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El catalán resuelve en la prórroga de Boston un partido emocionalmente devastador, segundo triunfo angelino esta temporada frente al campeón
07.02.09 -

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Pau maneja el desfibrilador
Los puntos y los rebotes de Pau Gasol fueron fundamentales en la victoria de los Lakers en Boston. / AFP
Contener en una página cuanto ocurrió la última madrugada en el Garden de Boston es una tarea de titanes, sólo apta para los maestros del aforismo, capaces de condensar en una sentencia la filosofía de toda una vida. Para sintetizar, podría decirse que Pau Gasol fue, de nuevo, el jugador sin el que no cabría entender el triunfo agónico de los Lakers en la cancha 'del' adversario (109-110). Cinco puntos suyos y un tapón determinante en la prórroga inclinaron para su equipo un encuentro emocionalmente devastador. Más que albergarlo un pabellón deportivo, el duelo podría haberse celebrado en la sala de un frenopático o en los boxes de urgencias. Allí Pau, hijo de médica y estudiante un año de la carrera, manejó el desfibrilador como nadie para devolver la cordura cardiaca a un partido benditamente desquiciado.
Ya se sabe que cuando un clásico aparece, ninguno por encima de un Celtics-Lakers, la adrenalina pide paso para cubrir con su manto de tensión y nervios lo que el juego pierde en sus fundamentos objetivos. El equipo de Los Ángeles llegaba a Massachussetts sin Bynum, lesionado hace seis días, una baja que debilita su baloncesto. Desde entonces, el cuadro de Phil Jackson vivía de un arcángel ajeno a este mundo, ese Kobe que viene de meter 61 puntos en Nueva York, y de Pau, su valor más sólido aun devuelto al puesto de 'cinco' desde que avanzó una zancada al frente en un ejercicio de seguridad y grandeza. Ayer Bryant tomó demasiadas decisiones equivocadas, pero el equipo cayó en la red salvadora de Gasol (24 puntos y 14 rebotes), siempre atento en el rechace ofensivo y al rescate de sus compañeros. Los Celtics esperaban la cita como lo que son, un grupo más siderúrgico y terrenal que saca la producción adelante en estos tiempos de crisis, donde resulta difícil colocar la mercancía.
De todo
El mérito incuestionable de los Lakers residió ayer en su capacidad para empatar en 48 minutos, y ganar tras cinco de propina, un duelo disputado según las normas que más agradan a su rival. Aunque la ciudad de Boston esté pegadita a la costa Este, los modos de sus Celtics recuerdan al vaquero que irrumpe en el 'saloom' batiendo las puertas con chulería. Así marcó el inicio del duelo, con una agresividad defensiva que pareció acobardar a su rival. Pero no. El equipo de Los Ángeles, lejos de recular, aceptó el pulso para dominar con rentas cortas casi hasta el descanso, hacer la goma más tarde y apretar el gatillo en un desenlace de manos temblorosas. Dejadme a mí, dijo Pau. Y el hombre resolvió.
¿Qué resolvió? Pues un duelo de tantos voltios que achicharra a cualquiera; un encuentro tocado por el atolondramiento del base local Rondo; un compromiso con figuras imitando al Guadiana, invisibles a ratos y cegadoras otras veces; un partido de piques, golpes y percusiones; un choque entre el orgullo irlandés y también ayer el angelino; una noche que reivindicó la importancia de contar con banquillos más que apañados. Como ya ocurrió en la final de 2008, los suplentes del trébol verde encarnan la teoría del fondo de armario. Ayer sobresalieron House y Powe, que aguantaron a Boston en la meseta central del partido para ayudar a los componentes del 'Big Three'. Del trípode emergió Ray Allen, favorecido por los bloqueos sucesivos de sus compañeros, ese tirador de elegancia supina que dan ganas de colocarlo como réplica de cartón-piedra en el vestíbulo de casa.
Los Celtics se toparon enfrente con un adversario mucho más dispuesto a competir que en el epílogo de la última campaña, un grupo mejor armado anímicamente con la ayuda necesaria de Lamar Odom. En ello tiene mucho que decir Pau, consciente ya al ciento por cien de que es el andamio sin el que los Lakers no pueden asaltar la cima. Después de 2 horas y 54 minutos, de una novela tamaño 'Los pilares de la Tierra', los hombres de Jackson se abrazaban en territorio comanche. Conocedores de que el triunfo en el filo después de una prórroga, unido al del día de Navidad, es uno de esos acontecimientos que agrandan la propia autoestima y carcomen la del rival. Sujetados en la eufórica piña del círculo central por un pilar inteligente de la tierra. De la tierra de Sant Boi.
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