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Vizcaya

18.01.09 -

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Exceptuando algunos momentos de animado cuerpo a cuerpo, el debate transcurrió de un modo sosegado. El representante del Gobierno vasco llevó la voz cantante. Los sindicatos contraatacaron con soltura. Sus discursos oscilaron entre el equilibrismo y la abstracción. En general, la Administración fue precavida y se limitó a lidiar sobre las piernas y devolver golpes. Anotamos los dos mejores directos de la tarde, para los aficionados. LAB al Gobierno vasco: «Los políticos siempre os ponéis en guardia». Gobierno vasco a LAB: «Y los sindicatos siempre os ponéis en la cabeza de los autónomos».
Más que en el asunto de los horarios, los sindicatos se mostraron interesados en cambiar algo que llamaban el «modelo de sociedad». Curiosamente, el representante de los consumidores también era partidario de la regeneración moral de la masa. Se habló de consumismo, de «una sociedad de enfermos», de «templos comerciales». Hubo momentos en los que el sector parecía más preocupado por la sociología urbana que por los beneficios.
En su argumentación contra la apertura en festivos, el portavoz de los consumidores apuntó que Vizcaya no tenía nada que ver con las provincias españolas en las que abren las tiendas. «Nuestra historia es distinta», dijo. El representante de los empresarios insistió en que los sindicatos debían ocuparse de las condiciones laborales, no de los horarios. Menos habituados a estos debates, el portavoz de la comunidad china y el comerciante autónomo no consiguieron llevar la conversación a su terreno, es decir, al suelo. Son los inconvenientes de aterrizar en una mesa llena de profesionales.
La representante de UGT ensayó una fórmula llamativa: «Mi posición histórica ha sido...». El representante del Ayuntamiento se mostró del lado de la legalidad y remarcó la necesidad de que Bilbao sea cada vez más atractivo para los turistas. A LAB lo de los turistas le sonaba inexistente y fantástico, como si le hablasen de gnomos. Fue curioso que el portavoz de los consumidores le dijera al contertulio chino que sus compatriotas debían respetar «los usos y costumbres» del país. He ahí un exceso paternalista: lo único que tienen que respetar los extranjeros son las leyes.
Al finalizar, tuvimos la sensación de que el comerciante autónomo se fue de allí como quien ha ido a una fiesta y no ha logrado bailar con nadie. Él sólo quería abrir su tienda cuando lo permite la ley y nadie le hizo mucho caso. El sector en conjunto pasó por encima de su cabeza con sus encuestas flotantes y sus razonamientos esdrújulos. El representante de la comunidad china se despidió amablemente. Dijo sonriendo que todo cambiaría en veinte años. Una máxima de Confucio, para quien supo escuchar.
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