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Cultura

31.01.09 -

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L a ópera firmada por Werner Henze es una primicia en España, así como una de las pocas obras modernas que se han montado en el Teatro Arriaga. Carente de melodía, con la palabra como salvoconducto de la trama y apoyada en una música que supone un gran trabajo para la dirección, esta vez a cargo de Gloria Ramos. No hay temas que se repitan, ni una mínima continuidad en el fraseo musical. Sin embargo, la orquesta no cesa de intervenir de manera fragmentada y muchas veces tras largos silencios. La directora demostró haber estudiado bien la obra y sus gestos, siempre firmes y seguros, supusieron una buena comunicación entre la escena y los músicos.
Las voces no interesan en esta obra que Henze, coetáneo de Berio y Stockhausen, estrenó en 1961, pues para él, la palabra a medio camino entre cantada y declamada, le basta como vehículo narrativo. Salvo la soprano Isolde Siebert, la que encarna a la visionaria Hilda, que a veces tuvo que cantar e incluso acudir con la voz a una zona bastante alta, el resto de las voces se diluyeron en ese mar complicado y difícil de la música discontinua y atonal. Una música, llena de inusuales inflexiones rítmicas , ambiguos acordes o una incoherencia que sólo es aparente. En ese mar psicológico con alusión a la poesía, Pier Luigi Pizzi ha montado una escena que es la 'nada', una mesa de escritorio y la típica rampa en cuesta que tanto juego da al teatro. Difícil.
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