Más que ciclista, Samuel Sánchez se siente piloto. El vehículo es lo de menos. Ahora que a los deportistas los asedian con aparatos y minipantallas que miden su potencia y el rendimiento de cada pieza del organismo, el campeón olímpico sigue fiel a la cinta aislante. En cada carrera agarra unas tijeras y corta un pequeño trozo. Con él tapa parte del pulsómetro. Deja a la vista los datos del potenciómetro, de la velocidad, de la distancia... Pero cubre la esquina donde aparecen los latidos de su corazón. No quiere saberlo. «No me gusta ver a cuánto voy». Espíritu de piloto. «A las motos y a los coches de carreras también les quitan el velocímetro». No se le ponen dígitos a la locura. Al fin y al cabo, los pilotos siempe van igual: al límite. Con las ruedas y el corazón. Así son las cosas del medallista de oro en Pekín.
EL OCHO
Los números tienen dos caras. El 8 de agosto de 2000 falleció Amparo, su madre. Un cáncer tan temprano. El pasado 8 de agosto, el de 2008, a las ocho y ocho minutos de la tarde se encendieron en Pekín los Juegos Olímpicos de Samuel. El 'Rubio', uno de los auxiliares de la selección, preguntó: «¿Quién corre mañana con el número 8?». Le respondieron que Samuel. «Pues ése es el que va a ganar». Al 'Rubio' también le dicen 'El Brujo'. Algo de eso hay.
Aquel pronóstico numérico lo recuerda hoy el ciclista asturiano en la concentración del Euskaltel-Euskadi en Calpe (Alicante). Al sol. De espaldas al diluvio del norte. «En Pekín compartíamos apartamento con Joan Llaneras. Vi que tenía tatuados los aros olímpicos por su victoria en Sydney 2000. Me contó que todo venía de una apuesta. Y le dije que esa apuesta también la haría yo. Me retó. Si ganábamos el oro, nos tatuaríamos». Se levanta, se recoge la camiseta como una persiana y muestra los cinco aros que lucen sobre su espalda. Apuesta pagada.
DÍAS FELICES EN PEKÍN
«Lo pasamos bomba en los Juegos». Con Valverde, Contador, Sastre y, sobre todo, con Freire. «Óscar es la leche. Llegó a la concentración con la mitad de la ropa. Es un genio. Para todo», cuenta. Lleno de despistes y de recursos. En el aeropuerto de Pekín, antes de coger el vuelo de regreso, tuvieron problemas. Los de siempre: exceso de equipaje. Un par de funcionarios de ojos almendrados les dieron el alto. Así no podían volver. ¿Y cómo convencerles si sólo hablaban en chino? Freire dio con la clave: «Samuel, saca la medalla». Mano de santo. A los hasta entonces pétreos guardias se les iluminó la cara. Les hicieron pasillo hasta la cinta de transporte de maletas.
Ese destello del oro olímpico se mantiene. El martes, en el aeropuerto de Loiu, Samuel vio cómo se le acercaba presuroso un guardia civil. «Ya pensé que algo pasaba, algún lío con el equipaje, qué sé yo». Y qué va. «Perdone, ¿me puedo hacer una foto con usted?», le pidió el agente. Al llegar al hotel Roca Esmeralda de Calpe, la recepcionista de acento inglés le reconoció al instante. Por su nuevo apodo: «Ah, pero si tú eres el de la medalla». 'Samu', el chico de oro.
LO PEOR
«Lo que más me cuesta es no ver crecer al pequeño». A Unai, que va para once meses. «Cada vez que vuelvo a casa, ya sabe hacer otra tontería. Y yo eso me lo he perdido». El peso del oro no le ha desnivelado. «De verdad, soy campeón olímpico, pero sigo siendo el mismo». Mantiene su catón vital: familia, amigos y salud. «He vivido muy cerca lo que significa una enfermedad en alguien querido. La salud lo es todo. Quiero tener salud para envejecer y disfrutar de los míos».
Ahora aún está en tiempo de cosecha. «El trabajo es sagrado». Los homenajes y actos sociales no le han atrasado su reloj. «Salgo a entrenarme todos los días a las diez y media». La medalla le espera en casa, con sus seis bicis. «Me gusta coleccionar aquéllas con las que he ganado algo. La primera es la de la etapa de la Vuelta a España en La Aparecida». Bicicletas-talismán. Archivadas en un trastero, allí donde las cuida el vecino del segundo piso, 'el del oro de Pekín'. En otra esquina de Oviedo tiene ya un terreno para levantar la casa de su familia y de su futuro.
EL CONTROL EN PEKÍN
Durante los Juegos, Samuel Sánchez se sometió a «ocho o nueve» controles antidopaje. A diario, casi. Bien catado. Hasta eso resultó cómico en la capital china. «Recuerdo que un día nos asaltaron los controladores. Eran chinos y hablaban algo de inglés. Entraron de repente en el hotel y nos pidieron las muestras de orina. Así que me metí en el baño con uno de los chinos. Él se sentó en la taza y yo me coloqué en la ducha, a la vista, mientras meaba en el frasco. Fue de risa». Ver mundo sobre la bicicleta ha abismado su campo de visión. Global. «Me encanta San Francisco. Me gustaría pasar allí un año sabático. Y que mis hijos aprendieran así inglés. Viajando te das cuenta de lo que te facilita las cosas saber idiomas».
CAPRICHOS
Eso de San Francisco queda pendiente. El éxito que trajo el oro de Pekín no le ha dejado tiempo para caprichos. «Apenas he estado cinco días de vacaciones en Tenerife». Ni ha gastado en su vicio, los coches. «Al revés, ahora los estoy vendiendo todos». Claro. Skoda, la firma que patrocina al Euskaltel-Euskadi, ya le surte de sobra. Samuel aparecerá pronto en un anuncio televisivo de la firma. «No veas los líos que hemos tenido para grabarlo, porque en ningún momento pueden salir los aros olímpicos». Es un logotipo registrado por el Comité Olímpico Internacional. Intocable, pues. «Mira, llevo un pendiente que mi mujer mandó hacer con los cinco aros. Y resulta que igual también es ilegal».
ANTEQUERA
Durante la conversación de pretemporada con Samuel todo se gira hacia Pekín. Risas. Hasta los malos ratos sirven para la carcajada. Como aquel viaje con la selección hacia el circuito de la carrera. El chófer, chino claro, no atinaba con el camino. Y venga a dar vueltas sin acertar con la autovía que enlazaba con la Gran Muralla, el lugar de la meta. Así pasó casi una hora. A Paco Antequera, el seleccionador, se le encendió la sangre. Primero le habló al conductor, luego le abroncó. Y nada.
«Al principio nos reíamos. Pero después empezamos a asustarnos. Pasaba el tiempo y no llegábamos. Fíjate qué lío. Estar en unos Juegos Olímpicos y llegar tarde a la salida», recuerda el campeón olímpico. Antequera enloqueció. Comenzó a insultar al chófer, que, pálido y en silencio, aguantaba el chaparrón de maldiciones y juramentos en un idioma inexplicable para él. Antequera hasta le cogió por la pechera: «¡Por ahí, coño. Por ahí!», señalando con el puño un acceso a la autovía. El taxista sí captó el lenguaje manual. No fueron puntuales, pero al menos llegaron a tiempo. En Pekín todos los caminos llevaban al oro de Samuel. El piloto.
Como Fernando Alonso, un buen amigo de Samuel Sánchez. «Fíjate quién es y le da como vergüenza llamarme para dar una vuelta en bicicleta. Y anda bien, ¿eh? El otro día me crucé con dos tíos que iban a toda pastilla y uno me saludó. Era Fernando Alonso. Iba 'picado con el otro. Fernando es así. Se 'pica'». Competitivos. Pilotos. «¿Qué me gustaría hacer cuando deje la bici? Pues algún maratón. Y algún rally en coche o moto». Entonces también pedirá unas tijeras y algo de cinta aislante. Para cegar el velocímetro.