tecnología, parece complicado que una cámara pueda conseguir que los delincuentes se transformen en poetas líricos y las prostitutas en damas del Ejército de Salvación.
Sin embargo, las cámaras sí pueden hacer algunas cosas menos espectaculares. Ponérselo un poco más difícil a los malos, por ejemplo. También facilitar el trabajo de la Policía y aumentar la sensación de seguridad de vecinos y tenderos. Nadie duda de que, a partir de ahí, las autoridades deberán acometer muchas otras iniciativas para conseguir que la situación del barrio mejore, pero no parece descabellado pensar que la videovigilancia pueda ayudar en ese empeño.
El otro asunto es el de la privacidad. He ahí una preocupación nada contemporánea. Hoy nos graban en muchos lugares (tiendas, parkings, cajeros) y no pasa gran cosa. Además, cuando llegamos a casa somos nosotros mismos los que colgamos nuestras fotos en Facebook y detallamos nuestra vida en Twitter. El anonimato es un afán demodé. El mundo se está transformando en un escaparate y tampoco parece demasiado dramático que a uno le graben un poco por la calle. Unas cuantas cámaras no forman una pesadilla orwelliana. Bastará con que las imágenes que tomen sean tratadas con la escrupulosidad que exige la ley. Al pasar por San Francisco, eso sí, convendrá meter tripa y evitar mirar al objetivo para no estropear el plano.
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