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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Lunes, 13 febrero 2012

Vizcaya

DE CUANDO EN CUANDO

25.01.09 -

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Aveces las coincidencias llevan a los contrastes y los contrastes llevan a las reflexiones. Voy a ver si me explico para que me entiendan, porque hoy la cosa va de arte pictórico, un tema que me agrada sacar a colación de vez en cuando.
Resulta que se nos ocurrió al señor García y a un servidor ir a ver la exposición de don Joaquín Sorolla que ha permanecido durante largo tiempo en el Museo de Bellas Artes. Son, como ya se sabe, los grandes cuadros, tipo mural, que pintó en los años veinte, para decorar la Hispanic Society of America. Y el único adjetivo que se nos ocurrió al señor García y a mí, casi al unísono, fue el de 'IMPRESIONANTE'. Escrito así, con mayúsculas.
Y aquí viene ahora lo que al principio decía yo de los contrastes (del verbo contrastar, que equivale a comparar), porque al salir de la exposición de Sorolla y con el regusto intelectual de aquellos gigantescos murales donde el dibujo y el color llegan a la cumbre de lo sublime, he aquí que nos encontramos en el vestíbulo con un par de chatarras que encajan en un Museo de Bellas Artes como un elefante en un baile. Y todavía lo pasamos peor cuando al salir del edificio nos topamos con las chapas de hierro roñoso que hay en uno de los jardines. Su autor, Richard Serra, lo califica de escultura y a un servidor le producen la misma emoción (quizá incluso menos) que contemplar un abrelatas.
Continuando con las coincidencias y los contrastes, he aquí que al día siguiente, mientras desayunaba leyendo nuestro común periódico, me encontré de nuevo con la famosa lata de sopa del inefable Andy Warhol, esa genialidad pictórica que los partidarios del vanguardismo consideran como un icono emblemático del arte actual. Así nos luce el pelo amigos míos: convirtiendo una lata de sopa en el heraldo de una era pictórica.
Yo entiendo que todo evolucione y cambie porque no es cosa de enquistarse en un estilo eterno. Pero ¡caramba! Entre un cuadro de Sorolla y una lata de sopa de tomate puede haber algún punto intermedio. Vamos, digo yo.
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