Fue una cabalgata en toda regla. Los hombres de negro ejercieron de Magos de Oriente a su paso por Fuenlabrada. Oro, incienso y mirra salió de sus zurrones para llevar la felicidad al conjunto madrileño, al que le regaló la victoria. Otro de esos ya fatídicos cuartos malos precipitó a un equipo notable y solvente hacia un final infartado, gratuito cuando la escena que desvela el desenlace de la trama arranca con once puntos de ventaja (57-68).
Por momentos, muchos, pareció que sus majestades iban a castigar a los fuenlabreños con un buen cargamento de carbón. No jugaron mal, pero carecieron de malicia y maldad. Cuando tuvieron al Alta Gestión contra las cuerdas, retrocedieron al centro del cuadrilátero en vez de arrinconar a su presa en una esquina. Con ello, los de Guil cogían el aire necesario para capear el temporal y salir incluso soltando algún que otro mandoblazo. Con el ritmo y el compás claramente definidos por Salgado, aunque Blums tuvo un notable arranque de encuentro, el iurbentia hizo lo que quiso con el Fuenlabrada. No se entiende de otro modo su dominio en el luminoso, el cerco realizado sobre Oleson según pasaban los minutos. Una cosa es impedir que el de Alaska anote y otra lo que buscó y encontró el Bilbao Basket, su incomodidad y con ella el aislamiento de una referencia, la referencia con mayúsculas de los del sur de Madrid.
Un triple sobre la bocina de Savovic condujo a los de La Casilla a dominar al final del primer cuarto. Lo habían hecho, al margen de lo que dijera el luminoso. Pero no acababan de redondear su faena. Valters devolvió la moneda en el último lanzamiento de la primera parte. Un punto de ventaja (40-39) para los fuenlabreños, casi hasta ese instante a remolque en el marcador.
Los desajustes contables penalizaban la notable superioridad en la pista. El rebote llevaba el label vizcaíno. En el vestuario, se leyó un dato demoledor: 15-23 en capturas para los vizcaínos, que sólo en ataque (11) habían aportado a su haber una menos que lo acumulado en defensa por los uniformados de naranja (12). Pero se leían rengones menos deseables. 9 de 13 en canastas de dos para el efectivo equipo anfitrión y un errático 8 de 23 para los visitantes.
Arreón del iurbentia
Mientras la parroquia local aún despachaba a gusto el roscón y los batidos ofrecidos en la entrada, el partido se reanudaba de mala manera. Dos pérdidas de Salva Guardia, más un tercer ataque en el que el 'pick and roll' fue una quimera por un resbalón del valenciano. Vidorreta, desesperado, ya había ordenado la permuta. Pero el de Lliria contestó con un soberbio triple que fue la llamada a la manada. El primero en contestar fue Paco Vázquez, con dos triples más. A su vera, Salgado se rehacía de sus peores minutos previos con dos manitas de puntos.
El fondo de armario dejaba al técnico de Indautxu elegir combinaciones y estilos. 19 de los 26 puntos del tercer cuarto los aportaron jugadores ajenos al quinteto inicial del partido. En el otro bando, sólo se inscribieron dos tiros libres de Mainoldi. Weis y Ramos hacían equilibrio con las personales, Radivojevic se iba a la calle y a Savovic le caía la antideportiva de la tarde. Y todo iba rodado. La meta parecía cerca (57-65).
Pero no. Y eso que el triple de Pasalic, por mucho tiempo que quedara, anunció que iba a ser cierto aquello del carbón. Primer error: cargarse pronto de faltas. Desde la línea de castigo, el Fuenlabrada se agarró al clavo aún ardiente que evita su caída al vacío. Segundo fallo: nervios y malas elecciones en ataque que secaron el grifo. Conclusión: parcial de 13-0. A sufrir, ¡y de qué manera!
Tuvo que ser Antonio Bueno el socorrista local, con once puntos. Con Valters eliminado, Ferrán López colocó el puntito que convirtió en inalcanzable el premio. Aunque hasta eso fue un espejismo. Tanta locura se vivió que tras un tiro libre fallado por Salgado y un lanzamiento errado por Recker, el iurbentia robó la bola tras dos tiros libres de Seibutis cuando quedaban 7,9 segundos.
El capitán asumió la responsabilidad y camino del tiro de gracia, o al menos de la prórroga, se topó con dos capiteles jónicos que se le vinieron encima. No pitaron nada los árbitros, y se certificó una de esas derrotas inexplicables. Con o sin explicación, van cuatro seguidas.