A Josefa Martínez el estruendo le despertó «del primer sueño» y le empujó a salir a la calle «en pijama». Ella y su marido, que aún no se había acostado, viven en el quinto. Eran las dos menos cuarto de la madrugada cuando las vecinas les avisaron de que había que abandonar la casa por «una explosión de gas en el primero». En realidad, el siniestro se había registrado en el tercero D del número 35 de la calle Zamakola, justo debajo del puente de Miraflores. En el piso vive un joven portugués, que estaba acompañado en ese momento por un compatriota. Una bombona de gas butano que tenía en la cocina sufrió un escape por causas que investiga la Ertzaintza, y la fuga provocó una deflagración, según indicaron ayer fuentes de Protección Civil del Ayuntamiento de Bilbao. La onda expansiva derribó la pared de la habitación, que por fortuna daba a la ría, y reventó la ventana y la persiana de una despensa ubicada en la otra punta de la casa, con vistas al patio interior.
Por suerte, ninguna de las dos personas que se encontraban en la vivienda resultó herida, tan sólo se registraron importantes daños materiales en la cocina. Los pisos inferior y superior tampoco resultaron afectados. «Lo peor fue el susto», opina Mari Carmen Pariente, de 66 años, vecina del cuarto. «Al principio pensamos que era lo de siempre, una bomba, porque sonaba como lejos, hasta que empezamos a escuchar el murmullo de los vecinos en la escalera, nos asomamos a la ventana y vimos los cascotes en la acera». En el bloque, de ocho alturas, todas las viviendas disponen de gas natural, a excepción de dos que aún tienen butano.
A oscuras
La Policía les indicó que bajaran a la calle cuanto antes, pero que no dieran las luces ni bajaran en ascensor por si se trataba de un escape de gas, como al final ocurrió. En ese momento, aún no se sabía qué había provocado el estallido. Mari Carmen, que suele dejar la bata junto a la cama, se puso las zapatillas de casa y un abrigo encima, y bajó escaleras. El edificio tiene ocho alturas y sus 35 vecinos fueron desalojados, entre ellos varios niños, a excepción de dos personas mayores sordas, que no contestaban a los requerimientos de Policía y vecinos.
«Casi todos los vecinos, salvo cuatro matrimonios jóvenes, nos conocemos porque llevamos aquí toda la vida, así que nos ayudamos los unos a los otros. Si uno tenía una bufanda se la dejaba a un niño, y así...», explicaba Mari Carmen. Para guarecerse del intenso frío de la noche, mientras los Bomberos revisaban el inmueble siniestrado, los residentes desalojados se refugiaron en un portal próximo. A las tres y media de la madrugada, una vez descartados los riesgos, pudieron volver a sus casas. Primero, los más mayores en el ascensor, «y los que podíamos subimos andando». Todos, menos el inquilino del piso afectado, que, junto con su compañero, fueron realojados por el Ayuntamiento.