Con la muerte de Armand Basi, que falleció ayer en Barcelona a los 84 años, desaparece el gran patrón de la moda española y un empresario que presumía de trasladar «la honestidad y la ética» al mundo de los negocios. La firma fundada en 1948 por él y su hermano Josep -muerto en 2007- no sólo ha sobrevivido a las múltiples crisis que hicieron jirones gran parte del tejido textil catalán en las últimas décadas, sino que se erigió en un emporio que emplea a más de medio millar de trabajadores y distribuye su ropa en casi 30 países.
Gracias a su olfato empresarial -de la parte creativa se ocupa su primo Juste de Nin-, Armand hizo de Basi una de las principales cadenas internacionales de moda. En 2007 superó los 117 millones de euros de facturación. Parte del éxito de la compañía, presidida ahora por su hija Nuria, se sustenta en la alianza suscrita con Lacoste. Poseía, desde 1962, la licencia de fabricación y distribución para España de los productos de la firma gala.
Armand ejemplificaba, sobre todo, la figura de un hombre amante de los riesgos y firme en sus convicciones. Solía contar que de joven tenía que «hacer ver que iba de peregrinación a Lourdes» para conseguir llegar desde allí a Toulouse y «empaparse de moda francesa» cuando estaba prohibido viajar al extranjero. Orgulloso de que su madre les sacase adelante a él y a su hermano «con una fábrica de calcetines», se obsesionó por mantener la producción en Barcelona. Se opuso hasta su muerte a la deslocalización. «En la vida no todo es negocio. La honestidad y el buen hacer con las personas es importante», repetía. «Los empleados son parte del éxito de la empresa. Eso de irse a Marruecos o China no es lícito, es una deslealtad tremenda».
Armand disfrutaba siguiendo a las mujeres por las calles «para contemplar sus formas en busca de nuevas ideas» y consideraba que el vestir «no consistía en cubrir las desnudeces», sino en manifestar «cultura y personalidad». Solía recordar un encuentro con un jefe dinga totalmente desnudo. «Me estaba hablando con respeto cuando oí un ruidito y noté una humedad en los zapatos. ¡Se orinaba sobre mí con una bendita inocencia y sin dejar de hablarme con naturalidad!». Aunque creía que por su edad debía empezar «a pensar en jubilarse», juró que seguiría viviendo aventuras «cada día». Hasta ayer.