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Cultura

CULTURA

Method Man arrasa en un escenario abarrotado y se pasea sobre el público en una noche que abrió por sorpresa Chulito Camacho, a quien nadie esperaba
06.01.09 -
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Polos opuestos
Method Man refresca al público, cuya colaboración resultó esencial para el espectáculo. / RAFAEL LAFUENTE
Vaya por delante que al que firma no le gusta una pizca el rap. Bueno sí, para un rato: 15 ó 20 segundos, no más. Y aunque esto implique no prestarle la atención pertinente al devenir de este estilo, sí da al menos para advertir algunas de las evidencias que depararon Chulito Camacho y Method Man el domingo en el Palacio.
La primera es que la velada mostró dos polos opuestos de enfocar un concierto de rap, y también, de predisponerse a escuchar un concierto de rap: Chulito Camacho sufrió durante una hora simplemente para que alguien le hiciera caso; Method Man se encontró con todo el mundo botando antes de empezar, así que se tiró para que lo llevaran en volandas.
El americano jugaba con ventaja. El rapero de Coslada pudo haberse tirado también al público, pero a lo mejor acababa descuajeringado por los suelos. Y la salud manda. A Chulito Camacho le dijeron que iba a pisar Actual en el último momento, tras caerse Facto de la Fe; así que se presentó con lo puesto y a bregar contra un escenario que no le esperaba.
El chico le puso toda la voluntad, con su reggae-rap cantado. No paró de arengar al eco y sacó adelante algunos fallos. Su problema más grueso, sin embargo, es basar su discurso en la apología gratuita del consumo de drogas. Aunque algo potable sí lució (habló de la amistad o la corrupción en Coslada) entre tanta letra hueca.
Concierto brutal
El otro extremo lo trajo a colación Method Man. Se marcó uno de esos conciertos brutales, para recordar por mucho tiempo. Inéditas las imágenes de un artista, no sólo ya paseándose entre el público mientras rapea, sino también ¡andando! por encima de él. Los entendidos comentaron que interpretó temas nuevos pero también clásicos de Wu Tang Clan, la banda de culto que lideró en los 90.
Aunque aún hoy no sabría situar Logroño en un mapa, tuvo el detalle de aprender a decir algo así como «¡Hola, Lucronio», para regocijo de un Palacio casi abarrotado con público no sólo local.
Acabó echando la camiseta al gentío, y unos cuantos se liaron a mamporrazos por llevársela a casa. Visto desde la fila 14 del graderío, la conclusión es clara: ¡bestial!
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