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Manoli Aramendi ha sacado estos días fuerzas de flaqueza. Lo ha hecho por su marido, Inaxio Uria, al que ETA asesinó el miércoles en su pueblo natal. Rota de dolor, quiso recibir a todos los vecinos y políticos que acudieron hasta ayer al tanatorio de Azpeitia a presentar su respeto y solidaridad con la familia del fallecido. «Él lo habría hecho. Inaxio habría estado ahí», repetía la viuda a sus parientes. Manoli llegaba a las nueve de la mañana a la capilla ardiente, hora a la que abría sus puertas la funeraria, y se marchaba a las nueve de la noche. Rezaban un rosario todos juntos y luego regresaban a casa. Hasta el día siguiente. A su lado, la hija mayor del matrimonio, Miren, que pese a estar «destrozada» intentaba en todo momento consolar a su madre. «No sabemos de dónde saca la energía. Sólo nos la podemos llevar una hora para que coma algo porque ella quiere estar ahí para hablar con la gente personalmente. Aunque sea mucha, no le importa», reconocía ayer el primo de Inaxio Uria, Luis Mendizabal.
La viuda del empresario vasco se comportó como una «auténtica anfitriona» con todos los que se acercaron hasta el tanatorio. «No les daba caldo porque no tenía», describe Mendizabal. Recibió a todas las visitas y era ella la que iniciaba las conversaciones, «como si estuviera en su caserío». El jueves fue un día especialmente duro. Manoli salió de su casa, situada a escasos metros de lugar en el que los terroristas acabaron con la vida de su marido, en el barrio de Loiola, para dirigirse en compañía de sus hijos hasta la capilla ardiente. Allí recibió a los representantes de todos los partidos políticos. Nadie de ANV.
El lehendakari Juan José Ibarretxe llegó a las once y media de la mañana. «Se sentó con ella y estuvieron hablando durante quince minutos, porque iba a asistir luego a la concentración en el Ayuntamiento. Fue muy amable, muy humano», describe Luis Mendizabal. Dos horas más tarde arribaba el presidente del Gobierno central, José Luis Rodríguez Zapatero. «Estuvo media hora con Manoli y luego pasó a saludar a los hermanos de Inaxio que estaban en una sala aparte. Demostró mucho talante y fue muy cariñoso. Incluso antes de irse volvió donde ella. Zapatero le habló de sus hijas y de su familia. Consiguió calmarla», asegura el primo de Inaxio Uria.
El presidente del Ejecutivo permanecía aún en el interior de la capilla ardiente cuando llegó el líder del PP, Mariano Rajoy. «Fue muy solidario, le dio sus condolencias y charlaron durante un cuarto de hora». Manoli, pañuelo en mano, aguantó con entereza el desfile de autoridades, que se alargó hasta pasadas las siete de la tarde, cuando la capilla se abrió al público en general.
«Por la espalda»
Todos los que conocían a Inaxio le describen como un hombre «bueno, trabajador y familiar». Y así se lo transmitió Manoli a los vecinos y a los políticos que acudieron al tanatorio. «Les comentaba cómo era su marido y repetía una y otra vez que no entendía cómo se podía matar a una persona así», desvela Mendizabal. «Si se hubiese muerto en un accidente de tráfico lo comprendería porque estaba siempre andando con el coche, pero así, así no puede ser», decía.
La forma en que los terroristas le arrebataron la vida a Inaxio ha incrementado más aún si cabe el sufrimiento y la indignación que sintió el pasado miércoles, cuando junto al cuerpo sin vida de su marido llegó a exclamar «ojalá me hubiesen matado a mí». «Le duele que no le asesinaran de frente, sino por la espalda», señala Mendizabal. «Si les hubiera visto venir, seguro que les habría plantado cara. Él era así de lanzado», sostenía la mujer.
La jornada de ayer fue «algo más relajada». Manoli decidió no acudir al acto organizado en Vitoria por el Parlamento vasco en homenaje a su marido. Prefirió quedarse con él en la capilla ardiente hasta que, sobre las siete de la tarde, el féretro fue trasladado hasta la iglesia parroquial San Sebastián de Soreasu, donde se ofició el funeral de cuerpo presente. Manoli quería atender a la gente. Como lo habría hecho Inaxio.
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