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Economía

ANÁLISIS

02.01.09 -

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L a subida de los precios es siempre un acontecimiento desagradable. Sobre todo para los que utilizan los servicios y compran los productos afectados por ella. Pero el año que ahora comienza es muy especial. En el breve espacio de los doce últimos meses hemos visto cosas muy raras en materia de precios y la volatilidad se ha instalado en la inflación. La primera parte del año fue mala, y las materias primas minerales y las energéticas se dispararon. No fue culpa de un exceso de demanda real, sino de la aparición de una masiva 'demanda artificial', causada por el dinero especulativo que se canalizó a través de una serie de fondos 'hedge', especializados en ello. En el mundo del petróleo, las transacciones 'en papel' fueron diez veces superiores a las efectuadas en 'barriles reales' y algo parecido ocurrió con productos fundamentales para la industria como el cobre, el azufre o el níquel.
Luego, en la segunda parte del año, todo el sector financiero se lanzó a un desenfrenado proceso de desapalancamiento que conllevó la venta apresurada de todo tipo de activos. Con la desaparición de la 'demanda artificial', los precios de las materias primas comenzaron a moderarse y, con el añadido de la ralentización de la demanda real, les sucedió lo mismo a los productos finales. El movimiento de vuelta ha sido tan brusco que ahora tememos más al excesivo enfriamiento de los precios que a su pasado recalentamiento. Por eso, el Gobierno no ha sido nada cuidadoso con las subidas que nos anuncia para empezar el ejercicio y de paso alivia algún problema enquistado, como es la tarifa eléctrica. No lo dirá, pero en su fuero interno, Solbes esbozará hoy una sonrisa de alivio.
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