«Gracias a todos, es un placer». De esta forma respondió Hillary Clinton, nueva y flamante secretaria de Estado, a los aplausos y gritos de júbilo de cientos de empleados del departamento que va a dirigir, cuando accedió al edificio que lo acoge por la puerta principal.
Con una apariencia impecable y muy sonriente, la jefa de la diplomacia estadounidense declaró que «se abre una nueva era para el país», al tiempo que advirtió de que «la que tarea que queda por delante será dura, con altibajos y algunos obstáculos en el camino». La ex senadora por Nueva York se sintió aún más complacida cuando el vicepresidente de la Asociación del Servicio Exterior, Steve Kashett, le agradeció en nombre de todos los funcionarios su promesa de «recuperar la diplomacia y el liderazgo de EE UU fuera de las fronteras».
Hillary Clinton inició su primera jornada al frente del Departamento de Estado hacia las nueve, pocas horas después de que el Senado diera el visto bueno a su nombramiento. Republicanos y demócratas admitieron que su rápida confirmación era necesaria para que el presidente pueda abordar los grandes retos en materia de política exterior, especialmente las dos guerras que libra el país, el aumento de la violencia en Oriente Próximo y la amenaza nuclear iraní.
«Es esencial que proporcionemos al presidente las herramientas y recursos necesarios para hacer posible el cambio, y eso comienza colocando al equipo de seguridad nacional a trabajar lo antes posible», afirmó el senador John Kerry, jefe del Comité de Relaciones Exteriores.
Una vez en su despacho, la sucesora de Condoleezza Rice preparó la lista de los nombramientos más urgentes para Oriente Próximo y la conflictiva zona de Afganistán y Pakistán. La nueva Administración confirmó posteriormente la designación del senador George Mitchell como nuevo enviado especial para afrontar la incendiaria relación entre israelíes y palestinos, y a Richard Holbrooke, artífice de los acuerdos que pusieron fin a la guerra de los Balcanes, como principal consejero de Hillary para el conflictivo centro de Asia.
Enviados especiales
La revitalización de la figura del enviado especial como uno de los ejes de la política exterior norteamericana -Bill Clinton los usó con éxito en los Balcanes y en otros regiones calientes durante su mandato- es uno de los pilares en los que la nueva secretaria de Estado se apoyará para tratar de cambiar la dinámica de los conflictos más complejos. En el caso específico de Oriente Próximo, donde nunca ha ocultado sus simpatías por Israel, tiene que hilar fino para atraerse el favor de Hamás y los gobiernos árabes más radicales.
Interrogada hace unos días en el Senado sobre el conflicto de Gaza, Hillary indicó que, al igual que Barack Obama, ella comprendía y era favorable al deseo de Israel de defenderse y «no sufrir más los cohetes lanzados por el Hamás». Pero, «nosotros conocemos también el precio humanitario de los conflictos en el Próximo Oriente», agregó, «y deploramos los sufrimientos de los civiles palestinos e israelíes».
Acerca del tema de Irán, la ex primera dama se cuidó de mantener el equilibrio deseado por el presidente, entre la propuesta de diálogo y la amenaza de sanciones. En principio, se negó a descartar la opción militar, pero hizo hincapié en la diplomacia y el «respeto» a la población de la república islámica.