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Se cumplen 20 años de la muerte de Salvador Dalí, un creador criticado y admirado
18.01.09 -

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«Terminarás en la miseria, comido por los piojos, sin un solo amigo. Y tendrás suerte si tu hermana te lleva un plato de sopa». No le faltó alimento y gozaba de buenas condiciones higiénicas, pero sí que es cierto que los años finales en la vida de Salvador Dalí no fueron abundantes en visitas. En suma, que, de alguna manera, no fue completamente errónea la predicción de su padre, realizada sesenta años antes frente al díscolo y alborotador estudiante.
Cuando el artista catalán falleció, el 23 de enero de 1989, varios de sus allegados achacaron a sus íntimos colaboradores el haber instalado un control férreo que obstaculizaba o impedía el acceso a aquel contradictorio adalid del surrealismo. Pero, tal vez, la culpa no recayera completamente en Robert Descharnes, el último de sus secretarios, el abogado Miquel Domènech y el pintor Antoni Pitxot, conocidos como 'la troika'. Otras fuentes afirman que el aislamiento fue plenamente voluntario y resultado de una depresión de la que nunca se recuperaría.
El genio no murió en el abandono, pero, posiblemente, en sus últimos años lamentó la ausencia de los más cercanos y tal vez añoró otros tiempos, aquellos en los que reunía la atención de la vanguardia, admirada ante su radical propuesta, y el desprecio de los medios académicos oficiales. Quizás, enfermo, postrado en el lecho, recuperó imágenes de los años veinte, especialmente felices para él. Eran los tiempos de la estancia en la madrileña Residencia de Estudiantes, germen de su privilegiada convivencia con Luis Buñuel, Pepín Bello y, sobre todo, con Federico García Lorca, así como de su posterior paso por París.
Tal vez entonces, moribundo, se remontara con su mejor sonrisa sardónica a los encuentros con los surrealistas franceses y su relación de amor y odio con André Breton, el teórico del movimiento. El joven catalán consiguió escandalizar en un escenario donde la provocación era la norma. Entusiasta del inconsciente como laboratorio productivo, pero también individuo acomplejado, temeroso de las pesadillas nocturnas, se permitía rechazar con desdén la primera vanguardia y recuperar el academicismo, alabar al fascismo y, al mismo tiempo, prometer fidelidad a la causa de un colectivo comprometido con la izquierda progresista.
Además, tal y como señala Ian Gibson en su biografía, el autor se mostraba especialmente sensible al halago y reconocimiento sociales. Dalí se manifestó único e inclasificable en modos y pensamiento, el delirio en estado puro, capaz de caer en la contradicción. Así, ante el rigor ético de sus radicales compañeros de estética, no dudaba en reivindicar los valores de la familia y el pensamiento hitleriano mientras los nazis amenazaban la libertad de Europa.
Su concepto artístico se enmarca dentro del surrealismo, la corriente impulsada por Breton, que aboga por la exaltación de los sueños y de lo irracional, y en ella los postulados dalinianos adquirieron rasgos peculiares. Dalí adaptó estas ideas generales a sus propósitos y tomó la paranoia como fuente de inspiración. Este método, denominado por el artista «paranoico-crítico», le permitió experimentar con el montaje y en él se encuentra el germen de iniciativas como 'Un perro andaluz', película realizada en colaboración con Luis Buñuel.
Las suites americanas
Posiblemente, en sus últimos días, también recordara a Elena Ivanovna Diakonova, más conocida por el sobrenombre de Gala, la mujer que lo acompañó durante más de medio siglo, su esposa y marchante, celosa guardiana del tesoro. La musa de 'La Virgen de Port Lligat' o 'Leda atómica' falleció siete años antes y su cuerpo se halla enterrado en una de las dos criptas que mandó construir en el castillo de Púbol, donde ambos fueron sepultados.
A juicio de Gibson, la mujer que abandonó a Paul Eluard por el artista es en buena parte responsable del futuro rumbo del pintor, una carrera que, en solitario, es a menudo tachada de errática y puramente mercantil. El biógrafo la acusa de haber propiciado su comercialización en aras de obtener el mayor rendimiento económico y apunta que, al preponderar ese objetivo, el pintor se estancó artísticamente.
Quizá el anciano Dalí rememose también las lujosas suites de los hoteles neoyorquinos que empezó a frecuentar desde su llegada a Estados Unidos en 1936. En el país norteamericano su proyección pública aumentó espectacularmente, reforzada por la celebración cinco años después de una retrospectiva en el Museo de Arte Moderno (MoMA) de la gran metrópoli. La firma del autor llegó al diseño de joyas y escenografías, apuntó a Hollywood y se benefició del gusto y la atención de ricos aficionados yanquis, caso de los Reynolds Morse. Su gran colección de obra daliniana dio lugar a un museo en la ciudad de Saint Petersburg, hoy en proceso de ampliación.
La pareja temía la miseria y se esforzaron por combatir su fantasma. La ambición narcisista también se basó en una estrategia de autopromoción cimentada en el exceso verbal y el espectáculo visual, que siempre le proporcionó buenos réditos en el ámbito de los medios de comunicación, aunque, a menudo, lo convirtiera en una caricatura del autor que había sido. Breton se refirió a su antiguo amigo como 'Avida Dollars', acróstico elaborado con su nombre, que el pintor llegó a asumir. Cualquier argumento servía en ese frenesí por llegar a las élites y obtener notoriedad, pero el descrédito también vapuleó su reputación ante la evidencia de que personajes cercanos al autor recurrieron a la falsificación para multiplicar los ingresos.
Reproducción sin control
Hace tres años falleció John Peter Moore, oficial británico con intereses en el mundo del cine. Fue su adjunto entre 1964 y 1972 y abrió un museo dedicado a la obra daliniana en el que la Policía halló miles de litografías supuestamente falsificadas. El abuso, al parecer, había comenzado cuando el artista accedió a firmar decenas de miles de hojas en blanco y así permitir la reproducción incontrolada de sus originales.
A Moore le sustituyeron en el cargo el fotógrafo Enrique Sabater y Jean Claude DuBarry, director de una agencia de modelos, asimismo favorecidos por los pingües negocios. El último de los asistentes, el también fotógrafo Robert Descharnes, al que se le atribuyó el secuestro del artista en su etapa final, fue expulsado de la Fundación Dalí.
En 'La vida desaforada de Salvador Dalí', Ian Gibson sitúa el declive creativo del artista en torno a los cuarenta años, antes de la vida de lujo, disipación y capítulos grotescos. En el haber admite el carácter único de sus «imágenes de horror, desequilibrio psíquico y alienación sexual», y comparte opinión con Gala cuando ella asegura que nadie puede olvidar la visión de los relojes blandos después de haberlos visto.
No sería justo limitar el alcance de Dalí a esa aportación.Veinte años después de su desaparición física, las playas fantasmagóricas de Dalí y los espectros de jirafas envueltas en llamas forman parte de la imaginación colectiva, lo mismo que la convicción de que el sueño y las estancias más oscuras de la memoria alimentan todo tipo de monstruos.
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