Muchos le consideraban el mejor retratista estadounidense de escenas rurales. Admiran su pericia para inmortalizar los paisajes y las costumbres del país. Otros, le reprochaban su afán por huir del bullicio de las urbes y esconderse durante largas temporadas en lugares recónditos. El caso es que Andrew Wyeth (Chadds Ford, Pennsylvania, 1917) no dejaba indiferente a nadie. Tras una carrera plagada de loores o reproches de la crítica, el pintor falleció ayer a los 91 años mientras dormía a causa de «una breve enfermedad», según anunció su esposa. Wyeth pasará a la historia como uno de los artistas norteamericanos más populares, incluso en las recientes épocas de bonanza del arte pop y el expresionismo abstracto. Su proyección internacional, en cambio, nunca llegó a los niveles de otros legendarios autores como Andy Warhol.
Pero el mercado del arte siempre ha reconocido la valía de uno de los máximos exponentes del costumbrismo en Estados Unidos. Hace dos años, su cuadro 'Ericksons' fue subastado por 10,3 millones de dólares (unos 7,7 millones de euros), una las mayores cifras pagadas jamás por la obra de un pintor contemporáneo. La buena reputación de Wyeth se trasladó incluso a las instituciones, ya que en 1970 tuvo el honor de ser el primer autor en contar con una exposición dedicada exclusivamente a su trabajo en la Casa Blanca. En aquella ocasión, el entonces presidente, Richard Nixon, le describió como un hombre «que ha alcanzado el corazón de América». Puede que esa fuera la razón por la que el mandatario le encargó su retrato oficial.
Obras del creador ahora desaparecido colgaron enseguida en el Museo de Arte Moderno (MoMA) y en el Metropolitano de Nueva York. No le garantizaron el éxito. Si alcanzó una gran celebridad fue por su faceta de pintor de paisajes y personas de la costa este del país, sobre todo en Pensilvania, y del litoral de Maine. Entre sus obras, la que seguramente alcanzó una dimensión más esplendorosa fue 'Christina's World' (El mundo de Cristina, 1948), donde aparece una mujer minusválida, vestida de rosa, que intenta subir una colina hacia una casa victoriana. Era una vecina suya.
El misterio de Helga
Siempre llevó a gala el gusto por sorprender a la sociedad. Sin duda, lo hizo en 1986 cuando reveló la existencia de una serie completamente desconocida de 246 cuadros. No fue lo más extraño del caso. Casi todas las obras tenían una sola modelo: Helga, una mujer de origen alemán, a quien el pintor retrató con la intensidad que le define -en algunas ocasiones desnuda-. Luego se supo que, durante 15 años, Andrew Wyeth había trabajado en secreto en la elaboración de la curiosa serie. Ni siquiera su esposa estaba al corriente de la magnitud del trabajo, lo que dio lugar a todo tipo de rumores sobre la verdadera relación con aquella teutona.
Hijo del conocido ilustrador N.C. Wyeth, el desaparecido artista recibió galardones de gran prestigio como el Premio Einstein y en 1976 ingresó en la Academia de Bellas Artes de Francia. También fue condecorarado con la medalla de oro del Congreso, la mayor distinción del Legislativo estadounidense. El último reconocimiento institucional le llegó en 2007, cuando George W. Bush le concedió la Medalla Nacional de las Artes.