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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Sábado, 11 febrero 2012

Política

ETA asesina a un empresario del TAV

Recorrido por la Azpeitia que vio nacer y morir al empresario de chamarra y pantalón ancho, un devoto de Ignacio de Loyola que meditaba en el mismo lugar donde se convirtió el Santo

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No hubo piedad para Inaxio Uria, asesinado a los pies del santuario de San Ignacio de Loyola, de quien era ferviente seguidor. Devoto de la capilla de la Conversión, donde el Santo había concebido la Compañía de Jesús y Uria, cinco siglos después, se encerraba a reflexionar, la última víctima de ETA encarnaba muchos de los valores de la idiosincrasia vasca, allá adentro, en el guipuzcoano valle del Urola.
Azpeitia, el pueblo que le vio nacer y morir, mezcla cultura euskaldun; espíritu emprendedor en una comarca con motor industrial; religión, como cuna de los Jesuitas; y una forma de ver la vida que a muchos les puede parecer montaraz. Incluso descarnada para aquellos que, políticamente, no comulgan con una ideología nacionalista. Los vecinos votaron el año pasado por el PNV (8 concejales), ANV (6), EA (2) y Aralar (1). PSE y PP no sacaron esta vez representación.
Atravesado por el río Urola y con el macizo nevado de Izarraitz en las alturas, Azpeitia resucitó ayer la memoria de su vecino. Al lado de donde cayó, los trabajadores se concentraron convocados por ELA. Camiones de gran tonelaje no cesaban de pasar por la carretera. Cielo gris, del tono de la fachada que hacía de cortavientos a los empleados, un bloque de pisos plomizo cuya única nota discordante era una bandera de apoyo a los presos. Sólo una. En los bajos está la oficina de Altuna y Uria, la empresa del fallecido.
«Entre nuestra gente tenemos que tener un 15% de Batasuna», soltó uno de los concentrados. De camino a la parte vieja, se suceden los palacetes barrocos, iglesias góticas, pórticos platerescos... Es uno de los tesoros de Azpeitia. La concentración de políticos y vecinos se realiza en este entorno, en la plaza del Ayuntamiento. Dentro de un local próximo destacan las fotos de diez miembros de ETA.
No todo es alma de piedra. Vecinos de todas las edades se sumaron a la concentración de repulsa a la banda terrorista. Muchos forros polares para el frío. Un grupo de mexicanos, trabajadores de la construcción con Uria, se unió al homenaje a su patrón. Una de las notas más emotivas se vivió dentro del Consistorio, cuando el único concejal de Aralar, fundada de una escisión de Batasuna, recordó entre lágrimas al asesinado. Así es el crisol de quienes no callaron ante el atentado.
«Actitud paternalista»
Fuera, entre la multitud, estaba Manoli Uranga Segurola, la última concejala socialista en Azpeitia -en 2007 se quedó a veinte votos de repetir-. Habla como edil, pero también como vecina, pues su familia, de 11 hermanos, es de un caserío del barrio de Urrestia. «Reivindico mis raíces. No me pueden achacar no ser vasca. Pero desde el nacionalismo se practica una actitud paternalista con nosotros en este pueblo. Mucha palmadita en la espalda y luego te quedas aislada». Ella llama al municipio, de 14.000 habitantes y gobernado hasta el asesinato de Uria por ANV, EA y Aralar, «el laboratorio de la izquierda abertzale». Manoli tiene aún que llevar escolta.
Por la calle Erdi, la del medio, donde cuelga una bandera con el 'arrano beltza', la delegación de políticos se dirigió al tanatorio. Al lado, en la calle Eliz -pórtico del templo- está la iglesia de San Sebastián de Soreasu, gótico de los siglos XVI y XVII; y obra del maestro local Francisco Ibero, donde hoy se celebra el funeral. En su fachada se puede ver uno de los pocos rótulos escritos en español: «Se prohíbe jugar a la pelota bajo la multa de 2 pesetas».
Félix reconoce que tiene problemas para expresarse en castellano, como lo demuestra su pronunciación de las 'zetas'. Dice que se ha acercado hasta la entrada del tanatorio atraído por la multitud y que, ya que está, a ver si ve a «'Sapatero'». De primeras, cauto. «No, yo soy de Azkoitia, y ando por aquí de paseo». 'Sorro, sorro', confiesa después, cuando ya ha intimado con el forastero, que es de Azpeitia de toda la vida. A sus 80 años y ebanista de profesión, de cuando todo se hacía a mano y las hayas cubrían los montes, este vecino se muestra bonachón y algo pesimista. «Aquí vivimos bien; fenomenal. Hay trabajo y se vive en paz. No hay jaleos, aunque ya sabes cómo está la cosa. Yo a 'Sapatero' le pediría que ponga paz en el País Vasco. ¡Ay, Dios! Moriremos sin que se arregle esto». Ironiza con la cantidad de gente, casi todos políticos, escoltas y periodistas, que se arremolina en la calle. «El día que yo muera no vendrá tanta». Reflexiona: «Es verdad, no es lo mismo morir a que te maten».
El santuario de Loyola es la postal más conocida del pueblo. Inaxio, pronunciado por el superior, José María Etxeberria, como 'Inixio', era desde hacía veinte años tenor en el coro Nemesio Ortuño de la basílica. Sus compañeros, laicos y jesuitas, le preparan para Navidad una misa especial en su honor. El empresario de chamarra y pantalón ancho era «todo un emprendedor, orgulloso de sacar adelante» el tajo, le recuerda Etxeberria. Creyente y practicante, Inaxio solía pasear por los parques de este maravilla arquitectónica del barroco y meditaba en el tercer piso del edificio. Este espacio es el mismo donde Ignacio de Loyola se convirtió mientras se recuperaba de las heridas sufridas en Pamplona, acosada por el rey de Francia en 1521. En este regazo espiritual, Inaxio reflexionaba.
Destino sangriento el suyo, en una tierra que conoció las guerras banderizas entre gamboínos y oñacinos, esta última, estirpe a que pertenecía el propio San Ignacio.
-No hubo piedad para Inaxio.
-Qué pérdida tan tremenda. ETA nunca tendrá piedad con este pueblo, pese a las veces que le hemos exigido que desaparezca. Con la muerte de Inaxio, nuestro país es menos cristiano, menos humano.
Etxeberria recuerda a su vecino en una sala del santuario, el mismo edificio donde se celebraron las conversaciones de Loyola. El superior repasa el papel de la Iglesia vasca frente a quienes le acusan de no respaldar a todos por igual, en función de ideologías.
-Es que aquí somos euskaldunes, vascos. Otra cosa es si la Iglesia se haya podido escorar. Yo no tengo esa sensación, pero sé que se nos acusa de ello. Sólo puedo decir que el obispo Uriarte siempre ha clamado en favor de la paz y ésa es la voz genérica, más que la de un partido.
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