Dos minutos después de despegar del aeropuerto de La Guardia, cuando el Airbus A320 de US Arways apenas había alcanzado una altitud de novecientos metros, el comandante Chesley Sullenberger tuvo que tomar la decisión más arriesgada de su vida. «Hemos sufrido un doble impacto con aves», comunicó escuetamente al centro de control que dirige el tráfico aéreo en los cielos de Nueva York.
Tras una fuerte sacudida, el piloto notó una súbita pérdida de potencia en los dos motores del aparato y cómo los instrumentos de vuelo pedían a gritos un aterrizaje de emergencia. Imposible regresar a La Guardia. A vista de pájaro, Sullenberger, que no está familiarizado con la red de aeropuertos que rodea la ciudad de los rascacielos, notó la existencia de una pista de aterrizaje a pocos kilómetros de distancia. «¿Qué aeropuerto es ése?», preguntó a la torre. «Teterboro, en Nueva Jersey», le contestó un controlador, quien dio instrucciones a la tripulación para que se aproximara a sus pistas.
No había tiempo para tanto. Entre los edificios gigantes de Manhattan -apenas unos metros más abajo- y los densamente poblados suburbios de Nueva Jersey al frente se abría sólo una posibilidad para evitar la catástrofe: las heladas aguas del río Hudson, muy apacibles la tarde del jueves, casi invitando a posarse sobre ellas. Al menos eso fue lo que pensó Sullenberger, que comunicó a los controladores su intención de amarar. Una vez tomada la decisión, vino la gran proeza de este hombre que, probablemente con alguna dosis de suerte, logró que la panza del Airbus se deslizara suavemente sobre las grises aguas del Hudson sin que ninguna de las 155 personas a bordo resultara herida. Cuando se abrieron las puertas de emergencia, los atónitos pasajeros salieron ordenadamente por los toboganes inflables y esperaron de pie sobre las alas del avión a las numerosas embarcaciones que acudieron a su rescate.
Habrá que esperar varias semanas hasta que se determinen las causas exactas del accidente de la aeronave de US Airways y, sobre todo, a qué se refería el piloto cuando comunicó a la torre lo del «doble impacto».
Evacuación de manual
Según las autoridades aeronáuticas, ninguna compañía había reportado hasta ahora algún caso de impacto de aves en el espacio aéreo de Nueva York, uno de los más congestionados del mundo. El otro aspecto importante es que los aviones con dos turbinas, como el modelo siniestrado, pueden volar perfectamente con un solo motor. Lo que queda claro de momento es el gran trabajo del capitán Sullenberger, que realizó una maniobra perfecta, con todos los pasajeros ilesos, y dirigiendo una evacuación de manual.
Los aparatos comerciales no están diseñados para planear, aunque ocasionalmente puedan hacerlo. El piloto del Airbus siniestrado posee el título de piloto de planeadores, un factor que ha podido ser decisivo para el éxito de su amaraje. El comandante Sullenberger, conocido entre sus allegados como 'Sully' tiene 57 años y empezó su carrera pilotando cazas F-4 de la Fuerza Aérea de Estados Unidos en los setenta. Tras siete años en el Ejército, se integró en la aviación comercial, donde pasó un tiempo entrenando y evaluando nuevos pilotos, a aquellos que cambiaban de modelo de avión o a los que ascendían al puesto de comandante. Además fue un investigador de accidentes aéreos para un sindicato.
En una ciudad donde todavía se mantiene viva la huella del 11-S, la acción de Sullenberger ha sido más que suficiente para ganarse el título de héroe. Así lo considera el alcalde Bloomberg y lo han certificado las portadas de los diarios sensacionalistas, pero también es un sentimiento real expresado por muchos ciudadanos en las últimas horas. Después de todo, la última vez que un avión, entre los cientos que sobrevuelan cada día la ciudad, cambió súbitamente su curso fue para provocar el desastre de las Torres Gemelas. Nunca tuvo la ciudad tantos héroes como entonces.