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Bilbao Basket

NUEVA DERROTA ANTE EL PAMESA

Un final errático agrava la crisis del iurbentia en la ACB, que cierra la primera vuelta en tierra de nadie, a dos victorias del 'play-off' y del descenso

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Los aficionados lo tienen claro. Para sonreír, los martes. Para rumiar maldiciones, los domingos. Entre semana es momento de jolgorio continental. El 'finde' toca dolor de estómago. Sirven las divergencias de los hombres de negro para montar un entretenido juego. El de las siete diferencias. Bueno, podrían surgir muchas más, pero no es menester que se desborden los topes. Dos equipos, dos imágenes, dos poderíos. Dos, número cabalístico en el cierre de la primera vuelta: la distancia que separa el 'play-off' y el descenso. Diferencias lógicas. La Europa del iurbentia ha estado lejos de lo que se cuece en la ACB. Aquí, en casita, ha afectado el corte de gas de los suministradores rusos. Son ya semanas, tantas como las que han dado abrigo a cinco partidos, con el frío metido en el cuerpo. Desagradable sensación.
Ayer fue el Pamesa el que entreabrió la ventana. El gélido viento exterior se coló hasta los tuétanos de un equipo que acusa demasiado su espesura mental. Cuando debe ser contundente, intenta mostrar su virtuosismo. Si tercia la mesura, los borbotones de sangre le juegan malas pasadas. No tiene este iurbentia, al menos no lo encuentra, el don de saber elegir. Como muestra, la recta final del partido de ayer en La Casilla, otrora bastión. Ni en la cancha, ni en la banda sonó la melodía buscada. Al contrario. La pieza acabó con desafinos.
Había el Bilbao Basket sobrevivido a lo peor: su irregularidad. Es un equipo con arritmias, capaz de tener el pulso de un neurocirujano y perderlo de inmediato hasta emular al que no atina ni con la cerradura de la puerta de casa. Lo malo es que se conoce desde hace tiempo ese síndrome, esa dualidad de personalidades en la pista. El mismo que se lleva buscando sin éxito un tratamiento eficaz.
Con la matinal enfrascada en un toma y daca en el que el iurbentia y Pamesa se emplearon a fondo (excelente puntería de los taronjas con 6 de 7 en triples al descanso y notable composición defensiva de los vizcaínos tras ajustar los términos de la retaguardia), cada oponente dejó escapar platos desde su foso de tiro. Cuando uno cobraba ventaja tardaba menos el vecino en nivelar la situación que el propio en abrir un hueco definitivo. Todo ello con la connivencia de otro arbitraje que vuelve loco al más pintado. Los dos equipos superaron fases en las que hubieran trabajado mejor, con mayor equidad, sin colegiados de por medio. A Amorós se le conoce su faceta de Salomón. Especialista en compensar, es una estrella del equilibrio. Perea no le dejó solo. Faltaría más. Que no, que el iurbentia no perdió por el arbitraje. Pero le cayó la cuarta losa a Banic tras encelarse con Pietrus. Luego, reequilibrio. Una técnica al francés y después otra a Blums. Uno porque 'rajó'. El otro por comerse un codo.
Ansiedad
Los problemas los tiene el iurbentia en su interior. Su ansiedad se desborda en cuanto aflora en la mente la secuencia previa de derrotas. Es como mirarle a la muerte a los ojos. Si tuerces la mirada, estás acabado. Los hombres de negro no acaban de mantener el pulso visual. Si no es miedo, es presión, o exceso de responsabilidad, o agobio, o lo que cada uno quiera poner en la zona de puntos. Pero sucede una y otra vez. También ayer.
El desenlace de la visita del Pamesa fue un compendio de la confusión que reina en este iurbentia. Imaginen la secuencia. 67-70 a falta de 3'24 minutos. Pasos de Nielsen; triple de Recker que escupe el hierro; tiro libre anotado por Oliver; pérdida de Recker; canasta de Nielsen; falta en ataque de Seibutis; triple de Salgado; falta en ataque de Perovic; pérdida de Seibutis; tiro libre anotado por Williams... 70-74 y posesión. Salgado asume la responsabilidad en un mar de amagos de sus compañeros y saca un dos más nada. Anotó y falló el tiro libre que recuperó el iurbentia. 40 segundos y balón. La Casilla hervía. Lo hizo desde el descanso, que es cuando despiertan público y afición en las matinales. Pero nada. Nielsen taponó la mala elección del base, que aún sufrió otra pérdida y lanzó el balón de mala manera a falta de cuatro segundos en la más evidente acción de impotencia que se pueda observar en una cancha de baloncesto.
Con Recker con los ojos húmedos camino del vestuario -letanía impresionante la que firma el de Indiana-; Savovic inactivo pese a sus números y Blums como opción demasiado tardía y no prioritaria en el último cara o cruz; Seibutis y Salgado confundidos en los momentos vitales; Lewis acabando de 'cuatro' tras la eliminación de Banic pese a estar operativos Pasalic, Guardia y Weis... quedó patente que las cosas no están claras. Para nadie. Y eso puede derivar en un problema muy gordo. A nada conduce hablar o mirar al prójimo. Como equipo, el 'mea culpa' debe sonar a coro. Así es como se superan los escollos. Todos a una.
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