«Los árbitros se equivocan, igual que todo el mundo. Pero, a mí, eso me perjudica gravemente». Lo dice José Antonio Camacho, un madridista de pro, que ayer sufrió en sus carnes el peso del Bernabéu. El técnico murciano se quedó de piedra tras padecer el escandaloso arbitraje del cántabro Pérez Burrull, decisivo en la derrota de Osasuna ante un Real Madrid que juega mal pero con Juande Ramos cosecha buenos resultados porque, entre otras cosas, le ha cambiado la suerte y defiende algo mejor que con Schuster. Pero con este fútbol ramplón, sin centro del campo, a años luz del Barça, las cuatro victorias consecutivas son pan para hoy y hambre para mañana.
Algo pocas veces visto ocurrió en Chamartín. Juanfran, un futbolista desequilibrante criado en la inagotable factoría del Real Madrid , vio cómo le escamoteaban dos penaltis, uno con 0-0 y otro con 2-1 a favor de los blancos, a sólo siete minutos del final. Y encima fue expulsado por doble amarilla.
Arbitrajes así no son de recibo y cercenan las esperanzas de equipos que, como el rojillo, luchan afanosamente por conseguir la permanencia. Resulta penoso que los jueces eclipsen los partidos, pero esa fue la realidad en este domingo que supuso el estreno en la presidencia merengue de Vicente Boluda, por lo que parece un hombre de suerte en la vida.
En ambas jugadas el asistente confundió al colegiado. Y en las dos el linier estaba bien colocado. En la primera, Juanfran se marchó por el lateral del área de Gago y éste le derribó. Mucho más claro aún fue el otro penalti, ya que Pepe le pisó cuando le había superado y se iba hacia Casillas. Pérez Burrull dudó, pareció señalar el punto fatídico pero dio marcha atrás por vía del pinganillo. Camacho y los suyos no daban crédito.
El otro protagonista negro de la tarde fue el portero Roberto, un chollo para el Madrid . Dudó toda la tarde en las salidas, regaló el empate de Sergio Ramos en el arranque de la segunda mitad, ya que se comió un zapatazo lejanísimo que, eso sí, le botó delante, y cerró un día negro al ser incapaz de desviar el disparo final de Robben que puso la guinda al injusto triunfo local. El holandés estuvo bien vigilado en la primera mitad pero luego volvió a ser desequilibrante. Brindó en bandeja el 2-1 a Higuaín y mojó al final, cuando ya los navarros, hundidos, estaban más pendientes de protestar al trencilla que de otra cosa.
Más allá de la derrota. Camacho demostró que se conoce de memoria al Madrid . Sabe que los blancos juegan con dos pivotes defensivos, que sufren para construir, que abusan de los balones largos, y por eso ordenó que se les presionara arriba. Si Pepe no podía lanzar bien, el Madrid quedaba casi neutralizado. Así de claro, y de triste para un equipo grande. A este Madrid de corte 'capeliano', alejado de toda excelencia, le gusta esperar atrás, robar y salir. 'Lass' es tipo abnegado en la destrucción pero limitado en la fabricación. Y si no hay fútbol en el centro del campo, los delanteros quedan a merced de sus vigilantes.
Una internada de Higuaín que abortó Roberto en el minuto inicial dio paso a un largo período de dominio visitante. Los navarros se adueñaron del balón, tocaron más y mejor y comenzaron a avisar. Un centro de Juanfran, muy activo, fue mal rematado por Pandiani.
Luego, el primer penalti escamoteado. Después, el gol de Nekounam, tras certero cabezazo que dejó en mal lugar a Cannavaro. Los pamploneses disfrutaban pero comenzaban a inquietarse al ver que el árbitro ni siquiera les dejaba sacar una falta en el descuento e indicaba el descanso.
El Madrid despierta
El Madrid ya había despertado en el tramo final de la primera parte, aunque fuera con más ímpetu que cabeza. Su mayor peligro llegaba a balón parado, ya que Sergio Ramos se subía a las barbas de Roberto. Juande vio lo que ocurría, ejerció de entrenador y cambió rápido. En el descanso, introdujo de una tacada a Van der Vaart y Huntelaar y retiró a los intrascendentes Cannavaro y Sneijder. El Madrid cambió hasta cuatro posiciones y atacó más. Con empuje, Roberto, el árbitro, el amor propio de Ramos y el desborde de Robben, tuvo suficiente para voltear el marcador. Oxígeno para los madrileños, miseria para los rojillos y desastre arbitral.