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Barack Obama y Hillary Clinton han dejado clara en varias ocasiones su postura a favor de la causa israelí
04.01.09 -

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La ofensiva de Israel contra Hamás es ya el primer gran asunto de política exterior que tendrá que afrontar Barack Obama a partir de su jura como presidente el próximo 20 de enero. De entrada, va a complicar sus promesas electorales de poner en marcha un vigoroso plan de paz para Oriente Próximo. El largo proceso de transición a la Casa Blanca le ha mantenido ausente de la escena política en un momento en que EE UU debería buscar con urgencia un nuevo equilibrio con sus socios árabes.
Al elegir las fechas de su ataque, Israel ha tenido en cuenta sus necesidades internas, como las cercanas elecciones previstas para el 10 de febrero, pero algunos analistas creen también que sus cálculos eran evitar que la ofensiva se produjera justo los días de la toma de posesión de la nueva Administración norteamericana. Lo que casi nadie discute es que la nueva crisis lastra cualquier iniciativa a corto plazo que el nuevo gobierno pueda intentar para restablecer el diálogo en la zona.
Consciente de las limitaciones del momento, el equipo de asesores del presidente electo le ha recomendado cerrar filas en torno a Bush y ha impuesto la divisa «Estados Unidos sólo tiene un presidente, y ese presidente ahora es George W. Bush». La postura, de lo más coherente desde el punto de vista institucional, no ha ayudado nada a Obama porque, aparte de los pormenorizados planes de su programa electoral, en la memoria de muchos están las opiniones vertidas cuando viajó a Israel el pasado mes de julio en los días calientes de la campaña. «Si alguien estuviera lanzando misiles sobre mi casa y mis hijas estuvieran durmiendo dentro, usaría todo el poder que tuviera para detener eso». Lo dicho entonces por el político afroamericano fue justamente eso, palabras pronunciadas durante un período electoral ante los líderes del gran aliado de Washington en la zona, pero es la ausencia de un discurso que vaya más allá de la estrategia seguida por Bush lo que ha disparado las dudas en torno al verdadero talante de Obama para mediar en el conflicto más complejo de la escena internacional.
Desmarcarse de Bush
Dirigentes del Partido Demócrata recuerdan la dedicación de Bill Clinton para lograr acuerdos estables entre palestinos e israelíes y apelan de nuevo a su programa electoral para desmarcarse de la estrategia de Bush y los escasos logros de su secretaria de Estado, Condoleezza Rice. De hecho, la futura responsable de política exterior, Hillary Clinton, cuenta con un programa más robusto que pasa por la creación un enviado especial de alto nivel que trabaje directamente en la zona.
En uno de sus actividades como senadora, Hillary supervisó varios acuerdos de seguridad en Cisjordania y conoce los entresijos de algunas misiones de paz que se han llevado a cabo. Pero si por algo a destacado Hillary en el Senado ha sido también por su fuerte apoyo a Israel, país al que considera «no sólo nuestro aliado, sino un faro de lo que una democracia puede y debe ser. Si las personas de Oriente Próximo no están seguras de lo que significa democracia, mejor se fijan en Israel».
La especial sensibilidad que muestran tanto Obama como Clinton hacia el Estado hebreo, sobre todo desde el fortalecimiento de Hamás en Gaza, es una muestra de lo que piensan una amplia mayoría de los representantes políticos demócratas y republicanos en las dos cámaras legislativas. En EE UU preocupa la violencia y las enormes dificultades para alcanzar la paz y en eso hay total sintonía con Europa. La clase política y la opinión pública del Viejo Continente, en cambio, tienen juicios más críticos respecto a los métodos de Israel para afrontar el conflicto que los norteamericanos, que siguen siendo más comprensivos y muestran más simpatías hacia el país judío que hacia la causa palestina.
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