Los aficionados fueron los grandes beneficiados de la matinal en La Casilla. Salir de casa con el tiempo de perros que hacía, arriesgarse a la caladura y a perder paraguas y peluquines por el camino para asistir a un partido de baloncesto, merecía un premio. Lo tuvieron los animosos seguidores de los hombres de negro, a quienes la palabra racha, en positivo, excita sobremanera. De ahí que llenaran el pabellón. Les tocó sufrir, encontrar postura en el escueto espacio entre asientos para sobrellevar los espasmos nerviosos, enfadarse con los árbitros, con los rivales y en ocasiones con los suyos. Pero la recompensa se saldó con un encuentro trepidante, con emoción e incertidumbre; con momentos estelares a los que sucedían episodios colegiales... una montaña rusa en la que los locales fueron quienes mejor soportaron el mareo. Casi cien puntos por plato. Algo digno de ver.
Suelen ser estos choques un ejemplo de desconexión. Tan del agrado son para el público como prescindibles para los entrenadores. No se trata de que los técnicos incluyan en su mapa genético algún elemento diferenciador relacionado con la 'amarritis', peculiar 'enfermedad' que sí se da en un mayor porcentaje en quienes han hecho de dirigir equipos deportivos su profesión. No, no es el caso. Pero seguro que a Txus Vidorreta y a Jaume Ponsarnau les escoció que todo el trabajo de preparación y adecuación defensivas saltara hecho pedazos. Primero por el inverosímil acierto de Josh Asselin. Con 16 puntos en el primer cuarto, 20 al descanso y 28 cuando se cumplía el minuto treinta, el pívot de Michigan estaba llamado a ser el héroe de los del Congost. Pero, como suele ocurrir, se quedó solo en mitad del campo de batalla. A lo sumo, Román Montañez -soberbio- colocó su espalda contra la del norteamericano para buscar la gloria a base de espadazos. Con las botas puestas, sí, pero claudicaron.
No le fue -los números cantan- mucho mejor al Manresa. Su penitencia defensiva contó con más vías abiertas. Con la munición tan repartida y la mayoría de colinas tomadas, al iurbentia le resultó cómodo abrir un fuego cruzado que acabó por inmovilizar a su rival. Fue como aquella escena de la primera entrega de 'En busca del arca perdida', cuando Indiana Jones contestó las filigranas del forzudo guerrero de turno, acero en mano, con un seco, rápido y limpio disparo de su Smith&Wesson. Bueno, algo parecido. De haber mediado puntería, la resolución del capítulo no se habría dilatado tanto.
El efecto Asselin en el Bilbao Basket sonó a ochote. Lewis, Banic y Pasalic entonaron la primera voz; Blums y Guardia se unieron en el segundo tono; Salgado y Recker se marcaron sendos solos; y Lewis y Salgado de nuevo, más Markota mantuvieron el do lo más sostenido posible cuando se leía la última hoja de la partitura. Y defender, lo que se pudo. Y lo que dejaron los árbitros, decididos a demostrar una autoridad que se la da el reglamento, no los desplantes.
Mayor complicidad
Acaban de unificar criterios y reunirse en torno a sus directores y han salido más dispersos de lo que entraron. Un ejemplo evidente. Simular o exagerar un contacto o una falta está castigado con una falta técnica. Se produce dicho contacto y uno de los jugadores acaba trastabillado o en el suelo. La norma, ahora, es correr hacia él con el índice amenazando que a la próxima habrá castigo. ¿Por qué? Si lo hay, que se sancione y si no se hace es porque no existe, así que sobran esas advertencias sobreactuadas que pueden descolocar mentalmente a quienes se visten de corto y, desde luego, hacen que la sangre hierva en las gradas. Más que evitable.
Pero ni por esas perdió la compostura el iurbentia. Como tenía más tropa dispuesta al sacrificio, se llevó el partido. Así de sencilla fue la moraleja final. Como la certeza de que esta franquicia está preparando otro paso de gigante. Es algo que se percibe en el ambiente, en las miradas de los jugadores... no es que se fuera un día, pero la complicidad salta a la vista más que antes.
Así que todo sigue como estaba en los buenos tiempos: con Banic como jefe del cotarro; Salgado asumiendo luces y sombras, pero siempre dispuesto a reventar un partido o reventarse él; Lewis haciendo de americano de verdad; Pasalic creyéndoselo; Markota abriendo los ojos a otra dimensión de juego... y así razones en positivo para Blums, Vázquez, Savovic, Recker, Guardia y Seibutis. Todos quieren jugar, pero ya no hay que detenerse en tantas explicaciones cuando dejan de hacerlo. Los minutos están caros y el mejor modo de hacer acopio es aprovecharlos sin salirse del guión.