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La crecida de los ríos dispara las alarmas y revive el temor a unas riadas como las que asolaron la provincia en 1983
28.01.09 -

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Los vizcaínos revivieron ayer con toda su carga de angustia la amenaza de las inundaciones de 1983, que sintieron muy de cerca, a ras de suelo, especialmente en Bilbao. Tras una noche de constantes aguaceros que arreciaron aún más por la mañana, la ciudad vivió unas horas al límite, en situación de máxima alerta, y acabó salvándose por unos centímetros. Sólo cuando pasó la pleamar, a las 17.23 horas, pudo respirar con alivio. El cielo concedió una tregua a partir del mediodía y la ría resistió la crecida, que provocó desbordamientos en el Nervión, el Cadagua, el Gobela y otros cuatro ríos.
Casi sin tiempo para recuperarse del ciclón -ayer cientos de hogares continuaban sin luz- los vizcaínos volvieron a sufrir la furia del cielo. Las intensas precipitaciones -de entre 40 y 60 litros de agua por metro cuadrado- no causaron daños comparables a los de las inundaciones del pasado 1 de junio, pero volvieron a poner en evidencia la vulnerabilidad del territorio. La mayor parte de los ríos registraron «de forma súbita» crecidas de carácter «extraordinario», según informó la Confederación Hidrográfica del Cantábrico.
En Bilbao llovió en doce horas lo que estaba previsto recoger en todo un día, y los peores aguaceros cayeron hacia las diez de la mañana. Conscientes del peligro que se avecinaba, las instituciones se movilizaron desde el primer momento y desplegaron todas sus medidas preventivas, lo que deparó imágenes insólitas. El Casco Viejo se convirtió en un barrio fantasma a primera hora de la tarde tras el desalojo de comercios y equipamientos públicos, por primera vez en 25 años. Malos recuerdos.
También se evacuaron las instalaciones de Mercabilbao y se suspendieron las clases en 21 colegios vizcaínos, entre llamamientos a los padres para que acudieran a recoger a sus hijos. Mientras tanto, la DYA tuvo que rescatar a 84 ancianos, 16 de ellos en silla de ruedas, de una residencia de Basauri, y desalojó un instituto y un centro de día en Getxo por medio de furgonetas y un microbús. Las carreteras se sumergieron en el caos, especialmente tras el desprendimiento que afectó a la A-8 en Abanto. Catorce vías sufrieron cortes de tráfico por balsas de agua y la Diputación suspendió el peaje en los túneles de Artxanda debido a un desprendimiento en Santo Domingo.
Escorrentías del monte
Una tras otra, las zonas de Vizcaya más vulnerables a las riadas se vieron con el agua al cuello. Las intensas lluvias se cebaron con la cuenca del Cadagua, donde se produjeron desbordamientos a primera hora de la mañana en Sodupe y Alonsotegi. Fue el principio de una cadena que tuvo en vilo a los vizcaínos durante horas. El Nervión se salió del cauce en Basauri, a la altura de Ariz, y Etxebarri, donde provocó el desbordamiento de la presa de Kukuiaga. El agua cayó con tanta violencia sobre la N-634 que anegó la entrada a Basauri y el polideportivo de San Antonio.
Pero si en algún sitio llovía sobre mojado, era en Getxo. El desbordamiento del Gobela volvió a convertirse en la pesadilla de los afectados por las inundaciones del 1 de junio, que dejaron pérdidas millonarias. En el barrio de Salsidu, algunos vecinos que han regresado recientemente a sus casas tras reparar los graves daños causados por la riada protagonizaron escenas de auténtica desesperación. Con el nivel del agua, crecía la indignación porque todavía no han comenzado las obras previstas para reducir el riesgo de inundaciones, aunque finalmente dejó de llover a tiempo de provocar males mayores.
Hubo otros desbordamientos con menores consecuencias: el Butrón a su paso por Mungia y Gatika, el Barbadún en el barrio muskiztarra de Arenao, el Castaños en Barakaldo y el Arratia entre Igorre y Lemoa. Bilbao aguantó la crecida de la ría con el alma en un puño pero no pudo evitar que las escorrentías de los montes, el otro gran peligro que encierran los chaparrones, dejaran huella en sus calles. El torrente de agua que bajaba del Arraiz irrumpió con fuerza en Rekalde y alcanzó hasta 60 centímetros de altura, lo que anegó comercios y portales. La Peña, uno de los escenarios donde más se revivió la angustia del 83, se salvó de la riada y sufrió inundaciones en garajes por el agua que caía de la autopista.
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