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Economía

Parón económico. Los protagonistas

Ex trabajadores de la construcción, el comercio y la industria ponen rostro a una crisis mundial que ha entrado en sus vidas y les ha dejado en la calle
18.01.09 -

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Las crisis de verdad no son esas de las que hablan analistas enjutos ni tampoco las diseccionadas por especialistas en abstracciones. Las crisis reales entran en las casas y en las cabezas de la gente. De un día para otro cambian vidas, echan por tierra proyectos y generan largas noches en vela. Hugo, Endika, Cristina y Vanessa lo saben. Son cuatro de los 100.637 parados del País Vasco, una cifra que crece cada mes al mismo ritmo que los augurios pesimistas. Sus caras son las de esa crisis real que ya ha llegado. Perdieron sus empleos en el último medio año y no logran remontar el vuelo. Los cuatro están confundidos y dicen: «Nunca pensé que esto fuese a pasarme a mi».
HUGO TEJADA ORTIZ
56 años. Construcción
«¿En qué he fallado?»
Hugo tiene 56 años y vive en una habitación fría. Su mundo tiene una cama y un armario y está en la bilbaína zona de Zabálburu. Lleva dos meses sin pagar el alquiler. Su único capital son los veinte euros que lleva en el bolsillo. «No tengo ayudas», dice sin lamentarse, «pero Cáritas me echa una mano. Con dinero y con cariño».
La vida de este argentino que lleva 28 años en España dio un vuelco hace cinco meses, cuando se separó de su mujer, una extremeña a la que conoció hace tres décadas en Buenos Aires. Desde que cruzaron el Atlántico vivieron en Barcelona, y allí crecieron sus dos hijos. Pero «llega un momento en que los destinos deben separarse».
Hugo es yesero, como dicen sus manos. Siempre ha trabajado en la construcción y cuando se rompió su relación sentimental decidió poner tierra de por medio. Le dijeron que en Bilbao se estaba bien, y también recordó un viaje que había hecho hace años: «La naturaleza, me impresionó». Pero cuando llegó no encontró lo que buscaba.
«Todas las empresas están con la 'bendita' crisis», resume, abre las manos y encoge los hombros. Porque antes, los yeseros «vivíamos bien». Igual que en cualquier oficio vinculado a la construcción, era fácil cambiar de empleo, moverse y probar cosas nuevas. Pero ya no. «Sales a la calle y la pregunta es ¿dónde está el trabajo?».
Como no lo sabe, sigue cuesta abajo. Suele ponerse frente a un supermercado y allí reparte elegantes tarjetas de fondo negro. 'Hugo Tejada. Yeso-Escayola, Carpintería, Reformas en general, Cocinas y baños'. Hace tiempo le salió algún «trabajillo de pintura con el que fui tirando: un bar, una casa...». Pero en los últimos dos meses nada. «Es por la Navidad, la gente gasta y no quiere meterse en obras».
Ha buscado trabajo en obras, en empresas y cada vez que ve una furgoneta de reformas aparcada espera para preguntarle al conductor dónde ir a pedir empleo. «Camino mucho. Con mi edad el sistema te dice que no sirves, pero yo digo que sí», desafía, y alza el dedo índice.
No sabe cuánto durará esta racha, cuánto tiempo tendrá que comer bocadillos y, lo peor, «levantarme por la mañana y... ¿a dónde vas?». ¿Por qué no de regreso a Barcelona? «Por el dinero. Y no puedo irme, debo dos meses de alquiler. Además, la situación allí está igual».
Hugo trata de pensar en positivo, pero a menudo se pregunta «en qué he fallado» para estar así. «El trabajo da autoestima. Cuando uno está como yo sale a la calle y se siente... -agita las manos y pone gesto de disgusto-... desplazado». Ya no puede pintar al óleo esos cuadros impresionistas cuyas fotos enseña orgulloso porque ni hay lienzo ni pintura, ni tampoco diseñar lámparas con maderas «purificadas» por el mar porque no hay herramientas. Aún así, es optimista y a menudo sonríe. «Espero que mi destino dé una vueltita y antes de morirme pueda disfrutar otra vez de los bienes terrenales. No mucho, lo normal».
ENDIKA
26 años. Construcción
«Al principio tomaba pastillas para dormir»
Endika es el único de su cuadrilla que, con 26 años, vive por su cuenta, se casó hace dos años y hasta tiene un niño de 16 meses. ¿Por qué no lanzarse a la vida adulta si, desde que tenía 16 años, nunca le había faltado trabajo? Por supuesto, en la construcción. De por medio, durante ciertos periodos, cobró paro e hizo cursos. Hasta que hace cuatro meses se quedó en la calle. Al principio, no pensaba que fuese para tanto. Luego comenzó a preocuparse. Y la primera vez que se vio sin dinero para pagar el alquiler -520 euros- alcanzó a comprender la gravedad de su situación. «Debemos tres meses de renta», reconoce. «Al principio tuve que tomar Noctamil, porque no podía dormir, estaba muy nervioso». Hasta que habló con la dueña de ese piso oscuro de 45 metros que está en Barakaldo. «Lo ha entendido, se está portando bien».
Reparte su rutina entre visitas a ETTs, entregas indiscriminadas de currículums y visitas a obras. «Cojo el metro y voy a Etxebarri o a Trápaga, o cualquier sitio donde hay obras. Pero siempre dicen que no necesitan gente».
Las cosas se han torcido de tal manera que ha tenido que pedir ayuda a Cáritas. «Cuando se lo dije a mi madre se echaba las manos a la cabeza, decía '¿cómo es posible?'». Ella, igual que la familia de su mujer, les ayudan. A menudo llevan comida a casa. «Pero mi madre tampoco está económicamente bien. Tiene a mi abuela a su cargo, a mi hermano, y su empresa está a punto de cerrar».
Dice Endika que nunca ha pedido dinero, pero ahora «es lo que hay». Además, acudir a la caridad ya no es de desheredados, «hay un montón de gente como tú y como yo».
Viven con los 385 euros que les da Cáritas, lo justo «para comer y para los pañales de este 'capullín'», dice mientras le hace carantoñas a Enekoitz, niño alegre e inquieto que siempre ofrece juguetes a los desconocidos.
La madre, también de 26 años, está igual que Endika. Por eso están pendientes de las ayudas del Gobierno vasco y del ayuntamiento baracaldés. Y, mientras, mantienen su situación en secreto. Sólo las familias saben de sus penurias. «Bueno, mi abuela no. Se moriría».
CRISTINA SÁNCHEZ
36 años. Comercio
«No hay trucos»
Lo de Cristina es una alegre resignación. También es cierto que el golpe de la crisis, a ella, no la ha tumbado. Hace medio año cerró Calzedonia, la tienda del vitoriano centro comercial Gorbeia de la que era encargada y en la que llevaba seis años trabajando. «No llegábamos a objetivos». Ya se barruntaba entonces que las cosas se estaban complicando, «que no se vendía».
Cristina está tranquila porque recibió una interesante indemnización -tenía contrato fijo-, y tiene dos años de paro por delante. Aunque no vive en la opulencia. «Gano lo mismo que cuando trabajaba, algo menos de mil euros al mes». Y una buena parte, 450, van a la hipoteca de la VPO que le tocó hace un par de años y en la que vive sola.
Las cosas en el comercio van mal. Lo sabe por amigas suyas que aún trabajan en tiendas y viven en la incertidumbre. Así que esta chica optimista ha decidido adaptarse y desempolvar títulos. «Estudié Graduado Social y Administrativo. Ahora estoy 'recordando'». Para ello, los últimos meses los ha dedicado a hacer cursos del INEM sobre aplicaciones informáticas de gestión.
Mientas, busca trabajo por Internet -«no se mueve nada», dice- y, de vez en cuando, va a comer a casa de sus padres. Por supuesto, «no he ido a las rebajas». ¿Ese es el truco? «No hay trucos, pero de algún sitio hay que quitar gastos». A veces siente el vértigo que produce el miedo al futuro. «Estoy preocupada pero, ¿qué le voy a hacer?».
VANESSA MARÍN
29 años. Industria
«Nunca había visto nada así»
Este mes se le terminó el paro y se casa dentro de dos semanas. Vive en Vitoria con su novio y tienen que estirar los 1.100 euros que gana él como camionero porque la mitad, 655, se van para el alquiler. «Llegamos a fin de mes porque nos 'cortamos' de todo», aclara Vanessa. «No salimos por la noche -bueno, el sábado pasado sí porque fue mi despedida de soltera-, no compro ropa, voy a la peluquería cada dos meses y medio cuando antes iba cada mes. Y nada de mechas ni mascarillas...».
Vanessa abre mucho los ojos cuando cuenta todo esto porque no se lo acaba de creer. «Nunca había estado sin trabajo tanto tiempo. De hecho, siempre que estuve en paro fue porque quise, para hacer cursos». Su vida laboral es intensa: pasó por empresas de logística como carretillera o haciendo 'picking', vivió jornadas laborales en neveras a cero grados y trabajó en «la madera». Su último empleo fue en una planta donde «empaquetábamos planchas para mandarlas a Turquía. Pero, de repente, la producción pasó de 1.000 a 600 y muchas nos fuimos a la calle. Desde eso, no levanto cabeza».
Y lo intenta. «Tengo aburridas a las ETTs. Y en UGT, que siempre han ayudado, me dicen que no tienen nada de nada». Su madre también se ha quedado sin empleo, igual que varios amigos suyos «que llevaban tiempo en la misma empresa. Nunca había visto nada así».
Vanessa se ve en caída libre porque «esto afecta a tu vida, a tu relación, a todo». Da enérgicos manotazos al aire y, de repente, suena su móvil. Se lanza sobre él y dice: «Espera, que igual es un curro».
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