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Una iglesia no es tal hasta que se dedica a un santo. El obispo Blázquez dará mañana este toque final al templo del barrio, el primero que se construye en Bilbao en 17 años
08.11.08 -

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La nueva iglesia de Miribilla huele a recién pintado. Albañiles y carpinteros trabajan contrarreloj para que mañana, día de su consagración -cuando el edificio se dedica a un santo y se convierte oficialmente en templo cristiano-, todo quede perfecto. Los empleados se mueven por las amplias estancias a toda prisa, con cara de cansados. Igual que Antón Rey, el párroco, que aunque se encuentra un poco desbordado con tanto gremio todavía saca tiempo para bromear con los niños de la catequesis, quienes le convencen para que les enseñe «cómo ha quedado» el inmueble. «Anda, Antón, que hace mucho que no nos lo dejas ver y no sabemos cómo está», le insisten dos niñas, que a fuerza de poner carita de pena se salen con la suya. Cuando llegan a la nave central, las pequeñas no pueden reprimir una exclamación: «¡Qué chuliiii!». Al sacerdote le es imposible evitar la carcajada y las manda de vuelta a la clase. «Hay mucha expectación», admite risueño.
No es para menos, es la primera iglesia que se construye en Bilbao en los últimos 17 años, ya que las últimas parroquias -hay 299 en toda la villa- se han instalado en bajos de edificios. Y además el inmueble diseñado por el estudio bilbaíno de arquitectos IMB es espectacular: sorprendentemente luminoso y brillante, con cristaleras de colores.
En el interior aún está la imagen de Santa María Josefa -a quien se dedicará la iglesia- en un cajón de madera, el Cristo del escultor Víctor Larrea permanece tendido en el suelo, en papel de embalar, y la pila bautismal cuelga desmayada de una polea, todavía sin colocar. Parecen demasiadas cosas pendientes, pero es que la mayor parte de ellas tienen que instalarse mañana, durante la ceremonia de la consagración, que será oficiada por el obispo de Bilbao, Ricardo Blázquez, acompañado del prelado auxiliar, Mario Iceta.
Según la doctrina cristiana, la ceremonia, cargada de simbolismo, convierte un edificio normal y corriente en un lugar sagrado. A partir de ese momento no se puede hacer en su interior «nada que desdiga la fe, como por ejemplo, un concierto heavy, con todos mis respetos a los heavies», según recuerda Félix Alonso, juez diocesano, canónigo de la Catedral de Santiago y maestro de ceremonias del obispo. Ni blasfemar, ni escupir, ni usar la violencia... y, por supuesto, no derramar sangre en su interior. «Si se mata a alguien en una iglesia hay que hacer una purificación», destaca Alonso.
Éste es el ritual que mañana a las 11.30 horas se celebrará en Miribilla -antes la ceremonia duraba más de cinco horas, pero ahora se ha reducido a hora y media- y que, según la fe cristiana, transforma un montón de piedras en la casa de Dios. El templo se dedicará a Santa María Josefa, una religiosa vitoriana que en el año 2000 se convirtió en la primera santa vasca.
ENTRADA DEL OBISPO
El primer paso de la consagración de una iglesia es la entrada del obispo en el edificio por la puerta principal. Lo hace mientras se oyen cánticos y detrás de la cruz, para simbolizar que Cristo es el señor del lugar y, por tanto, él entra el primero. Después de este acto inicial, la ceremonia consistirá en recorrer diferentes lugares del templo, cada uno con un significado especial, para ir 'inaugurándolos'. «Es como cuando le enseñas tu casa recién comprada a un amigo y vas habitación por habitación», detalla Alonso. Así, lo primero que se 'estrenará' es la sede, una silla especial donde se sienta la persona que preside las celebraciones.
ENTREGA DE PLANOS
Después llega el turno de los arquitectos que han hecho el templo, que también tienen su pequeño papel en esta «especie de representación», apunta el canónigo. De forma simbólica, dan al obispo unos planos del templo. Este gesto quiere decir que hacen entrega de su trabajo a las autoridades eclesiásticas. El edificio pasa a otras manos y pierde su carácter civil.
LA PILA BAUTISMAL
La pila bautismal de una iglesia se coloca el día de la consagración. Esta pieza se ubica en la entrada, porque es el elemento que se utiliza para 'entrar' en el cristianismo mediante el bautizo. Después el obispo bendice su agua para luego hacer con ella asperges -es decir, rociados- sobre los muros y el pueblo. La pila de Miribilla es de metal fundido y con forma ovoide. Además, tiene la peculiaridad de que el agua manará de ella de forma continua. El próximo día 22 se bautizarán los diez primeros niños.
RELIQUIAS BAJO EL ALTAR
No hay iglesia que no esté dedicada a un santo. La de Miribilla tendrá como patrona a Santa María Josefa (1842-1912), una monja de Vitoria que fundó las Siervas de Jesús, orden que en Bilbao atiende a enfermos desamparados cerca de la antigua iglesia de La Merced. La santa está muy ligada al enclave de la iglesia de Miribilla, una antigua zona minera donde se hacinaban los trabajadores a finales del siglo XIX y principios del XX. Cuando cumplió 29 años, la religiosa se trasladó a la capital vizcaína para atender a los emigrantes que caían enfermos debido a la miseria y el duro trabajo en las explotaciones.
Pero para 'dedicar' la iglesia a un santo hace falta que una reliquia suya se entierre bajo el altar. En Miribilla, se sellará en el suelo un 'ex ossibus', es decir, un resto óseo de Santa María Josefa. Un pequeño pedacito suyo, del tamaño de una lenteja, descansará para siempre bajo el templo. En otras ocasiones se usa un trozo de piel, de carne, de ropa o incluso de algún objeto personal o que hubiese tocado.
La colocación de la reliquia forma parte del momento cumbre de la ceremonia, cuando se consagra el templo -se realiza una oración especial para ello- y el altar, que simboliza a Cristo. «Por eso las reliquias de los santos se colocan por debajo de él, porque Cristo está por encima de los santos. Y por eso el obispo o el párroco se arrodillan ante él, lo besan y lo inciensan».
Tanta importancia tiene el altar que precisa de una consagración propia dentro de la ceremonia. Se le unge con un óleo consagrado llamado crisma: una mezcla de aceite de oliva y perfume que se prepara el Jueves Santo y se usa en el bautismo, distinto a los óleos destinados a la extremaunción.
Agua, aceites... el ritual está cargado de elementos que ayudan a que al pueblo «le entre por los ojos» el significado de la consagración. Y falta el incienso. Ni siquiera el obispo se libra de él, porque en este punto de la ceremonia es incensado por un diácono. El pueblo va después. Tras todos estos pasos lo que era una mesa de madera corriente y moliente ya es la representación de Cristo y se decora con un mantel, flores y varios cirios. Continúa la misa normal y, como ya hay altar -que siempre está orientado al Este para recibir la primera luz del día, que simboliza a Dios- ya se puede comulgar.
EL SAGRARIO
El largo recorrido por el templo -hay varias procesiones de un lugar a otro- aún no ha terminado. Antes de que monseñor diga la bendición final y se despida, falta 'estrenar' la capilla del Santísimo, que es donde hay un segundo altar con el sagrario para guardar las hostias sobrantes después de la eucaristía. Muchas de ellas serán administradas a domicilio por el padre Antón. «Hay gente enferma que no puede acercarse a la iglesia y entonces voy a sus casas, charlo con ellos y, si quieren. comulgan allí», explica el sacerdote. Si el feligrés no puede ir a la iglesia, Antón se la acerca.
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