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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 14 febrero 2012

Vizcaya

PROMOCIÓN DE BILBAO EN JAPÓN

Un periodista de EL CORREO participa en calidad de 'invitado honorable' en el ritual más solemne de la cultura nipona y en el templo con mayor misticismo de Japón: el Saigyouann, en Kioto
06.02.09 - 20:20 -

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Son las 10 de la mañana. Es la hora del té en Saigyouann. La maestra Hanawa abre las puertas a uno de los ritos más solemnes de la cultura japonesa. Apenas levanta la voz. Recorre en silencio y casi de puntillas el jardín que rodea el templo, elegantemente cuidado. Saigyouann rezuma misticismo. A cada momento se lo recuerdan a los invitados: "Sigan a la maestra y repitan siempre los mismos gestos y movimientos que haga ella". "Lávense las manos con agua de ese manantial y luego acérquenselas a la boca y beban para purificar sus almas"...
Cedros, pinos, bambús... Una profusa vegetación rodea el exterior. Hace mucho frío. Una ligerísima capa de maquillaje recubre la cara de la maestra: rostro muy blanco, casi pálido, labios rojo carmesí y una boca, apabullantemente, enorme. Muy delgada y pelo negro, viste un kimono que vale una gran fortuna. Saluda personalmente a los invitados con una reverencia extremadamente delicada, como si temiera romperse en pedazos cada vez que despega los labios.
Antes de entrar al templo con sus calcetines blancos y vestidos de etiqueta, los invitados constatan los primeros detalles de la excepcionalidad de la ceremonia. Sólo unos pocos escogidos, se les vuelve a remarcar, tienen acceso a los ritos reservados a los "invitados honorables". Estas ceremonias se celebran muy de vez en cuando. Un periodista de EL CORREO participó en la última.
Con más de nueve siglos de tradición y encumbrada por los samuráis, la ceremonia del té (chanoyu) sigue apoyándose en los pilares de toda su historia. Los mismos que inspiró un chino influenciado por el budismo que evolucionó al zen en Japón. Reivindica la armonía (wa, entre el invitado y el anfitrión), el respeto (kei, habilidad para aceptar y entender a los otros), la pureza ( sei, tratar a los demás con un corazón abierto) y la tranquilidad (jaku).
Dentro del templo, huele a incienso. El anfitrión, que es hijo de la maestra, asegura a los presentes que hará falta "más temperatura" para conseguir un té "concentrado. Permítanme aumentar las leñas", ruega, mientras dirige la mirada a una pluma de águila tirada en la estera. "Purificará el ambiente", subraya con una voz tan tenue como la de su madre.
La maestra susurra que irá pasando de mano en mano un valiosísimo incensario, como cada uno de los escasísimos objetos que decoran la sala. Con sumo cuidado levanta la tapita y saca una hoja de melocotón: "Es el símbolo de la felicidad".
"Coman lo más que puedan"
Mientras se va calentando el agua, Hanawa asegura que se servirá una frugal comida (kaiseki). Advierte que "no será del gusto de todos", pero pide un esfuerzo. "Coman lo más que puedan". Hay arroz, y mucho sashimi (pescado crudo). Hay platos individuales y otros son compartidos. Como los encurtidos en vinagre. "Seguro que habrá cosas que no les gustará comer", repite la maestra. "No puedo forzar y obligar a tomarles todo, pero coman lo más que puedan. Porque los platos deben quedar limpios con el agua caliente de su arroz", insiste. Dirige su mirada al espacio sagrado de la sala, de cuya pared cuelga un dibujo de un barco. Una pintura "torpe e infantil", remarca Hanawa, contextualizado en el ambiente de sencillez y sobriedad que inunda toda ceremonia del té.
"Están muy callados. ¿Sois muy callados siempre? Esto parece un monasterio", expresa, sonriente, mientras sorbe con fuerza una sopa en una taza con más de 400 años de antigüedad. "Refresca la boca", asegura, mientras anuncia la llegada de unos pastelitos. Antes, ordena, tendrán que limpiar su cuencos. Para su satisfacción, casi todos están limpios como el coral, menos uno. El del periodista, que, aconsejado, pide perdón a la maestra por tener los utensilios repletos de pescado crudo. Hanawa acepta sus disculpas y le regala una bella historia: "Érase un hindú que llegó a Japón naufragando. Sobrevivió y se hizo una arpa de una cuerda extrañando su tierra natal. Venía tan de lejos que añoraba un poco la casa", concluyó, mientras los presentes bebían el matcha (té verde en polvo), acompañados de unos dulces, en una taza, aparentemente, rasgada. "Como los ideales de la ceremonia: humildad, sencillez, simplicidad y sobriedad". Palabras de Hanawa.
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