«Tenemos miedo tras el asesinato de Uria y las amenazas ahora de ETA, pero también tenemos que trabajar, ganarnos el sustento para nuestras familias», explicaba ayer por la tarde un operario en las inmediaciones de la pequeña localidad alavesa de Retana, junto a los trabajos en marcha para tender el trazado del TAV, el Tren de Alta Velocidad. El tajo corresponde al subtramo II, con una extensión de 5,4 kilómetros entre Ubarrundia y Legutiano.
En esta zona, guardas jurados impiden el acceso de los periodistas y cualquier otro desconocido a un pequeño poblado de casetas de obra, desde donde ingenieros, técnicos y encargados coordinan la marcha de las labores. «No pueden entrar dentro, ni aparcar junto al acceso», explica el responsable del control, que añade que «tampoco puedo hablar con ustedes». Sin embargo, un poco más lejos, al dejar la zona, un operario se atreve a confesar que la gente «tiene mucho miedo». Lo dice, eso sí, cauteloso, sin dar su nombre ni cualquier pista que pueda identificarle. «Estas amenazas me parecen horribles, y qué decir del asesinato de Uria: espantoso», añade.
El personal de seguridad sigue a cualquier coche desconocido e invita a los periodistas a no hacer fotos. «Son peligrosas aunque no aparezcan personas, porque pueden dar pistas sobre dónde o cómo colocar una carga explosiva», explican.
El primer día
Cien metros más allá de este tajo, sin embargo, la situación parece ya más relajada. Una quincena de trabajadores se afana en la construcción del puente de Miñano. Algunos de ellos acaban de llegar de otras provincias y no notan tanto la presión. «Es mi primer día de trabajo. Nosotros cuatro venimos de Aranda de Duero. Hemos oído hablar de las amenazas, pero tenemos que ganarnos nuestras alubias y las de nuestras familias», se limitan a decir. Y tratan de convencerse y quitar dramatismo a la situación: «¿Miedo? ¿Por qué? Si nosotros somos obreros y sólo estamos haciendo un puente». Mientras unos se encargan de andamios y encofrados, otros trabajan para montar las cimbras.
Con ellos tse encuentra un eibarrés, Fernando, con dos hijos en la villa guipuzcoana, desde donde se traslada a la obra cada día. «Llevo dos años. Claro que he oído las amenazas y estaba aquí cuando mataron a Uria. ¿Qué sentí? Rabia e impotencia», cuenta. «No creo que a nosotros puedan hacernos algo. ¡Somos obreros! Sería increíble», asegura otro compañero más joven, aunque con un año de experiencia ya en este tramo.