Beni Mekada está en Tánger, pero no es Tánger. Es pobre, pero nada que ver con la miseria pintoresca de las medinas de callejuelas estrechas, de pequeñas puertas. Es bullicioso, pero lejos del trasiego que embrujó a Bowles, a Kerouak o a Williams Burroughs. Beni Makada es feo. Es sucio. Y todo lo impersonal que pueda ser una ciudad dormitorio, construida, de forma casi espontánea, en los últimos 20 años. El barrio tenía en 1994 cerca de 145.000 habitantes. Desde entonces, no ha dejado de recibir a nuevos vecinos, atraídos por el impulso industrial y agrícola de la ciudad costera.
En Beni Makada, lógicamente, hay muchos niños. Muchos hijos de familias trabajadoras de pocos recursos que van a la escuela, se esfuerzan y, quizás algún día, salgan de la miseria. También hay muchos niños que trabajan. Que no pueden ir al colegio. Que no han aprendido a leer o a escribir. Lo dicen las cifras oficiales de Unicef, que calculan en un 51,2% la actual tasa de escolarización de Tánger.
A los niños de Beni Makada, como a todos los niños del mundo, les gusta el fútbol. Quizás la palabra gustar se quede corta. La pasión con la que viven este deporte los niños del barrio, allí donde no existen las consolas y casi no hay juguetes, sólo puede entenderse si se conocen las duras condiciones de su día a día. Una pasión que algunos esperan que sirva para mantenerlos alejados de los bajos de los camiones que van a España, del pegamento con el que tontean, de la desesperanza. Las escuelas de fútbol solidarias que acaban de abrir el Barcelona y el Real Madrid en Marruecos aportan su pequeño grano de arena. El objetivo es frenar con balones la avalancha de pateras a España.
Para Harun, que tiene 14 años, no existe nadie mejor que Messi, el delantero del Barça. Sueña con ser como él, rápido, un artista del balón. Tiene la cara llena de cortes, algunos cubiertos por pequeñas tiras de esparadrapo, y la ceja derecha partida por una gran cicatriz. «Me lo he hecho por ahí», explica restándole importancia.
Harun acude desde hace un año a la escuela que el Barcelona ha abierto en Beni Makada. El centro, que forma parte de la red XICS (Red Internacional de Centros Solidarios), es el décimo que el club catalán abre en el mundo, y el primero en Marruecos. Ya cuenta con otros en Mali, Burkina Faso, Senegal, Brasil, Ecuador, México -donde tiene dos escuelas-, India y Santa Coloma de Gramanet.
«Debemos devolver a la sociedad lo que la propia sociedad nos ha dado», dijo el presidente del club este mes cuando visitó Tánger para la inauguración del centro. Joan Laporta sabe muy bien que este tipo de afición, la que nunca podrá asistir a un partido del Barça, pero que lo vive tan intensamente como si tuviera carné, es la que hace grande a los equipos.
Harun, que procede de una familia desestructurada y con muy escasos recursos económicos, recibe clases de apoyo escolar en el centro del equipo. Va todas las tardes después del colegio. Allí repasa las lecciones y hace la tarea con ayuda de una maestra. También recibe clases de informática. De esta forma, Harun pasa su tiempo libre en un ambiente protegido, alejado de las calle y haciendo lo que más le gusta, el fútbol, y también lo que menos, las mates.
Niños vulnerables
Nebil tiene 15 años, pero por su estatura podría tener diez, aunque si nos fijáramos sólo en las manos -grandes y callosas- pensaríamos que se trata de un hombre adulto. Nebil también viene a la escuela del Barça desde hace un año. Ha pasado los filtros de su colegio y de varias ONG locales, que lo han identificado como vulnerable. Eso significa que ese chico con sonrisa pícara y flequillo cortado al tazón, tiene todas las papeletas para acabar en los bajos de un camión en el puerto de Tánger.
Pero él se esfuerza por progresar. Uno de los requisitos indispensables para que pueda seguir en la escuela es el buen rendimiento escolar y la asistencia diaria a clase, según explica Marta Segú, directora ejecutiva de la Fundación FC Barcelona. «Nos gustaría acoger a más niños, pero desgraciadamente, al final hay que rechazar solicitudes», reconoce Segú, quien afirma que el centro alberga actualmente a unos 200 menores de 8 a 16 años.
A la escuela del Barça también acuden niños trabajadores que un día se vieron obligados a abandonar el colegio. Estos menores, muchos de los cuales no saben leer ni escribir, reciben una educación no formal, que se prolonga durante tres años. Llegan cansados después de trabajar, pero aún tienen fuerzas para sentarse en el pupitre y escuchar a la maestra.
Fátima reconoce que ha tenido mucha suerte. Tiene 13 años y, según dice, «antes no tenía ningún lugar donde jugar o estudiar». En Beni Makada no hay muchos espacios comunes para que los niños se desfoguen. Es una de las zonas más superpobladas de la ciudad, y los parques o las plazas públicos escasean.
La escuela, que lleva más de un año funcionando, ha costado cerca de 200.000 euros, y se ha construido sobre un terreno cedido por el Ministerio de Educación marroquí. La financiación procede del club y de sus socios colaboradores, entre los que se encuentra la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), la Agencia Catalana de Cooperación, la fundación Iberostar, así como varias entidades locales de la comunidad autónoma.
«Este es un programa integral de educación, por lo que es importante también trabajar con las familias», relata Segú. Las madres también se benefician del programa. Una treintena de ellas acuden al centro para recibir clases de alfabetización. La mayoría son tímidas, y miran con recelo los libros de texto que les han proporcionado en la escuela. Ellas abandonaron el colegio de pequeñas. Tuvieron que trabajar y, siendo mujeres, nadie pensó que su educación fuera una prioridad. Un día se dieron cuenta de que no sabían leer ni escribir, pero ya era tarde. Ahora afrontan esta nueva oportunidad con ilusión.
Barrios como Beni Mekada hay muchos en Marruecos. A las afueras de Rabat, en Yacub el Mansur, una de las zonas más humildes de la capital, unos 80 niños y niñas entrenan dos veces por semana. La pasión es la misma, pero aquí llevan camisetas del Real Madrid. El club ha abierto también este mes una escuela deportiva de integración social a través de un acuerdo con la Casa de España en Rabat, y planea inaugurar otra en Tánger en el futuro. El Ministerio de Juventud ha cedido las pistas donde se lleva a cabo el proyecto, y la AECID aporta la financiación: 100.000 euros.
Vivir en chabolas
«Son niños que pasan muchas necesidades», se lamenta Isabel Martínez, asistenta social de la Casa de España que participó en el proceso de selección de los menores. «Fuimos a visitar a los padres de los niños en sus casas. Es muy triste ver en las condiciones que viven, son prácticamente chabolas», señala la cooperante.
El padre de Ahmad es 'gorrilla'. Es decir, ayuda a aparcar coches en el centro de la ciudad a cambio de unas pocas monedas. Para él, venir a la escuela del Madrid es «un premio». A partir de febrero, además, recibirá junto al resto de niños clases de informática y de español con un profesor del Instituto Cervantes.
Pese a su condición, Ahmed es afortunado. Algunos de los niños que se benefician de la escuela han sido abandonados por sus padres, y viven en los orfelinatos de Temara y de Salé, dos localidades anejas a Rabat. Los entrenadores de la escuela se desplazan a sus centros para los entrenamientos. Aprenden lo que significa el trabajo en equipo, los valores del deporte y la tolerancia.
El juego bonito también puede llegar a ser útil.