Temen que sus críticas se entiendan mal, que perjudiquen a la figura del acogimiento. Por eso, repiten una y otra vez que cada vez «se necesitan más familias, que acoger a menores desprotegidos que están a cargo de las instituciones públicas es una tarea muy bonita que merece la pena». Abierto ese paréntesis, comienza la batería de reproches hacia el Instituto Foral de Bienestar Social (IFBS). «Las cosas nunca han funcionado bien pero es que lejos de ir a mejor, todo va a peor», lamenta Lorea Durana, portavoz de Besarka, la asociación de acogimiento y adopción de Álava.
En declaraciones a este periódico, denuncia que la Diputación está haciendo una «dejación de sus funciones» puesto que se han dado casos en los que el niño acogido era extranjero y la familia desconocía que caería de papeles. «No se puede viajar, coger un avión, ir a Eurodisney o ir a Andorra», explica.
En Álava, según las últimas cifras oficiales, unos 110 menores que están bajo la tutela de la institución foral conviven con familias de acogida: 71 con familiares directos y unos 40 con personas ajenas. Estos menores están acogidos por 77 familias, 10 de ellas residentes fuera del territorio alavés. Los acogimientos, que suelen prolongarse durante 5 años, son temporales.
«Merece la pena»
Según el colectivo, todavía queda mucho por hacer. «No es normal que si a tu niño hay que operarle de amigdalitis, un técnico tarde un mes en firmarte un simple papel», lamenta Durana. Sus críticas también apuntan al aspecto económico, ya que estas familias apenas reciben 335 euros mensuales para los gastos ordinarios y extraordinarios del menor: «El que tenga niños, sabrá que esta cantidad no llega para casi nada», abunda.
También se dan situaciones paradójicas como que los técnicos forales «te piden hasta tres presupuestos diferentes si por ejemplo tienes que comprar unas gafas a tu hijo. Nos tratan más como un servicio que como verdaderas familias de acogida», lamentan.
Por ello, piden a la diputada de Política Social y Asuntos Sociales que realice un «mayor esfuerzo» ya que todo lo que reconoce en el discurso político, luego, en el día a día, «los técnicos no lo cumplen».
Pese a todo, Durana, que comenzó a acoger hace tres años y media y que el pasado volvió a repetir, asegura que «merece la pena». «Cualquier pequeño trámite es una batalla, te agota y desmoraliza. Sin embargo, ver luego a tu hijo supera todos estos impedimentos», asegura.