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Vizcaya

Por tradición familiar

Loteros, arquitectos, médicos y pasteleros continúan ejerciendo la profesión de sus antepasados y renuevan sagas fuertemente enraizadas en la ciudad
18.01.09 -

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En los años veinte los bilbaínos compraban la lotería en Azkarreta, los chocolates de Martina de Zuricalday hacían las delicias de niños y mayores y, para los problemas de visión, muchos acudían al doctor Corcóstegui. Hoy el panorama no es muy diferente. Los mismos nombres se mantienen casi un siglo después unidos a los mismos negocios, como si de un 'deja-vù' histórico se tratara. Y es que si el hombre es un animal de costumbres, el bilbaíno más. Prueba viva de ello son estas cinco familias que, como muchas otras, han transmitido su oficio de generación en generación, creando auténticas sagas. EL CORREO ha visitado a algunos de estos profesionales, que ponen nombres y apellidos a la coletilla 'de Bilbao de toda la vida'.
JOSÉ MARÍA SMITH
Arquitecto
«Mi abuelo no tenía un estilo encorsetado»
En el estudio de José María Smith Solaun se respira el ambiente de otra época. En la última planta de un edificio del Ensanche bilbaíno, su abuelo, Manuel Smith Ibarra, reservó un espacio privilegiado en el que trabajar, leer o dibujar. Hoy su nieto ocupa el mismo escritorio, se acomoda en el mismo sillón y continúa ejerciendo la misma profesión.
Los Smith bilbaínos descienden de John Smith Fitz, un irlandés que llegó a Bilbao en 1732 y se instaló en el Casco Viejo. Sus descendientes fundaron la fábrica de curtidos Smith, una de las primeras industrias que tuvo la villa, pero la estirpe alcanzaría fama gracias a Manuel María, uno de los arquitectos más solicitados por la buena sociedad bilbaína de comienzos de siglo. De su cabeza salieron obras tan representativas como el Palacio Artaza en Getxo -encargo de Víctor Chávarri- el hotel Carlton o el proyecto original de San Mamés.
Su hijo Juan Carlos heredó el oficio y en los 40 y 50 se dedicó principalmente a construcciones eclesiásticas, pero sólo trabajaba para particulares en contadas ocasiones. Sin embargo, su sobrino José María, emprendió con ímpetu una profesión de la que «en casa se hablaba constantemente».
«Yo soy arquitecto de nacimiento, ni me planteé ser otra cosa». Así resume José María Smith su vocación por el oficio de su abuelo. Para él ha sido siempre un modelo, más por la forma que tenía de entender su profesión que por el estilo de sus obras. «Mi abuelo no tenía un estilo definido, ni estaba encorsetado, se adaptaba a las necesidades de sus clientes, y eso intento hacer yo», resume este arquitecto, que se licenció en 1983.
La continuidad de esta saga, que no ha sido muy prolífica, está asegurada gracias a dos de los hijos de José María, que están a punto de finalizar sus estudios de arquitectura: Fernando y Álvaro Smith mantendrán la tradición familiar en el siglo XXI.
JUAN LUIS BAYO
Pastelero
«Mantenemos el sabor antiguo»
Desde que en 1830 los padres de Martina de Zuricalday abrieran su primera tienda en la calle Correo, la villa ha cambiado mucho. Aquella primera confitería y chocolatería creció gracias al impulso de una mujer inquieta y emprendedora, Martina, que se hizo cargo en 1882 del negocio de sus padres y lo expandió y modernizó hasta el punto de convertirlo en una empresa boyante.
Ante el éxito de sus confituras y chocolates, en 1900 se decidió a dar el salto al Ensanche y abrió una nueva tienda en la Plaza San José, la más antigua de las que hoy se conservan. Mientras regentaba las pastelerías en las que se servían los dulces más refinados de la ciudad, Martina fue madre de catorce hijos. Algunos, como Juan o Vicente Bayo, se convirtieron en auténticos personajes de la sociedad bilbaína de fin de siglo, pero ninguno se implicó directamente en el negocio. Fueron sus nietos los que, a la muerte de la matriarca, se unieron para seguir adelante. Así nació la sociedad Nietos de Martina de Zuricalday, cuyo emblema sigue pintando los toldos de sus cuatro establecimientos.
Juan Luis Bayo, nieto de aquellos Nietos, es quien a día de hoy está al frente de la pastelería más antigua de Bilbao. En los años 80 su padre le pidió que se hiciera cargo del centenario negocio en una época difícil. Juan Luis renovó el obrador y abrió nuevas tiendas y ha conseguido entrar en el siglo XXI manteniendo la calidad que hizo famosa a su tatarabuela. Hoy la continuidad está asegurada gracias a su hija Marta: «Me he criado en las pastelerías y me daba pena que el día de mañana el negocio de mis padres estuviera en otras manos». Ella estudió diseño de moda y cuida mucho los detalles. Para el futuro no tiene «grandes proyectos», porque considera que una empresa familiar como la suya «se lleva día a día, manteniendo el sabor antiguo, pero sin perder el tren de los tiempos». Martina de Zuricalday estaría orgullosa de su entusiasmo y saber hacer, y de ver que a su pastelería le quedan muchos aniversarios por cumplir.
JORGE CORCÓSTEGUI
Oftalmólogo
«No animo a mis hijas a ser médicos»
Por las consultas de los Corcóstegui han pasado los ojos de medio Bilbao. Esta saga de médicos y oftalmólogos se remonta nada menos que a los años de la invasión napoleónica y se expandió a buen ritmo, hasta el punto de que hoy son más de una docena los Corcóstegui que ejercen la medicina, seis de ellos en Bilbao.
Los antepasados de Jorge Corcóstegui se quedarían atónitos si vieran la consulta de su descendiente y los modernos aparatos que hoy hacen más fácil su profesión. A su tatarabuelo le dieron el título de medicina en 1814 en Vitoria porque Madrid estaba ocupado por los franceses, y su abuelo «no se creería que hoy la miopía se puede operar y ver perfectamente en 24 horas». El oficio que esta familia lleva ejerciendo casi doscientos años ha cambiado mucho.
Jorge Corcóstegui tuvo claro desde pequeño que su vocación era ser médico, concretamente oftalmólogo como su padre y como su abuelo. No había nada impuesto, prueba de ello es que sus hermanos emprendieron otros caminos profesionales, pero él no lo dudó, «quizá porque pasé mucho tiempo junto a mi padre», apunta. La tradición en el oficio lleva también aparejada una clientela fiel, y es que entre los pacientes de Jorge Corcóstegui están los hijos de los que acudían a la consulta de su padre.
La continuidad está asegura porque Jorge no es el único; sus primos Gonzalo y Juan Ángel Corcóstegui también son oftalmólogos, así como sus hijos, que rondan la treintena. Jorge tiene dos hijas que están ahora en edad de elegir carrera: «Yo no las animo mucho, si quieren ser médicos que lo sean por vocación», asegura. Desde luego, si al final optan por el oficio de su padre tendrán a su servicio cinco generaciones de experiencia acumulada.
EMILIANO AMMAN
Arquitecto
«Todos me decían que sería arquitecto»
El nombre de los Amann está irremediablemente unido a la historia de Bilbao en el último siglo. Esta familia de origen alemán llegó a la villa alrededor de 1840 y pronto se expandió por todos los ámbitos de la vida social y profesional de aquel 'Botxo' cosmopolita de finales del XIX.
La principal figura de aquella primera época es José Isaac Amann, que nació en Bilbao en 1851 y fue uno de los fundadores del barrio getxotarra de Neguri. Entre su prole, muy activa en la generación de fin de siglo, está el impulsor de los famosos Almacenes Amann, el primer 'corte inglés' que tuvo Bilbao, o el pintor Manuel Amann. Su hijo Calisto Emiliano se dedicó a la arquitectura, iniciando a su vez una saga de profesionales que se mantiene hoy en día en la persona de su nieto.
«Mi abuelo vivió una época muy buena para la arquitectura en Bilbao, porque había mucho trabajo que hacer y pocos especialistas», dice su nieto. Con sólo 26 años ganó el concurso para erigir la sede de la Sociedad Bilbaína, que se convirtió en una de sus obras cumbres y le abrió la puerta a muchos encargos en el desarrollo del Ensanche. Este hombre culto, inquieto y viajero fue todo un personaje de su época. Fue uno de los primeros en tener cámara de fotos y emisora de radio, colaboraba activamente en la revista cultural Hermes, e incluso publicó crónicas de sus viajes en este diario.
Su hijo, a quien transmitió su nombre y su profesión, trabajó en los años del desarrollismo e ideó edificios como la sede del Banco Popular en la Gran Vía o el Centro Intermutual de Artxanda, hoy destruido. Con este bagaje, al tercer Emiliano Amann no le quedaron dudas de cual había de ser su destino profesional: «Cuando era pequeño todos me decían que sería arquitecto como mi padre», rememora. Sin embargo sus hijos no piensan continuar la tradición profesional, pero la familia está tan extendida que nunca se sabe. De momento, Antón Amann, arquitecto especializado en iluminación, asegura por unos años la supervivencia de esta saga centenaria.
ASUN AZKARRETA
Lotera
«Vendimos el 'Gordo' tras las inundaciones»
La suerte de Bilbao lleva décadas unida al nombre de los Azkarreta. Desde que en 1914 don Pedro Azkarreta transformara su negocio de banca en una administración de loterías ha llovido mucho, tanto que los décimos que entonces valían 3 pesetas ahora cuestan 20 euros. Hoy su establecimiento de El Arenal es uno de los que más vende de España, prueba de ello son las formidables colas que se organizan a sus puertas.
Los orígenes de la empresa se remontan a los últimos años del siglo XIX, cuando la banca Azkarreta creció al amparo del comercio del hierro con Inglaterra. Todavía hoy en sus oficinas descansa una caja fuerte que salió de un navío inglés. Sin embargo don Pedro, tío abuelo de los actuales propietarios, vio la prosperidad en los juegos de azar y transformó su oficina de cambio de divisas en una administración de loterías.
A don Pedro le sucedió su sobrino Ricardo y hoy está al frente de las legendarias loterías Asun Azkarreta, que comenzó a trabajar en el año 82. Ella era ATS, pero le tocó tomar el relevo generacional a la muerte de su padre. «Nunca pensé que me iba a gustar tanto», reconoce esta mujer, a la que en sus primeros años de profesión le tocó vivir emociones fuertes.
En agosto del 83, la administración quedó asolada por las inundaciones. «Teníamos la lotería de Navidad ya en casa», recuerda, «y algunos décimos los vendimos manchados de barro». El desquite vino cuando ese mismo año repartieron por todo Bilbao un Gordo caído del cielo. «Fue el 56.054, no se me olvidará en la vida», recuerda emocionada.
El negocio ha cambiado mucho en los últimos años, «ahora está todo mecanizado y ya no hace falta tanta gente», pero Asun confía en que la lotería de El Arenal siga en manos de los Azkarreta. «Mis dos hijos tienen ya su trabajo, pero espero que alguien de la familia continúe la tradición».
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