Los platos se estrellaban contra la pared, con el impacto del odio, del no poder echar atrás un matrimonio de cuatro hijos, en una sociedad donde no existía el divorcio. Los gritos eran tan estruendosos, las miradas tan llenas de rabia, que me agarraba a la rodilla de mi hermana, pensando que el motivo por el que no se querían era porque yo, la pequeña de todos, había nacido y estropeado su felicidad. Aún iba al colegio acompañada de mi madre, cuando se me hizo saber que mi presencia en el mundo era fruto de un desliz no deseado. Cuántos años de infancia y adolescencia debieron pasar hasta que entendí que aquello que se me dijo, nada tenía que ver con el clima agresivo que reinaba en casa.
Nietzsche y otros filósofos nihilistas se convirtieron en mis mejores amigos de adolescencia. ¿Qué sentido tenía la vida, si desde pequeña no sólo había vivido el desamor de unos padres que olvidaban que sus hijos estaban delante, sino que también había sufrido, en el mayor de los silencios, abusos sexuales desde la infancia? ¿Dónde estaba ese Dios a quien yo tanto amaba? ¿Dónde se escondía cuando mi padre moría, sin despedirse, en aquella ambulancia de Cruz Roja de la que yo era voluntaria? ¿En qué rincón se había escondido cuando, con las cenizas en mano, mi madre y mi tío se miraban cómplices, contentos de haberse liberado de quien tanto les estorbaba? El nihilismo parecía la única respuesta a un dolor sin fin, a un corazón ensangrentado de espinas de odio y falta de amor, que sólo sabía defenderse haciendo a Dios culpable y condenándolo a la misma suerte que mis ilusiones de juventud: la muerte implacable de algo que pudo ser mucho y nunca fue. Mis ganas de vivir morían con ese Dios que tanto quería, pero que jugaba tanto al escondite que me hizo creer que había sido un sueño que sólo existió en mi mente.
Aquel día en que mi tío quiso reemplazar el lugar que mi padre pocos meses antes había dejado, aún candente su presencia, aquel día en que mi madre no sólo dejó de respetar la memoria de los muertos, sino que también olvidó el dolor de los hijos, decidí que era el momento de tomar las riendas de mi vida. Todo el mundo merecía un respeto, incluso los que en vida no habían actuado como era de esperar, incluso aquellos que eran ya puras cenizas enterradas en el lugar más lúgubre del mundo, donde un día nadie recordaría quiénes fueron. Tenía la justa edad para poder abandonar aquel infierno en el que ya no existía ni el respeto por los muertos, y con los pocos ahorros que tenía, volé a un país extranjero donde trabajar hasta agotarme para que la muerte de mi padre tuviera un sentido. El buen alumno era aquel que superaba al maestro, quise ser entonces la hija de la que él se hubiera sentido orgulloso, aunque él no hubiese sabido ser padre. ¿Pero acaso existía el manual del padre perfecto? Era más fácil ser un profesional de éxito. Y allí llegó, a la cúspide de la carrera directiva, con el corazón vacío y las venas llenas de alcohol, hasta que el infarto se lo llevó esa noche de lágrimas celestiales por alguien que se despedía de la Tierra ciego y sin amor.
Los años fueron pasando, viajando de un lugar a otro, perdida, buscando mi lugar en el mundo, triunfando en mi carrera profesional, vacía en mi vida personal. Hasta que comprendí que los pasos de mi padre no eran aquellos trazados para mí. El frío de cada uno de esos habitáculos sombríos, tan faltos de calor humano, me hicieron comprender que por encima del éxito, el dinero, la apariencia y el poder, había algo mucho más grande, mucho más valioso: el amor. Comprendí que aquello por lo que la sociedad me iba a poner tantas medallas, llenas de envidia, no era mi razón de ser. Las puertas de mi corazón herido se abrieron y un destello de luz le mostró que aquel Dios que un día desterró a la muerte, era presente en el amor y el perdón.
Hoy, después de años recorriendo medio mundo para lograr licenciarme y hablar siete idiomas, hoy he encontrado mi hogar en esta tierra vasca, con sus gentes llenas de humanidad. Hoy miro atrás y perdono aquellos padres que un día fueron niños y sufrieron como yo, pero que no supieron romper la cadena de los viejos modelos aprendidos. Doy gracias a todos los vascos que me han enseñado el valor de la propia identidad y del respeto a los demás, que me han ayudado a romper la cadena del dolor y me han mostrado la fuerza del amor y del perdón.