Ni una sola cama libre. El hospital de Cruces se ha visto desbordado en los dos últimos días por la afluencia masiva de personas al servicio de Urgencias, lo que ha obligado a derivar enfermos a los equipamientos asistenciales de Santa Marina (Bilbao) y Gorliz. La dirección del centro médico baracaldés atribuyó la saturación a las complicaciones originadas por la gripe, que alcanzó en Euskadi la semana pasada su mayor pico de incidencia desde que comenzara el invierno: 253 casos por cada 100.000 habitantes.
Cruces ha pasado dos jornadas «difíciles», según valoró su gerente, Mikel Álvarez, quien aseguró que el peor momento se produjo el miércoles, el día después de la festividad de Reyes, cuando se atendió a 200 personas con patologías respiratorias y otras dolencias relacionadas con la gripe. La epidemia viral, el intenso frío de los primeros días de enero y también «el mal uso del servicio de Urgencias» por parte de algunos ciudadanos que acuden directamente sin recurrir antes a la atención primaria pusieron en jaque a médicos, enfermeras y demás personal sanitario.
Según reconoció Álvarez, hubo que duplicar la capacidad de los boxes de atención -medida que aún se mantenía a última hora de ayer-, así como habilitar camas en los pasillos. Los sindicatos llamaron la atención sobre este detalle y apuntaron que hubo pacientes en al menos cinco corredores de paso dentro del hospital a lo largo de la tarde del miércoles.
Nueve horas de espera
El gerente de Cruces enfatizó la necesidad de que los ciudadanos hagan un uso mesurado y razonable del servicio. En este sentido, pidió que se visite la red de ambulatorios y médicos de familia para los casos que no entrañen complicaciones.
Ayer, tras el colapso del día después de Reyes, la situación mejoró ligeramente. No hubo que recurrir a los pasillos para habilitar camas y las largas esperas se acortaron. Pese a todo, la demora en la atención hizo que muchos usuarios se quejaran amargamente. A media tarde, el panorama en la sala donde aguardan los familiares no era muy halagüeño. No había un sitio libre y alrededor de una veintena de personas aguantaban el tirón de pie. En la cercana sala de espera de pediatría, la afluencia de usuarios era menor y varias butacas permanecían sin ocupar.
Rogelio Mandaluniz hacía tiempo en la calle. Con un cigarrillo en la mano y protegido del frío con un gorro, el hombre protestaba porque su mujer llevaba desde las diez de la mañana en Urgencias. «Tiene gripe, pero nos han dicho que no es grave y nos van a mandar para casa. Ha sido agotador, porque hemos pasado más de nueve horas aquí sentados», lamentaba.