«Cuando me llamó el viceconsejero para participar en la elaboración de un documento que sirviese de base para futuras políticas lingüísticas, le puse la condición de que debían participar personas que respondieran a las distintas sensibilidades del país. Al ver los nombres, le dije que sí». Pello Salaburu, académico de número en Euskaltzaindia, ex rector de la Universidad del País Vasco y, sobre todo, investigador de la lengua, es una de las siete personas que junto a Aurelia Arkotxa, Lore Erriondo Korostola, Alberto López Basaguren, Eneko Oregi, Patxi Baztarrika y Erramun Osa, ha participado en la redacción del documento de salida de 'Bases para la política lingüística de principios del siglo XXI'.
Este debate, que la consejera Miren Azkarate califica de «abierto y sincero», arranca a comienzos de año pero tiene sus orígenes en la Ley del Euskera, aprobada en 1982 con una actitud favorable y entusiasta de todos los partidos que participaron en su redacción. En pocas ocasiones se produce tal nivel de consenso entre las fuerzas políticas. Veinticinco años después, en ese consenso han aparecido grietas, no tanto políticas como sociales, debido a las consecuencias de las decisiones adoptadas.
Uno de los ámbitos más controvertidos es la educación. Pablo Gay-Pobes es secretario de la Plataforma por la Libertad de Elección Lingüística', una organización que en tan sólo 11 meses ha conseguido 3.000 asociados: «Nosotros defendemos que la educación de los hijos es competencia de los padres y no se puede plantear la defensa del euskera sobre la vulneración del derecho del niño a la educación». El viceconsejero de Política Lingüística, Patxi Baztarrika, ve fronteras distintas: El derecho de los padres a elegir el idioma de aprendizaje de los hijos tiene el límite en el derecho de los alumnos a adquirir conocimientos de las dos lenguas.
Iñaki Oyarzábal, secretario del PP vasco, va más allá: «Este debate destierra la idea de que hablar de política lingüística es atacar el euskera». Y en cuanto a su aplicación por parte del Departamento de Educación dice: «EA con la reforma de los modelos le ha hecho el trabajo sucio al PNV. No sólo en Educación, también han perdido las riendas del movimiento asociativo del euskera, donde se han instalado los elementos más radicales y sectarios». Oyarzábal extiende ese movimiento a las industrias culturales.
En opinión de Alberto López Basaguren, catedrático de Derecho Constitucional y único miembro español del Comité de expertos de la Carta Europea de Lenguas Regionales o Minoritarias que agrupa a representantes de 22 países, la política lingüística desarrollada a partir de 1982 ha confundido el objetivo: «Ha buscado la expansión de la comunidad lingüística y no su fortalecimiento. Es decir dotar de instrumentos para que quienes deseen vivir en euskera lo hagan de forma útil, rica y válida». Isabel Celaá, del PSE, habla de «que ha habido actitudes impositivas y todavía las hay».
La coordinadora general de AEK, Mertxe Mujika, asegura que lo primero es «garantizar el futuro del euskera», que pasa por «darle el mismo estatus que al castellano, con los plazos necesarios para que quienes quieren vivir en euskera tengan oportunidades para ello». El objetivo es que el 100% de la población sea al menos capaz de entender el idioma. Ese horizonte de bilingüismo lo comparte Baztarrika, quien interpreta la palabra consenso como una actitud «activa» favorable al euskera.
Pero Salaburu advierte: «El futuro del euskera no se garantiza a base de imposiciones. Los hablantes no usan un idioma minorizado en contra de sus deseos». Las estadísticas puntualizan: el 88% de la población se muestra favorable a la lengua pero hay un 42% de vascos de entre 30 y 55 años que se declaran monolingües, es decir que sólo hablan castellano. Ésa es, además, una franja de edad de gran vitalidad e influencia social.
Objeto de división
«El 100% de euskaldunes sólamente se entiende desde la óptica nacionalista, podría ser una consecuencia, aunque no lo creo, pero nunca un objetivo», asegura Basaguren, quien cree que la fortaleza política del nacionalismo le ha llevado a creer que cualquier objetivo era alcanzable: «El nacionalismo no ha asumido los límites de la realidad. Han partido del apriorismo de que el euskera es la lengua del País Vasco y de que se puede exigir su conocimiento en cualquier ámbito, sin asumir los límites que se derivan de ser una comunidad minoritaria».
Gay-Pobes se muestra favorable a las políticas de inmersión lingüística, «siempre que los padres las elijan. Nosotros no estamos contra el euskera. De hecho, hace unos años la dirección del colegio adonde van mis hijos planteó aumentar el número de horas semanales de 4 a 5 y prosperó». Salaburu cree que quienes son favorables a «inmersiones desenfrenadas no se dan cuenta de que nos podemos ahogar todos al mismo tiempo en piscina».
Las estadísticas indican que en 20 años los vascohablantes han pasado de ser uno de cada cinco a ser uno de cada tres, es decir, casi se ha duplicado el porcentaje. «La escuela ha hecho mucho por el euskera pero no se le puede pedir que supla las carencias sociolingüísticas del entorno familiar y social», puntualiza Baztarrika. Según Basaguren, las políticas lingüísticas han hecho tabla rasa, obviando la realidad sociolingüística de algunas zonas.
Iñaki Oyarzábal cree que se ha usado el idioma para dividir a la sociedad: «Es un error tremendo responsabilizar a la mayoría castellanohablante de la situación, se le ha infundido la culpabilidad de no aprenderlo. Además, se ha unido a identidad nacional. La lengua está al servicio de las personas, no es una causa. La causa es la defensa de los derechos de esas personas».
Todo este debate, que concluirá en enero, servirá para reelaborar el 'Plan de normalización del uso del euskera' aprobado hace diez años, que ahora habrá de construirse sobre los frutos recogidos por la ponencia 'Bases para la política lingüística de principios del siglo XXI'. La consejera, Miren Azkarate, dice que «la mejor garantía de éxito en el proceso de revitalización del euskera es la implicación social y para eso es fundamental ampliar y fortalecer los consensos existentes. A ello hemos dirigido este fructífero debate». Habla Basaguren: «Consenso no es que unos acepten las posiciones de otros sino reconocer que el otro tiene límites insuperables».