El lehendakari Juan José Ibarretxe afronta un dilema entre tradición y ley. Él y los 420 cofrades que el último domingo de agosto se reúnen en el pórtico de la parroquia de Llodio para celebrar la comida de hermandad que cierra sus fiestas patronales. El abanderado de la igualdad de géneros, de los vascos y las vascas, come sopa, vainas y garbanzos, carne con tomate y pollo. Para ello comparte con tres compañeros plato, mantel y dos azumbres de vino servidos en una original jarra de barro. Un menú humilde que genera, según algunos, un problema de candelero: no comen mujeres. Ibarretxe, que no informa de su agenda privada, puede que asista o que no a la asamblea. Pero fuentes próximas a la lehendakaritza señalan que a estas alturas nadie puede dudar de que está a favor de la igualdad entre hombres y mujeres «en todos los órdenes y en todos los ámbitos».
Desde 1599, año de creación de la cofradía que nace bajo la protección del santo que curaba la peste, San Roque, se juntan sólo hombres. Una queja ante el Ararteko de un vecino, en julio del año pasado, puso en marcha toda la maquinaria jurídica y administrativa para imponer la ley de Igualdad. Hoy se reúnen en asamblea, cerrada a la prensa, los cofrades para debatir y decidir si modifican los estatutos y autorizan la entrada de féminas. Para que salga adelante la propuesta son necesarios dos tercios de los votos de los asistentes.
Aunque pueda parecer un asunto baladí, existe una verdadera convulsión que ha dividido a un pueblo de 20.000 habitantes, con una acusada personalidad histórica, entre los detractores y los que están favor de la medida. Llodio se enfrenta a sus demonios internos, a un debate en el que sus habitantes se van a retratar, como lo han hecho antes Irún y Hondarribia con sus alardes. Como lo están haciendo las tamborradas de San Sebastián y decenas de sociedades gastronómicas y cofradías religiosas que arrastran normas antiguas discriminatorias con la mujer. El ágape llodiano es otro ejemplo de la diferencia que existe entre la Euskadi legal y la real.
Buena convivencia
Lo llamativo del caso es que esta comida fraternal es un ejemplo de buena convivencia en un pueblo muy tensionado por la política. Además del lehendakari, que asiste como un vecino más, se encuentran el parlamentario del PP Carlos Urquijo, el ex dirigente de la ilegal Batasuna Pablo Gorostiaga, y los ex concejales socialistas Juan Antonio y Julián Larisgoitia. Todos los partidos, todas las clases sociales, todas las profesiones, todas las edades están representadas en los bancos corridos de los modernistas soportales de San Pedro de Lamuza. Sólo falta una representación del 51% de la población. Y ese es el lío.
En un tono sereno, el actual mayordomo, Juan José Salazar, que ha propiciado desde hace tiempo el impulso de la cofradía con un mayor protagonismo en la vida llodiana, ha asumido las indicaciones de las instituciones que han pedido la adecuación de los estatutos a las leyes. El Ararteko elaboró una resolución en diciembre en ese sentido. La Diputación foral y el Ayuntamiento han animado también al cambio. «La cofradía es una institución señera de Llodio. La más antigua. Conserva el valor del encuentro entre vecinos que querían resolver sus riñas con un almuerzo de hermanamiento a través de un ritual. También deben estar las mujeres, como en todos los actos de la vida», reflexiona el mayordomo.
«Llevo 31 años en ella -dice Txema Urquijo, abogado y asesor de la Oficina de Víctimas del Terrorismo- y nunca he propuesto una modificación, pero ahora que se ha planteado no hay justificación para mantener esa prohibición. También digo que aquí no ha habido un conflicto previo, ni hay presión por parte de las mujeres para entrar como ocurría en los alardes», agrega.
No ha sido sencillo conseguir el testimonio de cofrades que se pronuncien en público contra el cambio. Hay temor a salir en la prensa tildado de machista o conservador. Hay negocios y amistades y Llodio es pequeño. De hecho, algunos culpan a los medios de comunicación de atizar el fuego de la discordia y de no reflejar las verdaderas razones por las que un numeroso grupo se resiste a que se cambie una normativa con casi quinientos años de antigüedad.
«Yo no iría»
Entre más de diez cofrades consultados que apuntan a que van a votar no, sólamente uno ha permitido que salga su nombre. El valiente es Jon Laburu, de 73 años. Lleva 50 asistiendo al almuerzo de San Roque. «Que no la toque nadie. Algo que funciona bien no se cambia, porque se armará el lío. Se le ha dado demasiado importancia. Yo no soy machista y creo que no hay ni una sola mujer que venga si se aprueba el cambio», profetiza Laburu, que apunta otra razón por la que se ha suscitado el debate. «La cofradía está desfigurada. Antes sólo había procesión, misa y comida. Ahora se ha creado una criatura gigante. A su sombra ha nacido una fundación, memoria histórica, todo tipo de actividades. No es la cofradía que yo conocí», comenta.
No le falta razón a Laburu. Begoña Villa, de 71 años, es cofrade -hay una docena-, tataranieta de cofrades y no le gustaría romper la tradición. «Sería doloroso que se disolviera cuando las mujeres que asistimos a todos los actos no hemos pedido comer. ¿Para qué cambiar? Se busca ruido».
Hay entre los opositores al cambio una sensación de ingerencia, de invasión, de que gente de fuera se ha metido a gobernar lo más intimo. «Esto es una entidad privada y nadie puede obligarnos», dicen. Al fin y al cabo, las tradiciones están cosidas al corazón con emociones, recuerdos, vivencias irrepetibles que las convierten en algo simbólico, trascendental, tan sagrado como la fe.