-¿Qué edad tenéis?
-18 años
-En serio.
-Sí, entre todos. Ja, ja!
Algunos no levantaban ni un palmo del suelo. A ojo, había algún niño de diez años. Aunque la media era de catorce. Chavales normales. Todos hablaban y reían frente a las taquillas del estadio de San Mamés, en Bilbao. Pero no iban a ver a jugar al Athletic. Era sábado y tocaba emborracharse. El 90% de los jóvenes, por no decir todos, habían ingerido altas cantidades de alcohol apenas dos horas antes. EL CORREO comprobó de primera mano cómo a las ocho de la tarde centenares de menores se divertían en la calle con una copa (o más bien alguna botella) de más en su cuerpo. Ellos, por su parte, y de forma anónima, relataron al periódico por qué beben y cómo logran despistar a su familia.
El ritual de cada fin de semana comienza sobre las cinco de la tarde. Chicos y chicas se reúnen para adquirir la bebida. «Yo tengo 20 euros para tabaco, petas y litros», acierta a decir un crío en manga corta, con el termómetro marcando 10 grados. De repente, se suman varias voces más de adolescentes, que también quieren opinar. Ayudados por el alcohol. «A mí me dan de paga diez euros», reconoce una niña, mientras su amiga contesta con orgullo. «Mi madre me da lo que le pido».
Con el dinero ya en el bolsillo, toca entrar en el súper o en el 'chino' de turno. ¿Cómo logran sacar las botellas? El truco está en echarle morro. «Solemos pedir a jóvenes de 18 años, que son más enrollados, que nos saquen la bebida», desvelan varios a la vez con satisfacción. Y a la hora de elegir con cuántos grados se van a embriagar surgen diferencias entre ellas y ellos.
Las chicas prefieren el vodka o el peché -licor de whisky con sabor a melocotón-, mientras que los chicos echan mano del «kalimotxo guarro». Eso por regla general, aunque al preguntarles qué es lo que prefieren salta la alarma. «A mí lo que me echen». «Bebo lo que más suba». Eso explica el lamentable estado en el que se encuentran algunos menores, aunque los chavales aseguran que ellas acaban siempre peor. Y alguna chica les da la razón. «Tenemos menos resistencia».
¿Y qué satisfacción obtienen? ¿Por qué beben? «Para pasármelo mejor». «Así me suelto y ligo más con las chicas». «Tomo lo que me gusta, aunque lo hago para divertirme». «Depende del dinero que tenga». «Nos gusta lo prohibido». Razones muy similares, pero todos pendientes del reloj.
La mayoría tiene prisa para que el alcohol les haga efecto cuanto antes y se les baje con la misma rapidez. «A las seis empezamos el botellón porque a las diez y media tenemos que estar en casa. Con ese margen y, en el metro, se nos pasa», reconocían. Así que cuando llegó la Policía Municipal, cinco coches apostados en San Mamés sobre las 20.00 horas, no encontraron a ningún chaval con una botella.
Con la noche ya encima, y mientras muchos se mantenían como podían en pie esperando a que se les pasara la borrachera, hubo quien no supo disimular. A las nueve de la noche unos padres llegaban preocupados, avisados por las autoridades, para recoger a su hijo. Se le terminó la fiesta de golpe.