N o le resulta difícil hoy a quien nos visita reconocer urbanística y arquitectónicamente tanto la villa histórica como el trazado del ensanche burgués. Sin embargo, la gran transformación habida en tan sólo veinte años en los espacios, tanto centrales como periurbanos, ocupados por la industria haría pensar que las fábricas fueron algo ajeno a la ciudad.
Está por escribir la historia del Bilbao industrial. Dos aislados hornos de calcinación nos advierten sobre los dominios de la minería del hierro en Miribilla o Mina del Morro; dos descontextualizadas chimeneas marcan el territorio de la siderurgia en Santa Ana de Bolueta y Echevarría; una única grúa nos sitúa sobre la huella de la construcción naval y nada recuerda a grandes metalúrgicas como Averly o Talleres de Deusto. Sólo Zorroza, Zorrozaurre o Irala alojan aún, no parece que por mucho tiempo, el testimonio del pasado fabril.
Pero, lejos del territorio del hierro, hubo otras industrias menos conocidas, como la del pan. Cuatro fábricas de harinas se han mantenido -como monumentos- en la trama urbana: El Pontón, considerado el primer recinto industrial en el territorio, La Ceres, en La Merced, Molinos Vascos, su sucesora, en Zorroza y Harino Panadera en Irala.
La fábrica de Irala se demolió hace ya unos años en un proceso bellamente documentado por la artista Marisa González. Se libró de la piqueta uno de los edificios fundacionales de 1902, protegido junto con toda la maquinaria de producción por el Gobierno vasco. Afortunadamente, tras algún intento absurdo de transvestir su naturaleza disfrazándola con vidrio, la arquitectura se ha puesto ahora al servicio del edificio y no al revés.
Posiblemente lo más difícil para un arquitecto es hacer lo que aquí se ha hecho, eludir los protagonismos y recuperar el edificio dotándole de funcionalidad ante el cambio de uso. El resultado es, felizmente, respetuoso con la esencia de la fábrica, transmitiendo toda la emoción y la belleza de un singular espacio del trabajo. La fábrica de Harino Panadera no es monumental, ni diríamos que bella, pero es también un legado de la actividad humana, de no menor importancia para la comprensión total de nuestro pasado que la catedral o el palacio municipal. Hoy sentimos a Bilbao menos mutilado.