La sangre española se mezcla en Shindand con la de los noventa afganos muertos tras un bombardeo de la aviación estadounidense el pasado verano en la localidad de Azizabad. En una misión cuyo objetivo era liquidar al comandante talibán local, mulá Sadiq, sesenta niños menores de quince años y treinta adultos, según cifras del Gobierno afgano, perdieron la vida. Tras una larga investigación y unas imágenes captadas por teléfonos móviles en los funerales que no dejaban lugar a dudas, el Pentágono reconoció la masacre.
España no está sola en Afganistán. Forma parte de una misión de la OTAN junto a otros 37 países -liderados en número por los estadounidenses- y por ello los éxitos y fracasos de la misión afectan directamente al trabajo de los hombres desplegados bajo bandera española tanto en Herat, como en Badghis. Ahora, la estrategia se encuentra en plena fase de revisión tras la salida del general David Petraeus de Irak y su traslado a suelo afgano y, sobre todo, tras la reciente elección del nuevo inquilino de la Casa Blanca, que parece querer dar prioridad a la guerra en Afganistán.
Después de cinco años de fracasos en los que los niveles de inseguridad se han disparado en el país, la cosecha del opio ha alcanzado récords históricos y el número de civiles muertos supera en los últimos meses al de Irak. Los mandos americanos e ingleses, auténticos arquitectos de una misión donde las tensiones con países europeos son palpables por la negativa de gobiernos como el español o alemán de combatir en el sur del país, hablan de la necesidad de diálogo abierto con la insurgencia. Pero mientras se gestan estas conversaciones, la guerra continua en un lugar donde cuesta encontrar datos para el optimismo.
Shindand es un terreno especialmente maldito para los españoles, donde ya han perdido a seis hombres desde su llegada al país. El 21 de febrero de 2007 la soldado Idoia Rodríguez moría tras topar su ambulancia blindada con una mina y, hace poco más de un año, Germán Pérez Burgos y Stanley Mera Vera, junto al traductor Roohulah Mosavi, fallecían en un ataque similar. En la acción de ayer hubo algo bien diferente: se trató de una misión suicida, ante la que prácticamente nada se puede hacer.
Controlar la 'Ring Road'
Un portavoz talibán reivindicó la acción inmediatamente y algunas voces apuntan como autores a los hombres del comandante local Nangali Khan, que el viernes logró escapar a una redada del Ejército afgano en la que murieron al menos dos de sus hombres. Pero no hay nada claro porque el movimiento de insurgencia es cada vez más heterogéneo y aglutina desde narcotraficantes hasta verdaderos yihadistas, pasando por delincuentes comunes o «señores tribales que, tras sufrir ataques de la aviación de la OTAN, deciden tomarse la justicia por su mano y vengarse para aplicar el ojo por ojo, la única ley imperante entre los pastunes», señala el doctor Azmat Hayat Khan, profesor de la Universidad paquistaní de Peshawar, auténtico refugio de talibanes durante el durísimo invierno que está a punto de llegar a la región.
La misión internacional tiene como uno de sus objetivos consolidar la seguridad en las comunicaciones del país y para ello resulta fundamental vigilar la 'Ring Road', la gran y única arteria que recorre el país a modo de carretera circular. Dos puntos de paso de la misma son Shindand y Delaram, límite del área de acción española. Si se unen con Farah surge el triángulo donde más acciones violentas se producen en la región oeste. España, como Italia, realiza numerosas salidas desde Herat para prestar apoyo a la Policía y al Ejército afgano y muchas de ellas tienen el único objetivo de marcar terreno.