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Bilbao Basket

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Fue el tercer jugador más valorado de la jornada, a la que llegaba tras establecer la mejor plusmarca de la campaña en asistencias. Se merece el respeto y el reconocimiento, aunque ello denote la principal carencia que arrastra el iurbentia. Javi Salgado acudió ayer al rescate de los suyos. Lo hizo en una travesía que comenzó placentera, una singladura de esas en las que la única preocupación es deleitarse con el paisaje. Pero, tras completar media excursión de esa guisa, alguien olvidó colocar el piloto automático y el rumbo errático condujo a los hombres de negro a otra experiencia menos excitante. Las aguas turbulentas amenazaron con hacer zozobrar, innecesariamente, la estabilidad de la nave vizcaína.
Loar al base de Santutxu es, ante todo, un agradecido ejercicio. Pero al tiempo que surgen los elogios hacia lo mucho que aporta, saltan las señales luminosas que avisan del funcionamiento anómalo en algunas zonas de la sala de máquinas. Nadie va a descubrir ahora a un jugador que seguro sería mucho más valorado si su procedencia se alejara un buen trecho en el mapamundi. Con sus cosas, detractores incluidos, el capitán es una pieza clave, imprescindible. Quizá demasiado. La dependencia que tiene el equipo de él cabalga a la grupa del halago, pero también a lomos de la preocupación.
Bonus de tiempo
Si en el derbi del BEC surgió para poner las cosas en su sitio a ritmo de asistencias, ayer, en otros 34 minutos sobre el escenario, optó por el repertorio anotador, sin olvidarse de su misión evangelizadora en el inhóspito territorio sevillano. Seibutis se mostró algo más entonado como su alter ego en pista, pero la variable de que coja las riendas del equipo al unísono con Blums sigue sin dar el resultado apetecido. Lo bueno que tienen las victorias es que automáticamente generan un bonus de tiempo para seguir trabajando e insistiendo en el catecismo que enseña Txus Vidorreta.
Y fue una lástima que el desenlace del choque quedara matizado por la gran y sufrida actuación de Salgado. Ojalá brille así siempre el de Santutxu, pero mejor que crezca la luminosidad en torno al resto de sus compañeros. tal como empezó ayer el partido, no daba la sensación de que el iurbentia fuera a necesitar salvadores de doncellas para erradicar el mal de la cancha. Bueno, de sus intereses sobre el parqué. Con un Cajasol liviano como un vestido de gasa, el partido no tardó en precipitarse hacia un incontestable dominio local.
Ambos equipos repartían los puntos entre sus integrantes, pero los anfitriones lo hacían por partida doble. El 24-11 acumulado al cabo de los primeros diez minutos era un ejemplo clarificador de lo que realmente ocurría en el pabellón. Dulzura en las formas en ataque e intensidad en defensa para los de Vidorreta y desesperación y signos de inanición en las famélicas huestes de un ya para entonces desquiciado Manel Comas. La valoración ACB -fruto de la resta de las acciones negativas del cómputo positivo- era casi insultante. 32-3. Pero era tan real como la vida misma.
Con ese panorama, la consigna no podía ser otra que mantener lo ya ganado e invertirlo con criterio, que no están los tiempos para jugar a experimentos, como de pequeños -los de cierta edad-, con el Quimicefa. Además, había motivos para hacer prevalecer la ilusión sobre cualquier atisbo de temor a una recuperación del oponente. Vamos, que sin menospreciar a nadie, la pinta que tenía el Cajasol era la de cualquier apetitoso bocado desprotegido en una bandeja en mitad de la fiesta. Y si su aspecto se afeó hasta acabar pareciendo un indigesto canapé fue porque el iurbentia permitió que alcanzara su fecha de caducidad sin hincarle el diente.
Faena incompleta
Es lo que tiene no rematar la faena. El atasco sempiterno en ataque restauró la amnistía para el reo sevillano, que vio las puertas del penal abiertas y echó a correr. No lo hizo conforme a los planos de sus más vetustos reclusos, sino que atendió las indicaciones de Ignerski y, sobre todo, de un Rivero que acaba de llegar a la ACB desde el reformatorio de la LEB. Ese dúo dinámico casi revienta lo que se presumía como un fiestón colosal. Que no fue tal. Con Lewis lesionado -hoy se conocerá lo dañado que está su hombro izquierdo-, y Weis tratando de venirse arriba -ya es el noveno mejor taponador en la historia de la Liga-, la vista se le nubló a los locales, que se tuvieron que frotar los ojos para cerciorarse de que el Cajasol había empatado el partido a falta de tres minutos (58-58). Savovic, con un triple fundamental, tomó el relevo de Salgado para evitar otros males.
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