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Michelle Obama, mezcla de acidez y pragmatismo, estaba ya cansada de los etéreos ideales de su marido. Era hora de asentar la familia. Tenían dos hijas que mantener. Pero su esposo le convenció de que le diera una última oportunidad. Se la otorgó pero a cambio de una doble promesa: que su carrera política no le impidiera ver a sus pequeñas al menos una vez a la semana y... que dejara de fumar. La primera la ha cumplido. La segunda ha tenido alguna que otra violación puntual.
La Casa Blanca tampoco puede influir en el desarrollo de las niñas. Deben vivir con chicas normales de su edad. Así lo considera la nueva primera dama y en conseguirlo ha puesto su empeño. Sus habitaciones respirarán aire infantil, plagado de posters de los Jonas Brothers, Beyoncé o Hanna Montana, nada de Paris Hilton ni Britney Spears -no son buenos ejemplos-. Sí a las carreras por los pasillos, tele con moderación, fiestas de pijamas, irán de colonias, mucho campo en las estancias de fin de semana en Camp David, tendrán un dólar de paga semanal, cumplirán el sueño de tener un perro... Pero también disciplina. Que no ocurra como con las gemelas de George W. Bush, Jenna y Barbara, que casi destrozan la cama de Lincoln saltando sobre ella a pesar de que llegaron a la Casa Blanca... con 19 años.
Los deberes escolares tienen prioridad, sin olvidar las tareas domésticas. Sin ellas no hay paga. Malía y Sasha deberán ordenar su habitación y hasta hacer sus camas pese a que la Casa Blanca tiene una plantilla de casi un centenar de trabajadores. «Eso es lo primero que les dije a los miembros del personal cuando me los presentó Laura Bush», señala la nueva 'presidenta'. «Lo que han hecho hasta ahora no hay razón para que dejen de hacerlo».
'Mummy America'
Porque mamá Michelle es de armas tomar. 'Lady América' también es 'Mummy America'. Lo saben ya hasta los cocineros. Se acabaron la manteca de cacao, los macarrones con queso, la mayonesa y las albóndigas que dejaban huella en la comisura de los labios de los Bush. Es tiempo de brócoli, espinacas, pescado a la parrilla o pollo frito.
«Los hijos de los presidentes siempre han sido como las mascotas del país, pero las mías no», dijo a un canal de televisión. Luchará por construir un hogar en la residencia presidencial. Lo tendrá complicado porque la vida privada no existe en la Casa Blanca. Los servicios de seguridad son el Gran Hermano de Washington.
El esfuerzo porque sus vidas tengan un cierto viso de normalidad es prácticamente imposible. Y los niños son los más vulnerables. En el número 1.600 de la Avenida Pensilvania las existencias infantiles han sido complicadas en muchas ocasiones. Franklin Delano Roosevelt dijo que la vida de sus seis hijos «fue horrible» allí, otros han tenido problemas de alcohol o drogas. Pero Malia y Sasha parecen capaces de pasárselo bomba y emular las travesuras de Quentin y Archivald, los pequeños de Theodoro Roosevelt, famosos por bombardear con globos cargados de agua a dignatarios internacionales y por soltar la serpiente que tenían de mascota en las cenas de gala.
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