Enero de 2009
Y todo viene desde el principio, -no de los tiempos- sino desde que nací. 23 de julio de 1968. El año en el que Martin Luther King es asesinado por Earl Ray en Memphis cuando se preparaba para liderar una marcha en dicha ciudad, el año en el que Massiel ganó Eurovisión, el año del mayo francés, el año en el que Robert F. Kennedy fue asesinado. Ese año también vinieron al mundo Felipe de Barbón y Grecia, Kylie Minogue, Chayanne, Alejandro Sanz, entre otros, para acudir al estreno de 2001, Una odisea del espacio, de Stanley Kubrick y El planeta de los simios de Schaffner, dos películas que reflejan el momento de nuestra venida al planeta Tierra.
El pequeño de siete hermanos, los cinco pequeños chicos, y tu mami hasta los ovarios de calzoncillos. Querías niña, una Rebeca, y mira te salió el niño queer. Vaya, rarito, como diría la tía Vitori, que es lo mismo que queer.
Estuve 26 años intentando no serlo pero ni el psicólogo al que me llevaste pudo con eso. Me decía que lo tenía que aceptar y mira, en ello estoy: Josu de día, Rebeca de noche, Marilyn en la cama, Tarzán en el sofá, Liza Minelli en el escenario de mi cabeza, Raphael en la ducha.
Yo ya iba viendo que aquello de rarito parecía algo malo porque lo iba oyendo mucho. Me fui dando cuenta que era mejor ir escondiendo aquellas rarezas para mis momentos íntimos.
Tuve que empezar a jugar al fútbol, a guerras de piñas... Fui naciendo al instinto de supervivencia y muriendo a lo queer. De cara a la galería, porque en mi habitación con música de fondo me montaba unos musicales que ni Nicole Kidman en Moulin Rouge.
Ya ves mami, así fui creciendo hasta llegar a la adolescencia. Aquello fue despertar a lo queer en plan bestia. Aunque me liaba con chicas en las fiestas del instituto ayudado por todo el alcohol que tomábamos, yo quería estar con mi amigo Oscar. Pero nada, al final de la noche, acabábamos en su coche, él liado con Amaia y yo atrás con su hermana sin dejar de mirar a Oscar, pasando una envidia tremenda.
¡Me trajo de cabeza este chico! Donde él estaba, allí aparecía yo.
Si se apuntaba a baloncesto, yo también a darle a la pelota; si se apuntaba a un grupo de teatro, allí iba yo, a enfrascarme en El enfermo imaginario de Molière. Los dos con nuestras pelucas y nuestras chorreras del XVIII más queer que nunca, con un fondo de cortinas de color rosa chicle que era como estar en el paraíso queer de mi pueblo.
Fue entonces cuando decidí dedicarme al mundo de la farándula, e irme a Madrid a triunfar y sacar todo lo queer que había en mí. Pero como el destino es muy puñetero, quiso que papá y mi hermano Antxon murieran en aquel accidente y todo se volviera triste y sin sentido.
¡Qué duro fue aquello mamá!
Yo acabé con todos mis sentimientos rotos; mis ilusiones metidas en una maleta camino de Zaragoza para dejar de ser un chico queer y comenzar una carrera de filólogo, que según dijeron mis tías, eso de la farándula era para muertos de hambre y gente rara.
Comencé mi carrera con más pena que gloria. Porque menos estudiar, hacía de todo. Conocí a Luz y ella fue mi lucero del alba en Zaragoza. Era una chica de lo más queer que me descubrió a U2,Héroes del Silencio, las manifas estudiantiles, el grupo de teatro universitario y el cine de Almodóvar. No puedo olvidar el día que me llevó a ver La ley del deseo; todo lo que había estado escondiendo casi toda mi vida aparecía plasmado en pantalla. Volví otra vez a la carga, y me embarqué en uno de mis sueños, el mundo de la danza. Fui a un estudio de danza pensando que aquello era como Fama. Todo niñas repipiolas con sus tutús y yo con unas mallas negras que me dejó Luz queriendo ser Nijinski y me quedé en gallina Capotana porque no aguanté ni tres meses.
Decidí ir al grupo de teatro universitario con Luz, que parecía más sencillo. Me hice con un papelito que ni pintado. Palmerín de Córdoba en la obra Sussy Limón a la tremenda, lo más queer en el mundo del teatro universitario.
Lástima que me encontrara con San Francisco de Asís enviado, seguro, por mi tía Vítori. Me dijo que aquello era lo peor, que iba contranatura. Y yo que soy muy obediente, me fui de misionero a Ecuador para ser mártir y luego santo de la Santa Madre Iglesia.
Sin quererlo, porque yo quería ser casto y santo, me di cuenta que me había metido en la boca del lobo. En la Santa Madre Iglesia ligué más que en toda mi vida secular. Me enamoré. Dejamos los hábitos, nos amamos por las calles y pensiones de Madrid. Dos corazones unidos perdidos en la inmensidad de la dura realidad. Y ésta pudo con nosotros y con nuestra relación.
Me dejé seducir por el efecto Guggenheim y volé a Bilbao con mis maletas, en busca de aire fresco para poder vivir con esta ciudad esta transformación radical en la que ambos nos encontramos. He tenido que pasar por varios trabajos, por varios pisos de alquiler, por varios amores, sintiéndome cada vez más libre, más queer. Y la conclusión que voy sacando es que mi vida ha sido de lo más queer, sin patrón determinado, reconstruyendo todo lo que me ha ido oprimiendo, convirtiéndome en un nuevo Bilbao.