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Cultura

DIRECTORA DE 'LA BUENA NUEVA'

El sacerdote Marino Ayerra simboliza a la Iglesia que no comulgó con Franco Su sobrina cuenta ahora su historia

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Helena Taberna: «No cabe el silencio sobre la Guerra Civil»
Helena Taberna y Bárbara Goenaga, ayer en Bilbao. / IGNACIO PÉREZ
De niña, Helena Taberna se preguntaba en su Alsasua natal quién era el tío Marino, al que la familia incluía en las oraciones cuando bendecía la mesa. «Las mujeres del pueblo me daban recuerdos para don Marino. Mi madre me mandaba callar: 'Hubo una guerra terrible, ya sabrás de mayor...'». A los 16 años, la directora navarra lee las memorias del sacerdote, que circulan por España de forma clandestina. «Fue fulminante. Aquel libro me marcó. Su hondura me obligó a mirar la vida de otra manera».
'La buena nueva' recrea el tormento de Marino Ayerra, enviado como párroco a Alsasua dos días antes de la sublevación contra el Gobierno republicano. Un hombre de fe en medio del fuego cruzado de falangistas, requetés y represaliados, que enarbola el Evangelio y contempla con estupor cómo la Iglesia católica califica la Guerra Civil de Cruzada. Como recuerda Taberna, el cardenal Gomá llegó a hablar de «plebiscito armado».
Los muertos en las cunetas y las vejaciones cotidianas al bando perdedor fueron haciendo mella en el sacerdote, que escribe decepcionado: «¿Dónde queda el Evangelio, la caridad cristiana en todo esto?». Ayerra abandonó el sacerdocio y se exilió en Argentina, donde se casó y tuvo dos hijos.
Unax Ugalde y Bárbara Goenaga protagonizan el tercer largometraje de la autora de 'Yoyes' y 'Extranjeras', en las salas desde el viernes. «Prueba que nuestras miradas sobre la Guerra Civil son ilimitadas. Hubo dos Iglesias, como hubo dos Españas. Una apoyó a Franco y otra no permitió que se asesinase en su nombre».
-Su tío fue casi un precursor de la Teología de la Liberación.
-Mi madre decía que era demasiado avanzado para su época. No era un ingenuo ni un santo, sino un hombre cultísimo que había estudiado en Roma y leído a Marx. Un joven sacerdote de veintitantos años, que aterriza en Alsasua con la creencia de que todo el pueblo podía tener sitio en la Iglesia, fuera o no creyente.
-Estaba con los desfavorecidos, con las víctimas.
-Nada más llegar tuvo cuidado en no saludar a todo el mundo, porque pensaba que, con demasiada frecuencia, los sacerdotes sólo iban a las casas de los ricos. Saludaría al alcalde, como representación municipal, y su sacristía estaría abierta a creyentes y ateos. Es una visión tan moderna del sacerdocio que la puede entender hasta alguien sin fe.
-Acabó sus días de traductor y peluquero en Argentina.
-El Obispado le ofreció, si se callaba, puestos de importancia y una vida confortable en la Iglesia, a todos los niveles, femeninos y de oropeles. Entonces la herida le dolió aún más. En sus memorias cuenta lo penoso que era trabajar de peluquero. Nunca llegué a conocerle personalmente, sólo mantuvimos correspondencia.
Violencia etarra
-¿Ha tenido usted una educación religiosa?
-Sí, pero no soy creyente. Tampoco anticlerical. Tengo la cercanía para hablar de lo que hablo. No entiendo cómo los movimientos de base cristianos no se oponen con fuerza a la jerarquía católica. Ahí sí que soy violenta de corazón. Me parece terrible el silencio respecto a las fosas en la Guerra Civil, no lo entiendo. Me parece tan contrario a esa filosofía cristiana en la que fui educada de pequeña...
-Todavía no hemos hecho el duelo.
-No. Tenemos ejemplos cercanos en las tragedias del Yak-42 y de Spanair. Las familias se sentían calmadas con un trocito del cuerpo. Ahora existen psicólogos para sobrellevar el tránsito al duelo. Y 70 años después no se ha hecho. Me avergüenza pertenecer a un país que no ha devuelto la dignidad a los perdedores de una guerra que se inició con un levantamiento frente a un Gobierno legítimo. Se nos llena la boca de democracia y tenemos ese déficit.
-Va a tener que agradecerle al juez Garzón la promoción.
-Ja, ja. Por alguna extraña razón mis películas llegan a tiempo, se estrenan siempre conectadas a la vida y la realidad. Lo mismo pasó con 'Yoyes' y 'Extranjeras'. Ese pálpito me llena de gozo, mis ganas de conocer se adelantan a las de otros. 'La buena nueva' es una vía de trabajo más, como la labor de historiadores y periodistas.
-¿No sería mejor pasar página?
-No. Se ha pasado página durante 70 años y no se ha resuelto. Es fácil decirlo cuando el duelo corresponde a otros. Vamos a hacerlo prontito para que el abrazo se produzca.
-Hace ocho años dirigió 'Yoyes'; hoy sale 'Pertur' en los periódicos.
-Sí, no puedo evitar recordar la amistad entre los dos, esa sombra que nunca se ha aclarado. Fue un hombre especial, víctima de su tiempo.
-Su valentía como cineasta al hablar de ETA no fue seguida por otros.
-'Yoyes' permanece como una de las mejores películas sobre ETA. Contribuyó a transformar la percepción de la violencia etarra en la sociedad vasca, porque la poesía es más efectiva para transformar mentalidades que las primeras planas de los periódicos. Suena pretencioso, pero sé que es así. Lástima que no estuvimos más directores para contribuir a la paz, como ocurrió en el cine irlandés con el IRA.
-En 1994 pidió una excedencia en el Gobierno de Navarra. Y hasta hoy. ¿Se ha arrepentido alguna vez?
-Jamás. Me costó mucho tomar aquella decisión, me decían que estaba loca por dejar un trabajo tan bueno. Supe que no me iba a arrepentir, tenía que demostrarme que poseía talento. Quería hacer un cine universal desde la verdad local. 'Extranjeras' inauguró el festival de Honolulú. Y hablaba del barrio de Lavapiés.
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